“Darwin poeta”, inclasificable y magnífica, por José Gabriel Ceballos

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El misio­ne­ro (posa­de­ño) Osval­do Mazal corre el ries­go. Y en extre­mo. Y con éxi­to. Su nove­la “Dar­win poe­ta”, publi­ca­da este año tras obte­ner el pri­mer pre­mio del Fon­do Nacio­nal de las Artes 2014, es un cla­ro ejem­plo de que se pue­de explo­tar la veta lúdi­ca que ofre­ce el arte de narrar sin sufrir nin­gún derrum­be. Des­de lue­go, el autor cum­ple con el doble requi­si­to fun­da­men­tal para la aven­tu­ra: a) una luci­dez que a tra­vés de la esté­ti­ca impi­de que se rom­pa la com­pli­ci­dad del lec­tor; b) un sóli­do cono­ci­mien­to de la mate­ria que uti­li­za.
Res­pec­to a esta últi­ma, con­sig­ne­mos que la obra se desa­rro­lla en tres –diga­mos– pla­nos argu­men­ta­les muy amplios y dis­tan­tes entre sí, tan­to en el tiem­po como en el espa­cio: 1) el plano de las tra­ve­su­ras inte­lec­tua­les y eró­ti­cas de Char­les Dar­win, des­de su moce­dad has­ta su madu­rez (y bas­tan­te más: en ultra­tum­ba); 2) el plano del narra­dor y sus recuer­dos, en espe­cial los de la rela­ción con el padre y 3) el plano arti­cu­la­dor de los míti­cos for­ma­lis­tas rusos, una de cuyas figu­ras más ilus­tres, Vík­tor Sklovs­ki, se pro­po­ne defen­der en la Aca­de­mia Lenin de Cien­cias Natu­ra­les una teo­ría inad­mi­si­ble para la inte­lit­gen­zia sta­li­nis­ta: que Char­les Dar­win fue un poe­ta que, con el pro­duc­to de sus inves­ti­ga­cio­nes, se pro­po­nía escri­bir una impo­si­ble “Nove­la del Mun­do”, de la cual “El ori­gen de las espe­cies” resul­ta­ría un fla­co resu­men.

Por el pri­me­ro y el ter­ce­ro de esos pla­nos, ya dimen­sio­na­mos las difi­cul­ta­des que, a prio­ri, entra­ña­ba para el autor su pro­yec­to lite­ra­rio: las de jugar (pero jugar a fon­do, has­ta el des­par­pa­jo) con seme­jan­tes den­si­da­des. Sin embar­go, a pos­te­rio­ri, de la lec­tu­ra de estas 466 pági­nas, sur­ge cla­ra­men­te la expli­ca­ción del triun­fo obte­ni­do sobre las men­cio­na­das difi­cul­ta­des: la eru­di­ción de Mazal en los temas que abor­da, temas muy vario­pin­tos, his­tó­ri­cos –por supues­to–, cien­tí­fi­cos, artís­ti­cos (en par­ti­cu­lar lite­ra­rios y musi­ca­les), etc. El autor has­ta se vale de una leyen­da mapu­che para encon­trar­le a Dar­win la aman­te inol­vi­da­ble que pide la his­to­ria, y lo hace con la reso­lu­ción y el pre­mio de los que no tocan de oído.

En la nove­la halla­mos todos o casi todos los con­di­men­tos que pode­mos pre­ten­der como vete­ra­nos con­su­mi­do­res del géne­ro: humor (el color, por así decir, omni­pre­sen­te, el más pode­ro­so), una ima­gi­na­ción que por momen­tos alcan­za nive­les de deli­rio pero sin trai­cio­nar nues­tro ape­go al libro, ori­gi­na­li­dad, poe­sía, pro­fun­di­dad psi­co­ló­gi­ca de los per­so­na­jes, inte­li­gen­cia en el mane­jo de las situa­cio­nes, ter­nu­ra, y no pocos etcé­te­ras. El tra­mo de Dar­win hacien­do el amor con su inefa­ble Ofe­lia den­tro de un carrua­je que mar­cha a los ban­da­zos por la cam­pi­ña ingle­sa es una joya de la mejor lite­ra­tu­ra eró­ti­ca, pese a que sólo per­ci­bi­mos las órde­nes que el aman­te le gri­ta al coche­ro des­de el habi­tácu­lo. La mul­ti­tu­di­na­ria batu­ca­da que coman­da Pixin­ginha en un morro de Río de Janaei­ro, con Dar­win apor­tan­do per­cu­sio­nes arran­ca­das de las rocas, una mara­vi­lla de la des­me­su­ra ima­gi­na­ti­va.

