Los tres héroes

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Pinturas de Simón Bolívar, José de San Martín, y Miguel Hidalgo (de izq. a der.) rodeados de marcos en blanco y negro sobre un fondo colorido.

Cuen­tan que un via­je­ro lle­gó un día a Cara­cas al ano­che­cer, y sin sacu­dir­se el pol­vo del camino, no pre­gun­tó dón­de se comía ni se dor­mía, sino cómo se iba adon­de esta­ba la esta­tua de Bolí­var. Y cuen­tan que el via­je­ro, solo con los árbo­les altos y olo­ro­sos de la pla­za, llo­ra­ba fren­te a la esta­tua, que pare­cía que se movía, como un padre cuan­do se le acer­ca un hijo. El via­je­ro hizo bien, por­que todos los ame­ri­ca­nos deben que­rer a Bolí­var como a un padre. A Bolí­var, y a todos los que pelea­ron como él por­que la Amé­ri­ca fue­se del hom­bre ame­ri­cano. A todos: al héroe famo­so, y al últi­mo sol­da­do, que es un héroe des­co­no­ci­do. Has­ta her­mo­sos de cuer­po se vuel­ven los hom­bres que pelean por ver libre a su patria.

Liber­tad es el dere­cho que todo hom­bre tie­ne a ser hon­ra­do, y a pen­sar y a hablar sin hipo­cre­sía. En Amé­ri­ca no se podía ser hon­ra­do, ni pen­sar, ni hablar. Un hom­bre que ocul­ta lo que pien­sa, o no se atre­ve a decir lo que pien­sa, no es un hom­bre hon­ra­do. Un hom­bre que obe­de­ce a un mal gobierno, sin tra­ba­jar para que el gobierno sea bueno, no es un hom­bre hon­ra­do. Un hom­bre que se con­for­ma con obe­de­cer a leyes injus­tas, y per­mi­te que pisen el país en que nació los hom­bres que se lo mal­tra­tan, no es un hom­bre hon­ra­do. El niño, des­de que pue­de pen­sar, debe pen­sar en todo lo que ve, debe pade­cer por todos los que no pue­den vivir con hon­ra­dez, debe tra­ba­jar por­que pue­dan ser hon­ra­dos todos los hom­bres, y debe ser un hom­bre hon­ra­do. El niño que no pien­sa en lo que suce­de a su alre­de­dor, y se con­ten­ta con vivir, sin saber si vive hon­ra­da­men­te, es como un hom­bre que vive del tra­ba­jo de un bri­bón, y está en camino de ser bri­bón. Hay hom­bres que son peo­res que las bes­tias, por­que las bes­tias nece­si­tan ser libres para vivir dicho­sas: el ele­fan­te no quie­re tener hijos cuan­do vive pre­so, la lla­ma del Perú se echa en la tie­rra y se mue­re cuan­do el indio le habla con rude­za o le pone más car­ga de la que pue­de sopor­tar. El hom­bre debe ser, por lo menos, tan deco­ro­so como el ele­fan­te y como la lla­ma. En Amé­ri­ca se vivía antes de la liber­tad como la lla­ma que tie­ne mucha car­ga enci­ma. Era nece­sa­rio qui­tar­se la car­ga o morir.

