Las relaciones del psicoanálisis con la literatura, por Rafael Vandendorp

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* Artícu­lo escri­to por Van­den­dorp Alber­to Rafael

El neu­ró­ti­co ordi­na­rio y el escri­tor subli­me


La neu­ro­sis es un mal menor: no en rela­ción a la salud
sino en rela­ción a ese impo­si­ble del que habla­ba Batai­lle
(<>, etcé­te­ra)…”
Roland Barthés

En el año de 1927 la ciu­dad de Franc­fort había ins­ti­tui­do el pre­mio Goethe, que sería con­ce­di­do anual­men­te a una per­so­na­li­dad des­ta­ca­da de la cul­tu­ra, cuya influen­cia crea­do­ra sea dig­na del home­na­je tri­bu­ta­do a la memo­ria de Goethe. Los tres pri­me­ros bene­fi­cia­rios de este pre­mio habían sido; un poe­ta lla­ma­do Ste­fan Geor­ge, un médi­co misio­ne­ro y músi­co de nom­bre Sch­weitzar Albert y un filó­so­fo lla­ma­do Leo­pold Zie­gler.
A pro­pues­ta de Alfons Paquet, cono­ci­do hom­bre de letras y secre­ta­rio del con­ce­jo de admi­nis­tra­ción que regen­tea­ba ese fon­do, se había resuel­to otor­gar a Sig­mund Freud el pre­mio corres­pon­dien­te al año de 1930. La con­sig­na pro­pues­ta por el secre­ta­rio del con­ce­jo era entre­gar el pre­mio y pedir que el bene­fi­cia­rio diri­ja unas pala­bras elo­gio­sas al gran hom­bre de las letras y el inge­nio.
Freud había reci­bi­do la noti­cia para Julio de ese año con gran sor­pre­sa y no menor agra­do, pero ale­gó que por pro­ble­mas de salud, que lo aque­ja­ban mucho, no podría ir a reci­bir per­so­nal­men­te el pre­mio, pero que sin embar­go redac­ta­ría un escri­to que sería leí­do en la casa Goethe por su hija Anna Freud.
Algu­nos frag­men­tos que se des­ta­can de su alo­cu­ción decían lo siguien­te:
“… Todos los que vene­ra­mos a Goethe acep­ta­mos sin mayo­res pro­tes­tas los empe­ños de los bió­gra­fos por cono­cer su vida a par­tir de los infor­mes y docu­men­tos exis­ten­tes. Pero, ¿qué nos pro­por­cio­nan esas bio­gra­fías? Ni siquie­ra la mejor y más com­ple­ta de ellas res­pon­de las dos pre­gun­tas que pare­cen las úni­cas dig­nas de inte­rés. No escla­re­ce­ría el enig­ma de las mara­vi­llo­sas dotes que hacen al artis­ta, y no podría ayu­dar­nos a aprehen­der mejor el valor y el efec­to de sus obras. No obs­tan­te, es indu­da­ble que una bio­gra­fía tal satis­fa­ce en noso­tros una inten­sa nece­si­dad…”.

Por otra par­te decía:   “… ¿Qué jus­ti­fi­ca­ción tie­ne seme­jan­te nece­si­dad de cono­cer las
cir­cuns­tan­cias de la vida de un hom­bre cuan­do sus obras han pasa­do a ser tan sig­ni­fi­ca­ti­vas
para noso­tros? Sue­le decir­se que es el afán de obte­ner tam­bién una apro­xi­ma­ción huma­na.
Admi­tá­mos­lo; es enton­ces la nece­si­dad de con­se­guir víncu­los afec­ti­vos con tales hom­bres,
inte­grar­los en la serie de padres, maes­tros, mode­los que hemos cono­ci­do o cuya influen­cia ya
hemos expe­ri­men­ta­do, con la expec­ta­ti­va de que su per­so­na­li­dad resul­ta­rá tan gran­dio­sa y
dig­na de admi­ra­ción como las obras que de ellos posee­mos...”.

“… Cuan­do el psi­co­aná­li­sis se pone al ser­vi­cio de la bio­gra­fía tie­ne, des­de lue­go, el dere­cho de no ser tra­ta­do con mayor dure­za que ella. Pue­de pro­por­cio­nar muchas infor­ma­cio­nes que por otra vía no se con­se­gui­rían, y mos­trar así nue­vos nexos en la obra maes­tra del teje­dor que entra­ma las dis­po­si­cio­nes pul­sio­na­les, las viven­cias y las obras de un artis­ta…”.
Como se pue­de apre­ciar en su alo­cu­ción en la casa Goethe, las rela­cio­nes entre la lite­ra­tu­ra y el psi­co­aná­li­sis nun­ca inco­mo­da­ron a Freud, quien como se apre­cia no hizo más que insis­tir en el valor posi­ti­vo que el psi­co­aná­li­sis podría traer al enten­di­mien­to de lo artís­ti­co y del gran­de hom­bre.
Más allá del enor­me cam­po de inves­ti­ga­ción psi­co­ló­gi­co abier­to por el psi­co­aná­li­sis en su lar­ga his­to­ria, qui­zás este entre­cru­za­mien­to con la lite­ra­tu­ra sea uno de los mayo­res apor­tes del psi­co­aná­li­sis al cono­ci­mien­to de la cul­tu­ra y del genio uni­ver­sal.
Muchos gran­des crí­ti­cos de lite­ra­tu­ra argen­ti­nos, no nece­sa­ria­men­te psi­co­ana­lis­tas, han ensa­ya­do en éste últi­mo siglo la pers­pec­ti­va y los con­cep­tos psi­co­ana­lí­ti­cos en sus agu­das lec­tu­ras crí­ti­cas de lite­ra­tos nacio­na­les, tan­to de sus obras como de sus escri­to­res, en la que han podi­do arti­cu­lar pun­tos de vis­ta intere­san­tí­si­mos entre la obra y la vida del gran­de hom­bre de letras. Un ejem­plo es la lec­tu­ra de R. Piglia a Bor­ges, Noé Jitrick y Qui­ro­ga.
En la his­to­ria del Psi­co­aná­li­sis es cono­ci­do el estu­dio sobre Leo­nar­do Da Vin­ci, quien fue obje­to de la plu­ma de Freud, uno de los más gran­des inven­to­res y artis­tas rena­cen­tis­ta que haya cono­ci­do la huma­ni­dad, al cual Freud admi­ra­ba pro­fun­da­men­te. Freud tam­bién se ocu­pó, en su épo­ca, de un céle­bre caso de Psi­co­sis auto­bio­grá­fi­ca, de un impor­tan­te juez de la supre­ma cor­te Ale­ma­na de fina­les del siglo XIX, el cono­ci­do caso del doc­tor Paul Schre­ber.

