Sierva

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Como ejér­ci­to momi­fi­ca­do,
retra­tos en for­ma­ción
sobre la mesi­ta,
ric­tus cap­tu­ra­dos y enmar­ca­dos
sin par­pa­dear espe­ran
la Som­bra colar­se por la ven­ta­na.
Sobre la cama duer­me
Sier­va abso­lu­ta de sus mons­truos
la Som­bra,
néme­sis del súper-yo,
toma la for­ma de la madre.
Tie­ne len­guas-pul­po
seis bra­zos-pul­po
ojos cie­gos,
col­mi­llos, púas, sexo.
La habi­ta­ción cerra­da,
por­ción de su mun­do en peda­ci­tos,
un glo­bo,
una mem­bra­na asfi­xián­do­la.
Sier­va se incor­po­ra
en saba­nas blan­cas
y con­fun­de la madre con la arpía;
Sier­va son­rien­te des­plie­ga sus alas
fuer­tes alas de plu­mas zafi­ro,
extien­de sus mani­tos
‑mamá- susu­rra
la Som­bra tuer­ce su mue­ca
los retra­tos agi­gan­tan su silen­cio de tiem­po repli­ca­do.
Blan­de una espa­da la som­bra
des­cien­de sobre Sier­va
cor­ta sus alas des­pa­cio
mirán­do­la a los ojos…
‑mamá- susu­rra.
San­gra zafi­ro y jade
Sier­va se exci­ta
lle­va sus manos a su sexo
se agi­ta entre sába­nas y plu­mas.
Las len­guas-pul­po reco­rren su cuer­po cla­ro,
Sier­va gime has­ta el orgas­mo
ya sin alas, sin san­gre,
sin des­per­tar a los retra­tos.
Al día siguien­te
nadie recuer­da lo ocu­rri­do
nadie lo comen­ta
nadie le cree.
Sier­va calla su pena
y tra­ga
los res­tos de plu­mas en su cuar­to.
Escon­de sus deseos,
olvi­da la Som­bra
repri­me su sexo…
Y colo­ca el índi­ce seve­ro
sobre sus labios
miran­do fija­men­te los retra­tos