Algunos aspectos poco conocidos en la vida de Federico García Lorca, por Antonio Las Heras

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Artícu­lo escri­to por el pro­fe­sor Anto­nio Las Heras

Fede­ri­co Gar­cía Lor­ca, de quien el pasa­do 5 de junio se cum­plie­ron 120 años de su naci­mien­to, estu­vo algu­nos meses en Bue­nos Aires. En Nue­va York, había escri­to un sin­gu­lar guión de cine “Via­je a la Luna” (1929) con influen­cias pro­ce­den­tes de su rela­ción con Luis Buñuel y Sal­va­dor Dalí. Es la ale­go­ría de un via­je hacia lo pro­fun­do de las emo­cio­nes huma­nas: deseos, ansie­da­des, angus­tias, esen­cias, el amor…

En el vapor Con­te Grand lle­ga a Bue­nos Aires a don­de des­em­bar­ca el 13 de octu­bre de 1933.

Regre­só a su Espa­ña natal el 27 de mar­zo de 1934. Antes de hacer­lo entre­gó a su ami­go Pablo Neru­da – quien era cón­sul chi­leno – un sobre cerra­do con el escri­to “Para seguir la fies­ta.” Debía abrir­se recién cuán­do su vapor ya hubie­ra par­ti­do. Así se hizo. Y al hacer­lo encon­tró una bue­na can­ti­dad de dine­ro para ser usa­da en lo que el rótu­lo indi­ca­ba.

Lor­ca se hos­pe­da en el Hotel Cas­te­lar, situa­do en el 1.152 de la tra­di­cio­nal Ave­ni­da de Mayo, uno de los más lujo­sos y ele­va­dos, enton­ces, de la ciu­dad. El arqui­tec­to que lo cons­tru­yó – en 1927/28 –fue Mario Palan­ti – el mis­mo del Pala­cio Baro­lo ese edi­fi­cio que ate­so­ra sím­bo­los eso­té­ri­cos que aún hoy siguen des­ve­lan­do a los inves­ti­ga­do­res – por eso no nos extra­ña cuan­do des­cu­bri­mos que el Cas­te­lar, des­de la línea muni­ci­pal has­ta su cima mide, con exac­ti­tud, 33 metros. Una cifra abso­lu­ta­men­te sim­bó­li­ca que no requie­re mayo­res comen­ta­rios.

La habi­ta­ción que el poe­ta uti­li­za­rá duran­te ese tiem­po está en el sép­ti­mo piso y lle­va el núme­ro 704. Hoy, con­ver­ti­da en museo, es habi­li­ta­da al públi­co de vez en cuan­do.

El hotel, que fue­ra inau­gu­ra­do con el nom­bre de Excel­sior cam­bia su nom­bre cuan­do los nue­vos com­pra­do­res qui­sie­ron man­te­ner vivo el pri­mer ape­lli­do de Emi­lio Cas­te­lar y Ripoll pre­si­den­te del poder eje­cu­ti­vo entre 1873 y 1874 de la pri­me­ra repú­bli­ca espa­ño­la.

En el sub­sue­lo fun­cio­na­ba la que fue­ra famo­sa radio Sten­tor don­de Lor­ca actuó en varias oca­sio­nes reci­tan­do sus poe­mas.

Se ha dicho que Lor­ca y Car­los Gar­del tuvie­ron varios ani­ma­dos encuen­tros. Empe­ro, nues­tro buen ami­go Ben Molar – ya falle­ci­do – en alguno de los diá­lo­gos que man­tu­vi­mos en el bar de la Socie­dad Argen­ti­na de Escri­to­res (SADE) afir­mó que sólo hubo un encuen­tro. Ocu­rrió en la casa del Zor­zal Crio­llo en una noche don­de el gra­na­dino exta­sió a todos los pre­sen­tes tocan­do el piano. Tam­bién tuvo algún tra­to con Jor­ge Luis Bor­ges; pero esca­so, ya que éste no gus­ta­ba de su poe­sía.

Vic­to­ria Ocam­po tam­po­co fue aje­na al tra­to con Lor­ca. Se habían cono­ci­do en Madrid. En la resi­den­cia de la escri­to­ra, en San Isi­dro (pro­vin­cia de Bue­nos Aires), Lor­ca se sin­tió a sus anchas: leyó poe­mas, trans­cu­rrió tar­des qui­zás melan­có­li­cas, tocó el piano, con­ver­só con los invi­ta­dos de Vic­to­ria sobre lite­ra­tu­ra y más sobre polí­ti­ca tan­to como el pre­sen­te y futu­ro de la recién ins­tau­ra­da repú­bli­ca en Espa­ña.

Tras el ase­si­na­to de Fede­ri­co, el 18 de agos­to de 1936, en la revis­ta Sur que Ocam­po diri­gía publi­ca una car­ta en la que trans­mi­te el dolor per­so­nal que le ha pro­vo­ca­do el ase­si­na­to del autor para con­cluir: “Tres­cien­tas rosas more­nas… no han logra­do aho­gar tu son­ri­sa de niño. ¿Me oyes, Fede­ri­co Gar­cía Lor­ca?”

Poco antes de empren­der el regre­so estre­nó en el tea­tro Ave­ni­da – situa­do a una cua­dra del Cas­te­lar – la obra “Reta­bli­llo de don Cris­tó­bal.” Se hizo una fun­ción espe­cial, sólo para sus ami­gos, que comen­zó… cuan­do el reloj daba las dos de la maña­na.

Afec­to a las ter­tu­lias pro­lon­ga­das don­de la con­ver­sa­ción útil, enri­que­ce­do­ra, valio­sa pre­va­le­cía, Lor­ca se hizo habi­tué del Café Tor­to­ni (fun­da­do en 1858 que aún man­tie­ne sus puer­tas abier­tas, situa­do al 800 de Ave­ni­da de Mayo) don­de es con­ser­va­da una pági­na en la que, ade­más de un gra­ba­do, escri­bió una fra­se que encie­rra – a nues­tro jui­cio – su más vital filo­so­fía de vida. Dice: “Sólo el mis­te­rio nos hace vivir, solo el mis­te­rio.” Es el mis­mo hom­bre que se mues­tra lúci­do cono­ce­dor del alma huma­na cuan­do mani­fies­ta: “La ago­nía físi­ca, bio­ló­gi­ca, natu­ral de un cuer­po, por ham­bre, sed o frío dura muy poco, pero la ago­nía del alma insa­tis­fe­cha dura toda la vida.”

Tras su fusi­la­mien­to, el cuer­po del poe­ta nun­ca fue encon­tra­do.