¿Cómo es posi­ble ana­li­zar y con­cep­tua­li­zar sobre la psi­co­sis sin haber cono­ci­do, ni tra­ta­do al pacien­te pro­pia­men­te dicho? La res­pues­ta está en que para el méto­do de Freud es indis­tin­to, por­que el incons­cien­te se ase­me­ja a la lec­tu­ra de un tex­to que hay que des­ci­frar, don­de el autor está implí­ci­to en el tex­to mis­mo. Sin embar­go cabe acla­rar que no es idén­ti­co un psi­co­aná­li­sis apli­ca­do que la lec­tu­ra psi­co­ana­lí­ti­ca de un tex­to escri­to.
Dice Ger­man Gar­cía en su últi­mo libro las deri­vas ana­lí­ti­cas del siglo que Freud, a par­te de un pres­ti­gio­so médi­co, fue un gran lec­tor de lite­ra­tu­ra clá­si­ca, sus gus­tos gira­ban por auto­res tales como Cer­van­tes, Sha­kes­pea­re, Goethe, Flau­bert, entre otros. Las lec­tu­ras juve­ni­les del vie­jo Freud le sir­vie­ron para abor­dar el gus­to de su épo­ca, que lle­ga­ba a su con­sul­to­rio trans­ver­sal­men­te; el roman­ti­cis­mo y la exa­cer­ba­ción de las pasio­nes del amor; sin embar­go la res­pues­ta de Freud al roman­ti­cis­mo no fue con más roman­ti­cis­mo, se opu­so a éste y logró así pene­trar en los resor­tes del gus­to de su épo­ca; lo que le per­mi­tió pos­te­rior­men­te tam­bién ana­li­zar crí­ti­ca­men­te la figu­ra del héroe, el eros ado­les­cen­te y sus con­se­cuen­cias prác­ti­cas.

“Apar­te de los auto­res nom­bra­dos, Freud era lec­tor de Sófo­cles, Mil­ton, Ibsen, Bal­zac, Kipling, Thac­ke­ray, Tho­mas Mann. Más lite­ra­tu­ra que filo­so­fía, más poe­sía que lógi­ca. Algu­na vez habló con­tra “la oscu­ra mis­ti­fi­ca­ción Hege­lia­na”. Ese era Freud, el que pro­pu­so su apa­ra­to psí­qui­co como sus­ti­tu­to del tiem­po y el espe­cio de las coor­de­na­das de Kant…” Pag. 78 – Ger­mán Gar­cía- las deri­vas ana­lí­ti­cas del siglo.
Hay enton­ces en Freud un movi­mien­to intere­san­tí­si­mo entre lite­ra­tu­ra y filo­so­fía, guia­dos por un espí­ri­tu cien­ti­fi­cis­ta, ins­pi­ra­do en Dar­win, según Harold Bloom, seña­la Gar­cía. El psi­co­aná­li­sis no se redu­ce a una her­me­néu­ti­ca como lo hizo C. G. Jung por­que encuen­tra en la filo­so­fía crí­ti­ca su lími­te (éti­ca) y no es una filo­so­fía más por­que encuen­tra un sus­ten­to prag­má­ti­co y empí­ri­co en la cien­cia, aun­que tam­po­co sea pura­men­te una cien­cia por­que sus más sóli­dos fun­da­men­tos son a‑conceptuales, por lo que no se deja estan­da­ri­zar.
Vol­vien­do a la rela­ción entre el psi­co­aná­li­sis y la lite­ra­tu­ra y sin ir tan lejos, uno de los con­cep­tos más cono­ci­dos de Freud fue el Com­ple­jo de Edi­po, un mito anti­guo escri­to por el gran poe­ta grie­go Sófo­cles don­de narra la tra­ge­dia del Rey Edi­po, quien mató a su padre y se casó con su madre, sin saber­lo. El cono­ci­mien­to y la lec­tu­ra de Edi­po de Sófo­cles, en su juven­tud, le per­mi­tió a Freud arti­cu­lar la neu­ro­sis ordi­na­ria con la tra­ge­dia, una temá­ti­ca lite­ra­ria de la anti­gua cul­tu­ra grie­ga. De allí que se pue­de pen­sar a la neu­ro­sis como un gran dra­ma indi­vi­dual, una suer­te de tra­ge­dia exis­ten­cial.

Hay en Freud una arti­cu­la­ción intere­san­tí­si­ma del mun­do anti­guo (Los poe­tas grie­gos) con la moder­ni­dad (Kant- Scho­penhauer- Fich­te) y la lite­ra­tu­ra román­ti­ca. Y ya más acá está F. Nietz­sche, cuyas hue­llas se pes­qui­san en el pen­sa­mien­to de J. Lacan y de muchos de sus con­tem­po­rá­neos fran­ce­ses.
Pero lo que nos intere­sa aquí a fin de cuen­tas, no es his­to­ri­zar, es más bien el asun­to del escri­ba subli­me en tan­to suje­to del deseo, y sus pro­ce­sos crea­ti­vos; es decir: ¿cómo ope­ra la crea­ción artís­ti­ca en el hom­bre y su rela­ción con la neu­ro­sis y el deseo?
Freud desa­rro­lló un con­cep­to cla­ve he impor­tan­tí­si­mo, como una sali­da no pato­ló­gi­ca al con­flic­to pul­sio­nal, que lla­mó la subli­ma­ción; la subli­ma­ción es así un des­tino de lo pul­sio­nal. La subli­ma­ción es lo más alto a lo que pue­de aspi­rar el deseo humano como obje­to, y con éste tam­bién el sur­gi­mien­to del hom­bre como obje­to; obje­to mís­ti­co y de con­tem­pla­ción para la cul­tu­ra. La subli­ma­ción está en rela­ción con el con­cep­to de belle­za, de lo bello como des­tino.

La subli­ma­ción como se pue­de apre­ciar es un con­cep­to amplio pero hete aquí que lo que nos impor­ta es la subli­ma­ción lite­ra­ria; una de las for­ma de pro­duc­ción huma­na más excel­sas que exis­ten. El apor­te del psi­co­aná­li­sis nos per­mi­ti­rá ade­más cono­cer las estre­chí­si­mas rela­cio­nes exis­ten­tes entre la crea­ción lite­ra­ria y lo que lla­ma­mos la reali­dad huma­na. ¿Se pue­de seguir afir­man­do a la altu­ra de nues­tro tiem­po que exis­te aún un evi­den­te dis­tan­cia­mien­to entre “la reali­dad huma­na” y nues­tras más refi­na­das y encum­bra­das obras escri­tas?, ¿Qué dis­tan­cia hay entre “la reali­dad” y el goce como “úni­ca reali­dad”?, ¿No es cla­ro el evi­den­te empu­je al goce como reali­dad impe­ra­ti­va para el suje­to de hoy, una invi­ta­ción y habi­li­ta­ción a alu­ci­nar lo que a uno se le ven­ga en ganas?
Hay una nove­la muy bre­ve y fabu­lo­sa de J. Cor­tá­zar “La con­ti­nui­dad de los par­ques” don­de tra­ta éste asun­to del goce alu­ci­na­do como abso­lu­to. En la nove­la de Cor­tá­zar, es tan­to el pla­cer que expe­ri­men­ta el suje­to, (está leyen­do una nove­la en su sillón), por el tex­to que tie­ne en manos, que pare­cie­ra con­fun­dir­se con los per­so­na­jes y vivir la tra­ma en car­ne pro­pia; lo expe­ri­men­ta, lo encar­na de tal modo que se borra esa del­ga­da línea entre prin­ci­pio de reali­dad y goce (alu­ci­na­ción), enten­di­do como ese pla­cer abso­lu­to y auto-eró­ti­co que inun­da y sus­trae al suje­to en su tota­li­dad.

