La infancia en crisis, por Rafael Vandendorp

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La cri­sis de las iden­ti­da­des

Por otro lado la cri­sis de iden­ti­da­des por la que atra­vie­sa el hom­bre moderno occi­den­tal de pos-gue­rra tie­ne su impac­to inelu­di­ble en la con­cep­ción de la infan­cia tam­bién, y en lo que hace­mos con cada nue­vo niño que nace. El triun­fo de la lógi­ca de la inme­dia­tez, de la caí­da de los gran­des pro­yec­tos vita­les, de la idea­li­za­ción mediá­ti­ca del juve­nis­mo ado­les­cen­te como esté­ti­ca desea­ble para todos; por enci­ma de la sabi­du­ría de la senec­tud y la expe­rien­cia, estos son alguno de los ras­gos más sig­ni­fi­ca­ti­vos del hom­bre y la cul­tu­ra de nues­tro tiem­po.

A fina­les del siglo XIX y prin­ci­pios del siglo XX se creía fuer­te­men­te en la efi­ca­cia del Esta­do y sus ins­ti­tu­cio­nes como agen­tes for­ma­ti­vos pri­mor­dia­les del suje­to, del suje­to ciu­da­dano, del suje­to del deber, etc. Pero no pasó mucho tiem­po para que esa ilu­sión cai­ga. Lue­go de las dos gran­des gue­rras del siglo XX eso cam­bió drás­ti­ca­men­te, por lo que aho­ra pare­cié­ra­mos asis­tir a la caí­da estre­pi­to­sa del poder ins­ti­tu­yen­te de la cul­tu­ra y sus ins­ti­tu­cio­nes, dan­do lugar así al pre­do­mi­nio casi abso­lu­to del mer­ca­do y su lógi­ca capi­ta­lis­ta que inter­vie­nen y regu­lan muchos, sino casi todos, los pro­ce­sos de sub­je­ti­va­ción del hom­bre. El mer­ca­do y sus peque­ños nue­vos obje­tos están allí media­ti­zan­do la rela­ción del Otro y el suje­to.
Como afir­ma el soció­lo­go Pola­co Zyg­mund Bau­man suce­de que la vida se ha vuel­to “líqui­da” y el hom­bre de pos-gue­rra pade­ce esta licue­fac­ción del vivir. El mer­ca­do mar­ca el tem­po de nues­tros deseos como nun­ca antes había suce­di­do, y poco que­da así, ya, para la razón o la sen­sa­tez.

Se podría redu­cir más aún el meo­llo del asun­to dicien­do que la lógi­ca del mer­ca­do se ha vuel­to un impe­ra­ti­vo cate­gó­ri­co para el suje­to desean­te de nues­tro tiem­po. Ésta nue­va for­ma del vivir va des­pla­zan­do pro­gre­si­va­men­te a los anti­guos ritos civi­li­za­to­rios; y no es que se anhe­le en dema­sía el pasa­do pero algo tan sen­ci­llo y pode­ro­so como ha sido la pala­bra, está hoy, tan denos­ta­da, que no pare­ce ya ser­vir para resol­ver nada, los nue­vos ritos de con­su­mo mar­can una nue­va lógi­ca de vin­cu­la­ción que va exclu­yen­do la pala­bra en su fun­ción ins­ti­tu­yen­te. Y así, como dice la can­ción, vamos con­vir­tién­do­nos en socie­da­des pre­pon­de­ran­te­men­te de con­su­mo, socie­da­des de goce.

¿Qué pasa enton­ces con los niños bajo estas cir­cuns­tan­cias?
Res­pec­to a los niños, el mer­ca­do y su lógi­ca de la inme­dia­tez, pre­ci­pi­ta, como nun­ca antes se había vis­to, al goce. Y entién­da­se esta vez por goce a la ace­le­ra­ción caó­ti­ca de sus pro­ce­sos vita­les espon­tá­neos.
Así como la polu­ción va derri­tien­do y movien­do los enro­mes e inmu­ta­bles tém­pa­nos de hie­lo, el espa­cio de la niñez ape­nas con­so­li­da­do a fina­les del siglo XX, se va corrien­do del lugar gana­do, como un tem­pano a la deri­va; derri­tién­do­se y enco­gién­do­se cada vez más. No se tra­ta más que de una pre­mu­ra sin­gu­lar que inyec­ta el mer­ca­do de la infor­ma­ción y del con­su­mo, en la pobla­ción infan­til.
El giro peli­gro­so que ha toma­do la civi­li­za­ción occi­den­tal es la de incluir al niño en la lógi­ca del con­su­mo de los adul­tos, es decir, con­si­de­rar al niño como clien­te poten­cial, como un suje­to desean­te y racio­nal. Cuan­do sabe­mos que el niño no es cabal­men­te res­pon­sa­ble de su deseo, éste, que ape­nas y aspi­ra a refle­jo del deseo adul­to, ape­nas y no se dibu­ja más allá que del pro­pio deseo del gran Otro fami­liar, que lo sos­tie­ne en tan­to suje­to del deseo.
Asis­ti­mos enton­ces al retorno des­fi­gu­ra­do de la vie­ja figu­ra del homúncu­lo (adul­to en minia­tu­ra- con­cep­ción del niño en la edad media.)