El jura­do que otor­gó el pre­mio (Gabrie­la Cabe­zón Cáma­ra, Washing­ton Cucur­to, Iosi Avi­lio) hizo cons­tar en su fallo que se tra­ta de una nove­la “incla­si­fi­ca­ble”. Sin duda lo es, pero tam­bién su autor es una rara avis: un inge­nie­ro civil que, por amor a la lite­ra­tu­ra, se hizo licen­cia­do en letras y magis­ter en semióti­ca dis­cur­si­va, y que hoy tra­ba­ja como pro­fe­sor de Teo­ría Lite­ra­ria en la Uni­ver­si­dad Nacio­nal de Misio­nes. Se me ocu­rre que tal sin­gu­la­ri­dad per­so­nal tie­ne mucho que ver con esta pri­me­ra nove­la que publi­ca. Si adver­ti­mos en la estruc­tu­ra una inge­nie­ría cuya auda­cia se apre­cia como pro­pia de un exper­to, en lo for­mal tam­bién halla­mos una varie­dad de pro­ce­di­mien­tos (inclu­so joy­cea­nos, en algu­nos pasa­jes) que reve­la una hon­da fami­lia­ri­dad con la lec­tu­ra ana­lí­ti­ca. Y mien­tras tan­to, en el con­te­ni­do bulle ese ingre­dien­te pri­mor­dial que debe acom­pa­ñar al talen­to en todo rela­to que aspi­re a la gran­de­za lite­ra­ria: un amor sin reser­vas por lo que se cuen­ta y por el ofi­cio de con­tar.

“Dar­win poe­ta” sig­ni­fi­ca un gran hallaz­go para mi vicio de lec­tor. Com­pro­bar de nue­vo que la lite­ra­tu­ra argen­ti­na, hoy apa­ren­te­men­te pobre en lo cua­li­ta­ti­vo, escon­de voces de una poten­cia dig­na de maes­tros, suma­men­te enri­que­ce­do­ras. Un ejem­plo que se suma al del san­ta­fe­sino Car­los Cata­nia, cuya monu­men­tal nove­la “Las Varo­ne­sas” (enco­mia­da por Rober­to Bola­ño en una car­ta des­cu­bier­ta por uno de sus bió­gra­fos) fue reedi­ta­da poco tiem­po atrás, des­pués de sufrir un silen­cio tan absur­do como pro­lon­ga­do. Pero sobre todo, “Dar­win poe­ta” me rega­ló la fies­ta de una lec­tu­ra inten­sa, sin bajo­nes, de esas que uno no quie­re fina­li­zar y lue­go extra­ña, de esas que valo­ra­mos como un lujo y un pri­vi­le­gio.

 

 

 

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* [ José Gabriel Ceba­llos, el autor de este artícu­lo, es corren­tino. Entre sus obras narra­ti­vas se encuen­tran “Ivo El Empe­ra­dor”, “Vís­pe­ra negra”, “Allá siem­pre bai­la la muer­te”, “El patrón del cha­ma­mé”, “Fabu­la­rio de Bue­na­vis­ta”, “Due­ños del maña­na y otras his­to­rias”, “Rela­tor depor­ti­vo”, “Lo difí­cil que es par­tir de Bue­na­vis­ta”, “En la resa­ca” y “Entre Eros y Tána­tos”. Reci­bió los pre­mios EDUCA de San José, Cos­ta Rica (1997), Alber­to Lis­ta, Sevi­lla (2000) Ciu­dad de Alca­lá de Hena­res (2003), Segun­do Pre­mio Muni­ci­pal de la Ciu­dad de Bue­nos Aires, (2003/ 2004), Accé­sit Pre­mio Gabriel Sijé, en Ali­can­te (2007); Pre­mio Tiflos de Madrid (2009), Alfon­so VIII, Cuen­ca, Espa­ña, (2010), y el Pre­mio Úni­co de Nove­la de la Ciu­dad de Bue­nos Aires (2016).]