Para Freud había una dife­ren­cia entre la reali­dad psí­qui­ca y la reali­dad pro­pia­men­te dicha, esa esci­sión es Kan­tia­na. La reali­dad pro­pia­men­te
dicha en Freud no es una enti­dad con­cre­ta, ‑no se pue­de cono­cer la cosa en sí, decía Kant- la reali­dad es sin embar­go un prin­ci­pio lógi­co que fun­cio­na como exi­gen­cia exte­rior para el suje­to, como sí el suje­to debie­re com­pen­sar y medir su mane­ra de ver y sen­tir las cosas, con la cosa en tan­to tal, ya que la cosa en sí no se per­ci­be en tan­to tal, sino como retorno de algo que des­equi­li­bra la homeos­tá­ti­ca reali­dad psí­qui­ca. El prin­ci­pio de reali­dad es ese lími­te que hace que nues­tras ideas a prio­ri “bri­llan­tes en nues­tra cabe­za”, a la hora de con­cre­tar­las no parez­can tan bri­llan­tes, es más, has­ta pare­cen inge­nuas, ton­tas e irrea­li­za­bles.

Pasan­do en lim­pio, tan­to Freud como Kant pien­san que no se pue­de des­fi­gu­rar la reali­dad a dies­tra y sinies­tra por el suje­to, y creer plá­ci­da­men­te lo que le con­vie­ne a uno creer, eso sólo no dura más que un poco y ade­más tie­ne con­se­cuen­cias terri­bles, sin embar­go no se pue­de esca­par del todo tam­po­co, al hecho de que se come­tan cier­tas des­fi­gu­ra­cio­nes res­pec­to de la cosa en sí, de allí que se hace cru­cial afi­lar el pen­sa­mien­to crí­ti­co, pero crí­ti­co con uno mis­mo.
El escri­tor subli­me en cam­bio trans­gre­de el prin­ci­pio de reali­dad, que si tuvie­se voz le diría, hacien­do un poco la paro­dia, algo así: “tu idea es una qui­me­ra, no es real y por lo tan­to no es posi­ble, etc. etc.” el escri­tor subli­me en suma desa­fía el lími­te del prin­ci­pio de reali­dad.

El filó­so­fo Argen­tino Tho­mas Abraham en su libro “Deseo de revo­lu­ción” lle­va a cabo una fuer­te crí­ti­ca al espí­ri­tu que mar­có a su tiem­po, polí­ti­cos y pen­sa­do­res de su gene­ra­ción en el cual se inclu­ye. Abraham plan­tea bási­ca­men­te que duran­te el siglo XX una gene­ra­ción de jóve­nes había lle­ga­do a creer tan fuer­te­men­te en un tipo de reali­dad ideal, de dimen­sio­nes glo­ba­les — el comu­nis­mo- que fue inevi­ta­ble algu­na dis­tor­sión res­pec­to al prin­ci­pio de reali­dad, el cual se habría sor­tea­do diga­mos, trans­for­man­do ese hue­co en un deseo abso­lu­to, en una volun­tad de poder.
Qui­zás haya sido el impe­rio­so deseo de cam­bio de una gene­ra­ción res­pec­to a la ante­rior, (sus padres) la que impul­só el movi­mien­to súbi­to del espí­ri­tu de esa gene­ra­ción que encon­tró en Marx los sig­ni­fi­can­tes que nece­si­ta­ba para comen­zar la tan ansia­da meta­mor­fo­sis de sus espí­ri­tus, sien­do para­dó­ji­ca­men­te más impor­tan­te la nece­si­dad de cam­bio y opo­si­ción gene­ra­cio­nal que la lec­tu­ra crí­ti­ca del pro­pio Marx. No por nada la arro­gan­cia y el deseo de pres­ti­gio y reco­no­ci­mien­to indi­vi­dual de los líde­res e inte­lec­tua­les mar­xis­tas tiñe­ron las revo­lu­cio­nes de nar­ci­sis­mo y cinis­mo, lo que lo lle­va­ron a su fra­ca­so.

Cla­ra­men­te aquí tene­mos un caso estre­chí­si­mo de rela­cio­nes car­na­les entre lite­ra­tu­ra y reali­dad, pero ya no en la lite­ra­tu­ra fan­tás­ti­ca sino en el con­tex­to de la cien­cia social. En sín­te­sis, lo que aquí se quie­re seña­lar es que cual­quier for­ma­to par­ti­cu­lar de ver el mun­do –teo­ría macro social — pue­de final­men­te impo­ner­se como reali­dad pro­pia­men­te dicha para los pue­blos. Ésta se vuel­ve impe­rio­sa, aun­que no nece­sa­ria, en cier­tos espí­ri­tus por lo que ter­mi­na rea­li­zán­do­se, aun­que no sin sín­to­mas; aquí hablan­do de la visión Mar­xis­ta del mun­do; y según seña­la Abraham ésta visión final­men­te impe­ró al menos en la mitad del pla­ne­ta. Impe­ró como deseo, más su rea­li­za­ción con­cre­ta fue par­cial.
Pero toda acti­tud huma­na que uti­li­ce las fuer­zas de la volun­tad por sobre el prin­ci­pio de reali­dad no podrá sos­te­ner­se sin gran­des e impor­tan­tes cos­tos sin­to­má­ti­cos. El sín­to­ma es el retorno de lo que que­da por fue­ra de la reali­dad psí­qui­ca del suje­to. El suje­to Freu­diano está en con­flic­to cons­tan­te con su reali­dad y el sín­to­ma es enton­ces un arre­glo de com­pro­mi­so entre ins­tan­cias.
La teo­ría Mar­xis­ta tan­to como la Freu­dia­na coin­ci­den en que son cien­cias con­je­tu­ra­les, aun­que res­pec­to a sus des­ti­nos se bifur­quen; a dife­ren­cia de Marx, Freud pro­te­gió su inven­to-des­cu­bri­mien­to, el psi­co­aná­li­sis, del dis­po­si­ti­vo de la uni­ver­si­dad, que según Lacan, es el cal­do de cul­ti­vo más pode­ro­so de idea­lis­mo, de dog­ma­tis­mo y de ausen­cia de crí­ti­ca. Enton­ces ¿Qué cosa pue­de resul­tar de la com­bi­na­to­ria de una con­cep­ción ambi­cio­sa y con­je­tu­ral y una ins­ti­tu­ción a‑crítica, pro­mo­to­ra pres­ti­gio y de poder?...
Para fina­li­zar con este asun­to y reto­mar las rela­cio­nes entre la lite­ra­tu­ra y “la reali­dad huma­na”, en un gran­dio­so cuen­to de Jor­ge L. Bor­ges, que no era jus­ta­men­te comu­nis­ta, publi­ca­do en la revis­ta Sur del año 1940 “Tlön, Uqbar, Orbis Ter­tius” el autor ya nos adver­tía sobre los efec­tos de la fic­ción sobre la reali­dad. Se reco­mien­da su lec­tu­ra.
A fin de cuen­tas lo que aquí es menes­ter plan­tear, es des­pués de todo: ¿Qué es un neu­ró­ti­co? Por­que ya no caben dudas de que si que­re­mos esta­ble­cer una rela­ción posi­ble entre lite­ra­tu­ra y psi­co­aná­li­sis, éste sólo será posi­ble por medio de lo que se entien­de por neu­ro­sis.