¿Por qué con los niños?, ¿Por qué incluir allí a los niños? es decir: ¿Por qué incluir­los en esta lógi­ca efer­ves­cen­te del que­rer, que tan marea­dos nos tie­ne?
Se cons­ta­ta fácil­men­te que muchos niños apren­den pri­me­ro a que­rer antes que a saber lo que eso impli­ca, pare­ce ya que no se pue­de espe­rar por nada; y lo curio­so es que espe­rar es tam­bién un saber muy valio­so, de lo más útil para lidiar con la ansie­dad por ejem­plo.
Hace tiem­po que el mer­ca­do, las publi­ci­da­des y los medios de comu­ni­ca­ción han posa­do sus ojos y sus deseos en la pri­me­ra infan­cia, y han insu­fla­do este perío­do, tan frá­gil, con un mate­ria­lis­mo des­co­mu­nal, ya sea con un sin fin de obje­tos mer­can­ti­les nove­do­sos y sim­pá­ti­cos, pres­tos a adqui­rir­se ‑jugue­tes y tec­no­lo­gía-. Aquí tam­bién ha cam­bia­do la deman­da –exi­gen­cias- de los padres para con sus hijos, éstas aho­ra apun­tan por lo gene­ral, en sus múl­ti­ples for­mas, a refor­zar el goce pri­va­do del suje­to, que está en sin­to­nía con el goce de nues­tro tiem­po; entién­da­se éste últi­mo por exce­so o volup­tuo­si­dad del desear.
La nece­si­dad expec­tan­te y urgen­te por la nove­dad pro­du­ce más efec­tos de abu­rri­mien­to repen­tino y reite­ra­do, en las socie­da­des de con­su­mo, del que los niños no están exen­tos. Otra de las prác­ti­cas comu­nes de esta lógi­ca de adul­te-ración del niño es la pasión por ves­tir a la moda, que va acom­pa­ña­do del esfuer­zo táci­to de los padres por evi­tar que sus niños se ensu­cien y estro­peen sus ves­ti­men­tas cos­to­sas. La pro­mo­ción de com­pe­ten­cias exitis­tas son otra de las for­mas que reci­be el tra­ta­mien­to de los niños en nues­tro tiem­po, éstas van des­de la expo­si­ción en la tele­vi­sión has­ta las exi­gen­cias en los clu­bes (depor­tes), recuér­de­se por ejem­plo, el pro­gra­ma tele­vi­si­vo don­de los niños coci­na­ban bajo pre­sión.

Lle­nar a los niños con acti­vi­da­des que éstos no eli­gen pare­ce ser tam­bién un ras­go valo­ra­ble para nues­tro tiem­po, “se lo está esti­mu­lan­do” se sue­le decir. Lo que se obser­va a fin de cuen­tas es que al jue­go infan­til (for­ma que tie­ne el niño de cono­cer e inven­tar­se un mun­do pro­pio) se lo bus­ca ins­ti­tu­cio­na­li­zar, inten­cio­nal­men­te, des­de muy tem­pra­na edad. Con ello, si bien “se gana” en dis­ci­pli­na, se pier­de tiem­po valio­so de jue­go espon­tá­neo, que es igual a: tiem­po de crea­ción, tiem­po de ima­gi­na­ción, tiem­po de desa­rro­llo ade­cua­do etc.; infa­tuar a los niños con infor­ma­cio­nes y con­te­ni­dos, a veces poco úti­les, pro­vis­tos tan­to por la escue­la tem­pra­na, como por la tele­vi­sión, los jue­gos vir­tua­les, la inter­net, pare­cen ser la lógi­ca con la que pen­sa­mos la infan­cia de nues­tro tiem­po y del futu­ro.
El mun­do labo­ral del futu­ro deman­da­rá ya no obe­dien­cia y memo­ria, sino fle­xi­bi­li­dad y crea­ti­vi­dad, se dice; pero ¿Qué se hace de veras con la crea­ti­vi­dad?, ¿Segui­mos sien­do tan arro­gan­tes para creer que pode­mos mani­pu­lar la “crea­ti­vi­dad de las masas” apre­su­rán­do­los en su ins­ti­tu­cio­na­li­za­ción, dán­do­les jue­gos de colo­res y cas­ti­lli­tos de ladri­llos, en suma, regu­lan­do cada vez más los espa­cios de jue­go? Sólo para tener­lo en cuen­ta, pero el últi­mo gran “genio inven­tor”, el ame­ri­cano Ste­ve Jobs, no ter­mi­nó la escue­la, y es más que sabi­do que detes­tó la mis­ma, por ser un espa­cio ver­da­de­ra­men­te opre­si­vo para su espí­ri­tu crea­ti­vo.
Esta ten­den­cia de “cap­tar­lo todo” pare­cie­ra gene­rar, a lar­go pla­zo, más bien, una mer­ma sig­ni­fi­ca­ti­va en el entu­sias­mo y en la espon­ta­nei­dad de los suje­tos, con el corre­la­to de un empo­bre­ci­mien­to de las rela­cio­nes con el otro.

Algún día qui­zás se con­sen­se que el exce­so de infor­ma­ción inne­ce­sa­ria, a tem­pra­na edad, sea per­ju­di­cial para la salud men­tal, ya que obtu­ra la diná­mi­ca entre la ima­gi­na­ción y el pla­cer por el des­cu­bri­mien­to.

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Frag­men­to de la edi­ción N° 3 de la Revis­ta ‑Entre-dichos- biblio­te­ca Popu­lar Patri­cias Argen­ti­nas- Edi­tor Res­pon­sa­ble: Lic. Van­den­dorp Rafael

Revis­ta Entre­di­chos, en pdf:
ENTREDICHOS III