Hay hom­bres que viven con­ten­tos aun­que vivan sin deco­ro. Hay otros que pade­cen como en ago­nía cuan­do ven que los hom­bres viven sin deco­ro a su alre­de­dor. En el mun­do ha de haber cier­ta can­ti­dad de deco­ro, como ha de haber cier­ta can­ti­dad de luz. Cuan­do hay muchos hom­bres sin deco­ro, hay siem­pre otros que tie­nen en sí el deco­ro de muchos hom­bres. Esos son los que se rebe­lan con fuer­za terri­ble con­tra los que les roban a los pue­blos su liber­tad, que es robar­les a los hom­bres su deco­ro. En esos hom­bres van miles de hom­bres, va un pue­blo ente­ro, va la dig­ni­dad huma­na. Esos hom­bres son sagra­dos. Estos tres hom­bres son sagra­dos: Bolí­var, de Vene­zue­la; San Mar­tín, del Río de la Pla­ta; Hidal­go, de Méxi­co. Se les deben per­do­nar sus erro­res, por­que el bien que hicie­ron fue más que sus fal­tas. Los hom­bres no pue­den ser más per­fec­tos que el sol. El sol que­ma con la mis­ma luz con que calien­ta. El sol tie­ne man­chas. Los des­agra­de­ci­dos no hablan más que de las man­chas. Los agra­de­ci­dos hablan de la luz.

Bolí­var era peque­ño de cuer­po. Los ojos le relam­pa­guea­ban, y las pala­bras se le salían de los labios. Pare­cía como si estu­vie­ra espe­ran­do siem­pre la hora de mon­tar a caba­llo. Era su país, su país opri­mi­do, que le pesa­ba en el cora­zón, y, no le deja­ba vivir en paz. La Amé­ri­ca ente­ra esta­ba como des­per­tan­do. Un hom­bre solo no vale nun­ca más que un pue­blo ente­ro; pero hay hom­bres que no se can­san cuan­do su pue­blo se can­sa, y que se deci­den a la gue­rra antes que los pue­blos, por­que no tie­nen que con­sul­tar a nadie más que a sí mis­mos, y los pue­blos tie­nen muchos hom­bres, y no pue­den con­sul­tar­se tan pron­to. Ese fue el méri­to de Bolí­var, que no se can­só de pelear por la liber­tad de Vene­zue­la cuan­do pare­cía que Vene­zue­la se can­sa­ba. Lo habían derro­ta­do los espa­ño­les, lo habían echa­do del país. Él se fue a una isla, a ver a su tie­rra de cer­ca, a pen­sar en su tie­rra.

Un negro gene­ro­so lo ayu­dó cuan­do ya no lo que­ría ayu­dar nadie. Vol­vió un día a pelear, con tres­cien­tos héroes, con los tres­cien­tos liber­ta­do­res. Libe­ró a Vene­zue­la. Libe­ró a la Nue­va Gra­na­da. Libe­ró al Ecua­dor. Libe­ró al Perú. Fun­dó una nación nue­va, la nación de Boli­via. Ganó bata­llas subli­mes con sol­da­dos des­cal­zos y medio des­nu­dos. Todo se estre­me­cía y se lle­na­ba de luz a su alre­de­dor. Los gene­ra­les pelea­ban a su lado con valor sobre­na­tu­ral. Era un ejér­ci­to de jóve­nes. Jamás se peleó tan­to, ni se peleó mejor, en el mun­do por la liber­tad. Bolí­var no defen­dió con tan­to fue­go el dere­cho de los hom­bres a gober­nar­se por sí mis­mos como el dere­cho de Amé­ri­ca a ser libre. Los envi­dio­sos exa­ge­ra­ron sus defec­tos. Bolí­var murió de pesar del cora­zón, más que de mal del cuer­po, en la casa de un espa­ñol en San­ta Mar­ta. Murió pobre, y dejó una fami­lia de pue­blos.