Diji­mos ya que la neu­ro­sis es una estruc­tu­ra, un mar­co por don­de se cons­ti­tu­ye y des­pla­za el deseo y su suje­to. Para el lin­güis­ta Roland Barthés ya no hay dis­tan­cia entre lo que él lla­ma el tex­to y la neu­ro­sis, en tan­to que uno, como el otro, pue­den ser leí­dos e inter­pre­ta­dos; en ambos exis­te una rela­ción gra­ma­ti­cal entre un suje­to y un pre­di­ca­do. En el pla­cer del tex­to dice Barthés, en alu­sión a la razón que impul­sa a la escri­tu­ra lite­ra­ria del goce: “Loco no pue­do, sano no que­rría, sólo soy sien­do neu­ró­ti­co”. Los tex­tos a los que él lla­ma tex­tos de pla­cer-goce, son aque­llos que son escri­tos des­de la neu­ro­sis, son tex­tos coque­tos dice, que logran hacer evo­car la dimen­sión del goce en el lec­tor, es decir, ese movi­mien­to dia­léc­ti­co entre la dimen­sión de la pér­di­da y del reen­cuen­tro.
Bien, deje­mos atrás por un momen­to a Barthés. Des­de la expe­rien­cia clí­ni­ca tan­to como de la expe­rien­cia sub­je­ti­va uno podría decir que a prio­ri, un neu­ró­ti­co es alguien que no sabe con cer­te­za quién es para el deseo del otro; ese saber fluc­túa, para éste su iden­ti­dad pue­de vaci­lar cada tan­to. Y por cier­to, no está mal que eso le pace de vez en cuan­do, pues de lo con­tra­rio sería un alie­na­do. El para­noi­co es aquel que se rige, digá­mos­lo así, por el prin­ci­pio de iden­ti­dad de Par­mé­ni­des; anti­guo sabio grie­go que decía que las cosas no cam­bian, sino que per­ma­ne­cen inmu­ta­bles y que son nues­tros jui­cios los que nos enga­ñan dán­do­nos la sen­sa­ción del cam­bio, son éstos jui­cios los que cam­bian y nos dan una impre­sión fal­sa del cam­bio; final­men­te gra­cias a Pla­tón triun­fó ésta filo­so­fía sobre la de Herá­cli­to, que fue reto­ma­da por el padre moderno del racio­na­lis­mo, René Des­car­tes. No por nada decía Lacan, medio en bro­ma, medio en serio, que el rever­so de la cien­cia lle­va en sí un deseo para­noi­co, ya que lo que impul­sa el deseo de ésta es des­con­fiar de lo más pró­xi­mo que se le pre­sen­ta, ir más allá de la reali­dad de sus sen­ti­dos; diga­mos que la cien­cia sos­pe­cha que la reali­dad no es así como se nos la pre­sen­ta, y que en su socie­dad con la téc­ni­ca encon­tró su hege­mo­nía, desa­rro­llan­do meca­nis­mos cada vez más com­ple­jos de deduc­ción e induc­ción, hacien­do caer el velo del suje­to. Allí tam­bién, de for­ma más modes­ta, está impli­ca­do el espí­ri­tu del psi­co­aná­li­sis, en tan­to Freud se con­si­de­ra­ba par­te del pro­yec­to de la ilus­tra­ción.

La neu­ro­sis se dife­ren­cia de la psi­co­sis por su rela­ción con el prin­ci­pio de reali­dad, que la psi­co­sis exclu­ye de raíz. La neu­ro­sis se pare­ce más a algo como un tor­na­do; una tor­men­ta, de esas que vemos en los docu­men­ta­les ame­ri­ca­nos, que cuan­to más adver­ti­mos que se aden­tra el pro­ta­go­nis­ta para cono­cer de qué está hecho esa fuer­za incon­te­ni­ble, se da cuan­ta, que den­tro no hay nada; “nada con­cre­to” más que peda­zos hete­ro­gé­neos, fuer­zas con­tra­ria­das, pro­ve­nien­tes de muchas par­tes diver­sas, dan­do vuel­tas y vuel­tas en círcu­lo; ese aden­tro es caó­ti­co aun­que su for­ma exter­na sea bas­tan­te seduc­to­ra y homo­gé­nea.
La neu­ro­sis es simi­lar en tan­to que allí den­tro no hay nada pare­ci­do a un prin­ci­pio úni­co de iden­ti­dad o fun­ción domi­nan­te que haga las veces de pun­to rec­tor en soli­ta­rio, para el suje­to; ese aden­tro está, como decía Lacan, frag­men­ta­do.
El anti­guo deba­te inte­lec­tual y filo­só­fi­co moderno entre sí, para el hom­bre, pre­do­mi­na­ba la cul­tu­ra o la natu­ra­le­za, se remon­ta cla­ra­men­te a muchos años antes de la emer­gen­cia del psi­co­aná­li­sis, quien reco­gió el guan­te; para algu­nos hom­bres el ser humano es pre­do­mi­nan­te­men­te un ser espi­ri­tual y social, mien­tras que para otros lo social es efec­to de com­ple­jos meca­nis­mos bio­ló­gi­cos evo­lu­ti­vos. Freud here­da de algún modo este deba­te y lo resuel­ve con una mira­da com­ple­ja y arti­cu­la­da del suje­to, plan­tean­do la “solu­ción” al pro­ble­ma como un con­flic­to diná­mi­co entre ésta fuer­zas rec­to­ras hete­ro­gé­neas y anta­gó­ni­cas. Freud plan­tea­ba que el deseo (que es un pro­duc­to de la inter­ac­ción con el otro) se apun­ta­la­ba sobre la nece­si­dad bio­ló­gi­ca de nues­tro orga­nis­mo, y que su rea­li­za­ción y espe­ci­fi­ci­dad con­sis­tía para­dó­ji­ca­men­te en per­ver­tir el cir­cui­to natu­ral. El deseo que des­cri­be el psi­co­aná­li­sis por defi­ni­ción es per­ver­so.

Para Lacan el suje­to del incons­cien­te es algo así como un colla­ge surrea­lis­ta, o bien, podría­mos decir, una uni­dad hete­ro­gé­nea. Lo hete­ro­gé­neo como adje­ti­vo en la fra­se nie­ga lo que allí se afir­ma, lo uni­ta­rio como esa noción que sugie­re un todo sóli­do. Si hay algo que no es sóli­do es la iden­ti­dad del suje­to; char­len un rato si no me creen con un ado­les­cen­te por ejem­plo y verán. Sin embar­go lo que le da a uno la sen­sa­ción de que no se disol­ve­rá del todo es nues­tra estruc­tu­ra bio­ló­gi­ca envol­ven­te, es decir, lo que somos como ges­tal para el otro. A eso Lacan lla­mó esta­dio del espe­jo, ins­tan­cia lógi­ca con que se con­si­gue encu­brir nues­tro caó­ti­co mun­do inte­rior a par­tir de la ima­gen de uni­dad y tota­li­dad vir­tual que reci­bi­mos del otro exte­rior, en una rela­ción de espe­jo afec­ti­vo, es decir en un jue­go de mira­das cóm­pli­ces con el otro. Sin esa com­pli­ci­dad que en un ini­cio es la mira­da de la madre no podría­mos comen­zar a uni­fi­car­nos, al menos vir­tual­men­te; lo con­tra­rio sería la dis­per­sión, vivi­ría­mos con­de­na­dos a una suer­te de gue­rra civil inte­rior.
Para lo espe­cu­lar (cuya refe­ren­cia es la eto­lo­gía) las pri­me­ras per­cep­cio­nes son ejes estruc­tu­ran­tes para el indi­vi­duo. Remi­tir­se a los apor­tes del Nobel Kon­rad Lorenz sobre el com­por­ta­mien­to de los gan­sos.

Esa nebu­lo­sa surrea­lis­ta que es la neu­ro­sis es des­pués de todo la for­ma que tie­ne el hom­bre de lidiar con el mun­do y su com­ple­ji­dad; como dice Geor­ge Batai­lle sobre la neu­ro­sis: »la teme­ro­sa aprehen­sión de un fon­do impo­si­ble».
La neu­ro­sis es ya, la inter­pre­ta­ción del mun­do, en la que él, en tan­to suje­to, está suje­ta­do, más o menos orde­na­do y ocu­pan­do un lugar en una estruc­tu­ra abier­ta; en la medi­da que esa estruc­tu­ra ten­ga la for­ma de un len­gua­je (un códi­go) él esta­rá obli­ga­do a hacer­se repre­sen­tar por sig­nos, emble­mas, etc. pero no todo es len­gua­je, tam­bién cum­pli­rá un papel para el deseo, que por defi­ni­ción es lo que que­da fue­ra del códi­go, lo que no está legis­la­do, lo que apa­re­ce no sin cier­ta sor­pre­sa, como el goce en una nove­la de pla­cer. Diga­mos que la neu­ro­sis es una nove­la cuyo final está por ver­se, no se ha dicho todo aún.
En la clí­ni­ca se tra­ta de inda­gar sobre las múl­ti­ples y varia­das rela­cio­nes del suje­to con su deseo; si goza de su deseo, si se cul­pa y no desea, si se cas­ti­ga en for­ma de pago por su goce, si eva­de el deseo, si lo igno­ra, si lo apla­za, si lo idea­li­za tan­to que se vuel­ve inal­can­za­ble, si lo recha­za de raíz, si lo nego­cia, etc. El goce es otro tér­mino impor­tan­te en la clí­ni­ca y se usa para opo­ner­lo al deseo como con­cep­to, el goce pue­de apa­re­cer suje­ta­do a lo sim­bó­li­co, como en el pla­cer del lec­tor con una nove­la, o bien, de-suje­ta­do de lo sim­bó­li­co; en éste últi­mo se tra­ta siem­pre de un tipo de satis­fac­ción mor­tuo­ria, lamen­ta­ble, peno­sa, como las pato­lo­gías adic­ti­vas pos­mo­der­nas; en cam­bio el deseo como des­tino siem­pre es más seduc­tor por­que está en rela­ción a Eros; es decir al amor, al don, a la belle­za, a la feli­ci­dad, etc.
Tam­bién hay que decir que ese mun­do al que vie­ne a alo­jar­se el suje­to no es más que pre­pa­ra­to­rio y ple­na­men­te revo­ca­ble; como sea eso tie­ne un valor fun­cio­nal, sin eso no hay nada.

¿Somos cons­cien­tes y res­pon­sa­bles ple­na­men­te de ésta cons­truc­ción pro­pe­déu­ti­ca que nos cobi­ja o nos con­de­na? Cier­ta­men­te no; ni cons­cien­tes, ni res­pon­sa­bles, aun­que su este­la esté allí que­rien­do deter­mi­nar­nos sin que esto le impor­te mucho. La lucha por la de-suje­ción de ese mun­do –del que no tene­mos más que recuer­dos encu­bri­do­res- comien­za cuan­do empe­za­mos a cues­tio­nar­lo y a enten­der algu­nas cosas; se tra­ta de tomar car­tas en el asun­to sobre, al menos, lo que sí se pue­de re-direc­cio­nar del cur­so, que de lo con­tra­rio, segui­rá incons­cien­te­men­te nues­tra vida. Habi­tual­men­te la ado­les­cen­cia pare­ce ser el perio­do natu­ral más pro­cli­ve a éste des­per­tar del deseo, avi­va­do por algún con­flic­to par­ti­cu­lar y ayu­da­do por una revo­lu­ción bio­ló­gi­ca que expe­ri­men­ta el cuer­po ‑la puber­tad – que bus­ca una nue­va for­ma y una nue­va repre­sen­ta­ción iden­ti­ta­ria.
Siem­pre es posi­ble recons­truir el mito de la infan­cia median­te cier­to ejer­ci­cio de arqueo­lo­gía; e inten­tar tomar las rien­das de lo que se quie­re decir o escri­bir, siem­pre en miras a la pos­tre. Lo que inten­to decir es que nues­tra his­to­ria no comien­za con nues­tra sin­gu­lar neu­ro­sis, sino que ini­cia con la neu­ro­sis de nues­tros padres, y más allá de ellos, nues­tros ante­pa­sa­dos más arcai­cos, quie­nes pro­yec­tan­do un mun­do vir­tual, nos lega­ron las bases sim­bó­li­cas para nues­tro adve­ni­mien­to con­cre­to como indi­vi­duo, para nues­tra posi­bi­li­dad o no de rea­li­zar­nos como suje­tos del deseo; ya en ese mun­do pro­yec­ta­do están los sig­ni­fi­can­tes con que hemos de ser ves­ti­dos; esos sig­ni­fi­can­tes son nues­tras pri­me­ras pren­das, nues­tros pri­me­ros ropa­jes.

Tam­bién es cier­to que no todos tie­nen gran­des ante­pa­sa­dos, la moder­ni­dad cam­bió un poco las reglas del jue­go sim­bó­li­co, algu­nos niños de nues­tro tiem­po no tie­nen ni siquie­ra padres, mucho menos abue­los, menos aún his­to­rias que escu­char; son huér­fa­nos en un doble sen­ti­do, sim­bó­li­co y real; sin cari­cias y sin pala­bras que los nom­bren que lue­go serán hijos, posi­ble­men­te mal­tra­ta­dos por algu­na ins­ti­tu­ción del Esta­do. Tener his­to­ria no siem­pre sig­ni­fi­ca car­gar una mochi­la pesa­da del pasa­do, tam­bién sig­ni­fi­ca solu­ción, recur­sos, posi­bi­li­da­des de ser, etc.
Pero cuan­do un neu­ró­ti­co se sien­te acon­go­ja­do y ape­sa­dum­bra­do con su his­to­ria par­ti­cu­lar, el psi­co­ana­lis­ta lo invi­ta a des­ves­tir­se de aque­llos pri­me­ros cober­to­res; qui­zás allí radi­que el pudor y la sen­sua­li­dad de la situa­ción ana­lí­ti­ca que retor­na lue­go des­fi­gu­ra­do en los jue­gos eró­ti­cos de la trans­fe­ren­cia. La situa­ción ana­lí­ti­ca requie­re enton­ces que el suje­to se “des­nu­de”.
Recuer­do una vez una pacien­te muy inge­nio­sa que había logra­do, tras una suce­sión intere­san­te de sue­ños noc­tur­nos, una metá­fo­ra bri­llan­te de su meta­mor­fo­sis en aná­li­sis; solía ser una mujer frus­tra­da y por demás doli­da, tan­to en el amor como en el tra­ba­jo, al mar­gen de ello, acos­tum­bra­ba dise­ñar­se, como pasa­tiem­po, su pro­pia ropa; era algo que hacía hace tiem­po pero a lo que no le daba mayor inte­rés, en suma, le gus­ta­ba dise­ñar ves­ti­dos, pero decía que nun­ca se los ponía, que no les iban a que­dar, por eso los guar­da­ba en el pla­car, insa­tis­fe­cha soña­ba des­pués que otra mujer, sin ros­tro, y que no era ella, se ponía esos ves­ti­dos, ella desea­ba poner­se esos ves­ti­dos pero no podía hacer­lo, un día tras cier­to cam­bio sub­je­ti­vo en aná­li­sis soñó por fin que la del ves­ti­do era ella. Había por fin deja­do de ser “ella mis­ma” ‑la del ros­tro frus­tra­do y doli­do- y había­se ani­ma­do a “ser esa otra mujer”, la “sin ros­tro”, con la que al prin­ci­pio se opo­nía. Su cam­bio con­sis­tió en per­der la fije­za de su iden­ti­dad pri­me­ra, de aque­lla “mujer del ros­tro frus­tra­do”, por una cara nue­va, “sin ros­tro” (sin iden­ti­dad cla­ra) sin deter­mi­na­ción, pero desea­ble, coque­ta, boni­ta, etc.

Es decir que para iden­ti­fi­car­se con el deseo su neu­ro­sis tuvo que per­der cier­ta omni­po­ten­cia nar­ci­sis­ta que le hacía sen­tir­se “jus­ti­fi­ca­da­men­te” ofen­di­da y doli­da con el pasa­do y que por lo tan­to impe­día ver­se desea­ble hacia un futu­ro más fecun­do. Como verán, el pro­ble­ma de la neu­ro­sis no es la neu­ro­sis en sí, sino cuan­do la neu­ro­sis se estan­ca y se cris­ta­li­za, se que­da sin movi­mien­to, reto­man­do nue­va­men­te la metá­fo­ra del tor­na­do, el pro­ble­ma está cuan­do el tor­na­do comien­za a ceder en inten­si­dad y se vuel­ve una tor­men­ta común y corrien­te. El deseo es para la neu­ro­sis lo que la tor­men­ta para el tor­na­do.
Aquí es don­de empal­ma la lite­ra­tu­ra con lo que veni­mos dicien­do. La lite­ra­tu­ra como des­tino sólo es posi­ble si se pre­ser­va la ten­sión entre el deseo y el goce más allá de todo anhe­lo de equi­li­brio emo­cio­nal o psi­co­ló­gi­co, al que apun­ta el otro lado de la neu­ro­sis ordi­na­ria; ese dura­de­ro y arcai­co ins­tin­to de super­vi­ven­cia, que muchas veces le fue útil a la espe­cie, pero que para la vida que lle­va­mos hoy pare­ce estar en desuso. De impe­rar el ins­tin­to de super­vi­ven­cia, nos vol­ve­ría­mos suje­tos más con­ser­va­do­res, pero esa es hoy una pala­bra denos­ta­da y deplo­ra­da por el impe­ra­ti­vo desa­rro­llis­ta y pro­gre­si­vo de la revo­lu­ción Fran­ce­sa. Ya es tiem­po en que comen­ce­mos a resig­ni­fi­car lo que a la pos­tre deba­mos enten­der por con­ser­va­do­res, pues de lo con­tra­rio la explo­ta­ción exce­si­va del pro­gre­so que se hace de la natu­ra­le­za en la actua­li­dad nos lle­va­rá a un colap­so mun­dial.
Pero más allá de ese refle­jo de super­vi­ven­cia, hay algo mor­tí­fe­ro en la neu­ro­sis ordi­na­ria, que tie­ne que ver con cier­ta bús­que­da del “equi­li­brio” en un fal­so espe­jis­mo de pla­cer, que no lle­va a otra par­te más que a una fija­ción de la reali­dad, una sim­pli­fi­ca­ción de la reali­dad, faci­li­ta­da y sos­te­ni­da en las fór­mu­las y las cer­te­zas más comu­nes y corrien­tes que cir­cu­lan por la len­gua, como esa máxi­ma que pro­fie­re que el pla­cer es igual a la feli­ci­dad, que el ata­jo será mejor que el camino lar­go, que el éxi­to es ganar sin esfor­zar­se, y tam­bién en esa mali­cio­sa bús­que­da del pres­ti­gio y el reco­no­ci­mien­to, sólo por el poder y el bene­fi­cio social que este con­lle­va. El suje­to que per­si­gue estos nue­vos espe­jis­mos de la épo­ca lucha a muer­te por con­se­guir­lo, pero cuan­do lo obten­ga sen­ti­rá que el cos­to fue injus­ti­fi­ca­do, por lo que no podrá gozar de lo que final­men­te con­si­guió, tan­to así que será menes­ter des­truir­lo; el sín­to­ma es per­der­lo todo, des­pil­fa­rrar­lo, etc. pero des­pués están los otros, los que ni siquie­ra entran en este jue­go per­ver­so, que es para algu­nos pocos; éstos lo miran por T.V.
Sim­pli­fi­car la neu­ro­sis es una estra­te­gia astu­ta para neu­tra­li­zar el deseo, allí se escon­de el goce alie­nan­te del pla­cer nar­ci­sis­ta. Algu­nos suje­tos expre­san con cier­ta iro­nía ese sen­ti­mien­to de que el mun­do es sin dudas un paraí­so, pero del que ellos están exclui­dos injus­ti­fi­ca­da­men­te, y que por esa razón tie­nen reco­no­ci­do y jus­ti­fi­ca­do no hacer nada más que ver cómo los otros gozan de ese “paraí­so”, y obvias razo­nes no pue­den más que odiar­los por su feli­ci­dad. Lo que escon­de radi­cal­men­te la envi­dia es el odio por la feli­ci­dad del otro. Léa­se “Los peque­ños pro­pie­ta­rios” del escri­tor Argen­tino Rober­to Artl.

Una vez una pacien­te que habién­do­se sen­ti­do “enga­ña­da” des­de siem­pre por un padre “muje­rie­go” decía y pro­fe­sa­ba cul­to, en secre­to, a una fra­se bien corrien­te y popu­lar »todos los hom­bre son igua­les, no valen la pena…» y así “con­ten­ta­da” en la frus­tra­ción de su máxi­ma iba por la pasa­re­la amo­ro­sa de la vida des­po­tri­can­do con­tra el amor y con­tra las muje­res “ver­da­de­ra­men­te ama­das”; con sus aman­tes hacía has­ta lo impo­si­ble para con­fir­mar su regla; como se dice en la jer­ga ana­lí­ti­ca, los cas­tra­ba a todos por igual.
Ese es el ata­jo del neu­ró­ti­co ordi­na­rio, mien­tras que el neu­ró­ti­co subli­me asu­me por el con­tra­rio una posi­ción sin­gu­lar, ampa­ra­do en la fuer­za de un deseo por­ten­to­so que lo exi­ge, como con­tra­pe­so, a no con­des­cen­der con una neu­ro­sis corrien­te; el escri­tor subli­me está empu­ja­do por un deseo extra­or­di­na­rio, sólo éste des­co­mu­nal deseo pue­de ascen­der a la dig­ni­dad de obje­to artís­ti­co.
Un escri­tor de placer/goce no es jus­ta­men­te alguien “equi­li­bra­do”, del que se pue­da decir que ten­ga su neu­ro­sis “resul­ta” o cosa por el esti­lo, muy con­tra­ria­men­te, los gran­des escri­to­res clá­si­cos siem­pre han esta­do más o menos per­tur­ba­dos por sus cir­cuns­tan­cias vita­les, per­se­gui­dos por sus ideas deli­ran­tes o sus deseos sexua­les trans­gre­si­vos, sus sen­sa­cio­nes o sen­ti­mien­tos, etc. Todo esto que lo atra­vie­sa y lo exce­de lo empu­ja hacia la angus­tia, pero de esta mis­ma encru­ci­ja­da halla­rá la fuen­te mis­ma del empu­je vital más pode­ro­so, lo que lo lle­va­rá o no, hacia las letras, la pin­tu­ra, la músi­ca, o el sui­ci­dio, etc.

La neu­ro­sis y su com­ple­ji­dad es enton­ces para el escri­tor su gran fuen­te de ins­pi­ra­ción, allí en el meo­llo de su neu­ro­sis habi­ta ese deseo fuer­tí­si­mo que exce­de la razón, que lo obli­ga a tener que inven­tar arti­lu­gios que están más allá de la reali­dad, que doble­gan el len­gua­je si es nece­sa­rio. Si un escri­tor de lite­ra­tu­ra se dedi­ca­ra sola­men­te a des­cri­bir la reali­dad sería más bien un cro­nis­ta; lo que no qui­ta que no exis­tan cro­nis­tas con un fuer­te empu­je a la lite­ra­tu­ra, a lo eró­ti­co, les reco­mien­do sino el dis­cur­so de recep­ción de la Aca­de­mia Argen­ti­na de Letras de Jor­ge Fer­nán­dez Díaz “el arti­cu­lis­mo, géne­ro cru­cial del pen­sa­mien­to y la lite­ra­tu­ra”. Don­de desa­rro­lla esta tesis. Pero rápi­da­men­te hablan­do lo que carac­te­ri­za a un escri­tor es su capa­ci­dad de escri­bir, mien­tras que en cuan­to a la de un lite­ra­to se tata de su capa­ci­dad de inven­tar his­to­rias, sim­ples o intrin­ca­das, pero fun­da­men­tal­men­te, capa­ci­dad de modi­fi­car la reali­dad al ser­vi­cio de una idea, de un sen­tir, de una sen­sa­ción, de una con­je­tu­ra, de un recuer­do, etc. Esto le per­mi­te esca­par­se de su pro­pio mun­do duran­te un lap­so de tiem­po sufi­cien­te para que sur­ja otra nue­va pul­sa­ción que lo lle­ve aún más lejos.
Y si bien la “fina­li­za­ción” de un tra­ba­jo, como podría ser una publi­ca­ción, un libro, etc. le daría al escri­tor, con­ven­cio­nal­men­te, cier­to “equi­li­brio” en tan­to satis­fac­ción con­se­gui­da por la con­cre­ción, éste no podría ser nun­ca, más que algo ilu­so­rio, ya que para el aquí y aho­ra de un escri­tor lo publi­ca­do ya es vie­jo, y siem­pre será vie­jo a la luz de eso nue­vo que se está ges­tan­do en su espí­ri­tu.
El escri­tor enton­ces es alguien que nece­si­ta pro­yec­tar algo que está más allá del cir­cui­to de la comu­ni­ca­ción y que por lo tan­to exce­de a la figu­ra del emi­sor y el recep­tor, inclu­si­ve el men­sa­je que allí se trans­mi­te por el canal del tex­to, adquie­re múl­ti­ples sen­ti­dos. El escri­tor sabe o lo intu­ye, que ese impul­so pro­vie­ne de otra fuen­te muy dis­tin­ta a la de la lógi­ca con­ven­cio­nal de hacer­se enten­der por el códi­go, ese impul­so de expre­sión diré que pro­vie­ne del cuer­po, de ese cuer­po de la expe­rien­cia que es indo­me­ña­ble. Para Barthés no podría ser nun­ca la comu­ni­ca­ción con el lec­tor lo que carac­te­ri­ce al tex­to del pla­cer, ya que éste va más allá del buen enten­di­mien­to; se bus­ca con­tra­ria­men­te, per­ver­tir todo sen­ti­do común y tomar al lec­tor por sor­pre­sa, hacer­lo sal­tar de su pla­ci­do sillón con un súbi­to efec­to de per­ple­ji­dad; hacer­lo salir de su fascinación/alienación con su pro­pia inter­pre­ta­ción.

Enton­ces un escri­tor subli­me no es alguien que bus­que como se dice, comu­ni­car­se con su públi­co lec­tor, éste muchas veces es con­se­cuen­cia secun­da­ria de su talen­to, de su ero­tis­mo. Los que cono­cie­ron y hablan de Mace­do­nio Fer­nán­dez (uno de los refe­ren­tes cla­ves de Bor­ges) cuen­tan que era alguien des­ti­na­do a las letras pero que no desea­ba en abso­lu­to publi­car. La lite­ra­tu­ra y el afán por la publi­ca­ción son cosa muy nue­va; éste nove­do­so fenó­meno moderno pro­mue­ve una nue­va figu­ra en el mun­di­llo lite­ra­rio, el escri­tor comer­cial. Enton­ces el escri­tor comer­cial a dife­ren­cia del escri­tor de goce es aquel que bus­ca una comu­ni­ca­ción plá­ci­da con sus lec­to­res, una suer­te de com­pli­ci­dad auto­eró­ti­ca.
En cuan­to a la lite­ra­tu­ra como recur­so artís­ti­co y como for­ma de lidiar con la neu­ro­sis ordi­na­ria le brin­da al escri­ba la impu­ni­dad nece­sa­ria para su fecho­ría; exce­so del len­gua­je del que no goza el cien­tí­fi­co por ejem­plo, quien como sabe­mos tie­ne cier­tas reglas y pará­me­tros que no pue­de per­ver­tir. La lite­ra­tu­ra de goce en cam­bio es una per­ver­sión del dis­cur­so, una sub­ver­sión del orden esta­ble­ci­do por la len­gua, y por esa fuer­za de la neu­ro­sis ordi­na­ria ya des­cri­ta, el tex­to de goce es una crí­ti­ca a la moral con­ven­cio­nal, una pro­vo­ca­ción esté­ti­ca, etc. El escri­ba subli­me cuan­do lo con­si­gue ele­va su obje­to a otro nivel, a un nivel supe­rior, más allá de cual­quier neu­ro­sis ordi­na­ria, inclu­si­ve más allá de cual­quier crí­ti­ca cen­so­ra; lo subli­me es inimpu­table.

Como verán aquí radi­ca un pun­to de encuen­tro y des­en­cuen­tro entre el neu­ró­ti­co ordi­na­rio y el escri­tor subli­me y es la rela­ción de ambos con lo eró­ti­co, lo esté­ti­co y lo moral. Freud nota­ba que sus neu­ró­ti­cos se aver­gon­za­ban de sus pro­pias fan­ta­sías y que por eso esta­ban repri­mi­das, decía que eran con­si­de­ra­das dema­sia­do retor­ci­das para la neu­ro­sis de la épo­ca, que era la neu­ro­sis vic­to­ria­na, el puri­ta­nis­mo bri­tá­ni­co; que exal­ta­ba la vir­tud del pudor y el tra­ba­jo por sobre el inte­rés de lo eró­ti­co y lo artís­ti­co, y en suma por esa mis­ma razón ocul­ta­ban sus más ínti­mas fan­ta­sías, etc. La dife­ren­cia entre el escri­tor subli­me y el neu­ró­ti­co ordi­na­rio radi­ca en que uno se aver­güen­za de sus fan­tas­mas y los repri­me, vive su goce en secre­to y con un sin­fín de reque­ri­mien­tos por el pudor social que esto con­lle­va­ría, mien­tras que el escri­tor con­tra­ria­men­te goza a los gri­tos lo que el neu­ró­ti­co silen­cia; la dife­ren­cia radi­ca en que el sín­to­ma de uno es ordi­na­rio mien­tras que el sín­to­ma del otro está tan refi­na­do y tra­ba­ja­do que se vuel­ve un obje­to de arte, un obje­to bello. La suti­li­za del escri­tor aquí es cla­ve por­que es lo que le per­mi­te sor­tear la cen­su­ra y pro­du­cir el encuen­tro con el deseo en lo prohi­bi­do. El escri­tor subli­me no teme expo­ner su goce al públi­co, con­fía digá­mos­lo así, en su téc­ni­ca de camu­fla­je, téc­ni­ca que le per­mi­te el len­gua­je, para dis­fra­zar su neu­ro­sis.
Un escri­ba de goce es aquel que sabe cómo hacer para no caer en un mero y banal exhi­bi­cio­nis­mo por­no­grá­fi­co. No se alcan­za con sólo escri­bir por­no­gra­fía para ser un tex­to eró­ti­co. En los tiem­pos don­de abun­da la por­no­gra­fía eso ya es corrien­te.

En tiem­pos pre­vios a la dic­ta­du­ra mili­tar Argen­ti­na el escri­tor Ger­mán Gar­cía escri­bía una nove­la lla­ma­da “Nani­na” que supo pro­du­cir algu­nas que otras con­tro­ver­sias en el mun­di­llo lite­ra­rio de Bue­nos Aires, por su fuer­te impron­ta sexual, más explí­ci­ta de lo habi­tual, que cayó en manos de la cen­su­ra mili­tar y fue prohi­bi­da su lec­tu­ra y su repro­duc­ción y fue así que final­men­te Nani­na se con­vir­tió con el regre­so de la demo­cra­cia en un tex­to de goce. Es decir que un tex­to de goce no es una mera qui­me­ra indi­vi­dual pro­duc­to de una ima­gi­na­ción ais­la­da y bri­llan­te, sino que tam­bién entran en jue­go, las cir­cuns­tan­cias, la his­to­ria, la polí­ti­ca, etc. El tex­to del placer/goce no esca­pa a los esce­na­rios de la cul­tu­ra y los movi­mien­tos de su épo­ca, (neu­ro­sis de épo­ca) de los cua­les se nutre trans­gre­dién­do­los.
El psi­co­aná­li­sis mues­tra enton­ces que en toda neu­ro­sis se reve­la la estruc­tu­ra de una nove­la. El neu­ró­ti­co en trans­fe­ren­cia des­plie­ga su nove­la en el diván. El psi­co­aná­li­sis acom­pa­ña al neu­ró­ti­co, diga­mos, bajo un con­ve­nio mutuo, en un nudo de pro­duc­ción iné­di­to, don­de el pacien­te es quien paga por su pro­pio tra­ba­jo y el ana­lis­ta es quien cobra por ver­lo tra­ba­jar; pero que más allá del chis­te, que tie­ne algo de ver­da­de­ro, el aná­li­sis invi­ta al suje­to a re-escri­bir su pro­pio sín­to­ma nove­la­do, ya que el sín­to­ma psí­qui­co es el pro­duc­to de la neu­ro­sis. El aná­li­sis ayu­da a for­ma­li­zar eso que está frag­men­ta­do y a encon­trar al suje­to extra­via­do, escon­di­do en su pro­pia nebu­lo­sa.
El diván, pue­de ser­vir­nos de tram­po­lín para re-escri­bir o empe­zar a tra­zar las coor­de­na­das de nues­tra sin­gu­lar Byo­gra­fía; es una pro­pues­ta dis­tin­ta a la que ofre­ce la reli­gión que nos da el per­dón y el cas­ti­go, la medi­ci­na que exclu­ye la sin­gu­la­ri­dad por el núme­ro o las ideo­lo­gías que pro­me­ten idea­les y escon­den la lucha por el puro pres­ti­gio. Pero quien tie­ne la suer­te y las dotes para la subli­ma­ción no nece­si­ta­rá for­zo­sa­men­te pasar por un diván, se las arre­gla­rá o no por su cuen­ta.

Un buen ejem­plo de la vin­cu­la­ción de un aná­li­sis con la escri­tu­ra es el libro de Cie­lo Lati­ni “Abzur­dah”; el tes­ti­mo­nio nove­la­do de una ano­re­xia ner­vio­sa. Como men­cio­na en el libro Cie­lo, pre­vio a su publi­ca­ción hizo muchas tera­pias has­ta lle­gar a un psi­co­ana­lis­ta, que le sir­vió para enten­der algu­nas cosas que eran con­si­de­ra­bles; pudo final­men­te “reen­con­trar­se” con esa pul­sión crea­ti­va laten­te que la carac­te­ri­za­ba; su cura­ción fina­li­zó cuan­do logró aso­ciar y sis­te­ma­ti­zar su his­to­ria de vida (tor­men­ta) con su pul­sión escri­to­ra. Has­ta antes de este aus­pi­cio­so encuen­tro, su pul­sión crea­ti­va esta­ba al ser­vi­cio de esta­ble­cer cómo des­truir su mun­do, toda una inge­nie­ría fabu­lo­sa semio­ló­gi­ca­men­te al ser­vi­cio de la auto-puni­ción.
En defi­ni­ti­va la lite­ra­tu­ra como recur­so vía len­gua­je, pue­de ser el empal­me de una cone­xión con aque­lla nece­si­dad eró­ti­ca fun­da­men­tal del suje­to. La lite­ra­tu­ra per­mi­te la expe­rien­cia de la fal­ta y del reen­cuen­tro, ésta que es la con­di­ción eró­ti­ca más fuer­te del deseo. El jue­go lite­ra­rio crea la sen­sa­ción de un vacío pro­duc­ti­vo que pro­yec­ta la ilu­sión de ese res­to fun­cio­nal que es, aque­llo que que­da por decir, lo que no se ha dicho aún, lo impo­si­ble de tra­du­cir­lo todo en pala­bras, etc. sólo ese espe­jis­mo que se estruc­tu­ra como fal­ta moti­va la escri­tu­ra a seguir escri­bién­do­se.