Méxi­co tenía muje­res y hom­bres vale­ro­sos que no eran muchos, pero valían por muchos: media doce­na de hom­bres y una mujer pre­pa­ra­ban el modo de hacer libre a su país. Eran unos cuan­tos jóve­nes valien­tes, el espo­so de una mujer libe­ral, y un cura de pue­blo que que­ría mucho a los indios, un cura de sesen­ta años. Des­de niño fue el cura Hidal­go de la raza bue­na, de los que quie­ren saber. Los que no quie­ren saber son de la raza mala. Hidal­go sabía fran­cés, que enton­ces era cosa de méri­to, por­que lo sabían pocos. Leyó los libros de los filó­so­fos del siglo die­cio­cho, que expli­ca­ron el dere­cho del hom­bre a ser hon­ra­do, y a pen­sar y a hablar sin hipo­cre­sía. Vio a los negros escla­vos y se lle­nó de horror. Vio mal­tra­tar a los indios, que son tan man­sos y gene­ro­sos, y se sen­tó entre ellos como un her­mano vie­jo, a ense­ñar­les las artes finas que el indio apren­de bien: la músi­ca, que con­sue­la; la cría del gusano, que da la seda; la cría de la abe­ja, que da miel. Tenía fue­go en sí, y le gus­ta­ba fabri­car: creó hor­nos para cocer los ladri­llos.

Le veían lucir mucho de cuan­do en cuan­do los ojos ver­des. Todos decían que habla­ba muy bien, que sabía mucho nue­vo, que daba muchas limos­nas el señor cura del pue­blo de Dolo­res. Decían que iba a la ciu­dad de Que­ré­ta­ro una que otra vez, a hablar con unos cuan­tos valien­tes y con el mari­do de una bue­na seño­ra. Un trai­dor le dijo a un coman­dan­te espa­ñol que los ami­gos de Que­ré­ta­ro tra­ta­ban de hacer a Méxi­co libre. El cura mon­tó a caba­llo, con todo su pue­blo, que lo que­ría como a su cora­zón; se le fue­ron jun­tan­do los capo­ra­les y los sir­vien­tes de las hacien­das, que eran la caba­lle­ría; los indios iban a pie, con palos y fle­chas, o con hon­das y lan­zas. Se le unió un regi­mien­to y tomó un con­voy de pól­vo­ra que iba para los espa­ño­les. Entró triun­fan­te en Cela­ya, con músi­cas y vivas. Al otro día jun­tó el Ayun­ta­mien­to, lo hicie­ron gene­ral, y empe­zó un pue­blo a nacer. Él fabri­có lan­zas y gra­na­das de mano. Él dijo dis­cur­sos que dan calor y echan chis­pas, como decía un capo­ral de las hacien­das. Él decla­ró libres a los negros. Él les devol­vió sus tie­rras a los indios. Él publi­có un perió­di­co que lla­mó El Des­per­ta­dor Ame­ri­cano.

Ganó y per­dió bata­llas. Un día se le jun­ta­ban sie­te mil indios con fle­chas, y al otro día lo deja­ban solo. La mala gen­te que­ría ir con él para robar en los pue­blos y para ven­gar­se de los espa­ño­les. Él les avi­sa­ba a los jefes espa­ño­les que si los ven­cía en la bata­lla que iba a dar­les los reci­bi­ría en su casa como ami­gos. ¡Eso es ser gran­de! Se atre­vió a ser mag­ná­ni­mo, sin mie­do a que lo aban­do­na­se la sol­da­des­ca, que que­ría que fue­se cruel. Su com­pa­ñe­ro Allen­de tuvo celos de él, y él le cedió el man­do a Allen­de. Iban jun­tos bus­can­do ampa­ro en su derro­ta cuan­do los espa­ño­les les caye­ron enci­ma. A Hidal­go le qui­ta­ron uno a uno, como para ofen­der­lo, los ves­ti­dos de sacer­do­te. Lo saca­ron detrás de una tapia, y le dis­pa­ra­ron los tiros de muer­te a la cabe­za. Cayó vivo, revuel­to en la san­gre, y en el sue­lo lo aca­ba­ron de matar. Le cor­ta­ron la cabe­za y la col­ga­ron en una jau­la, en la Alhón­di­ga mis­ma de Gra­na­di­tas, don­de tuvo su gobierno. Ente­rra­ron los cadá­ve­res des­ca­be­za­dos. Pero Méxi­co es libre.

San Mar­tín fue el liber­ta­dor del Sur, el padre de la Repú­bli­ca Argen­ti­na, el padre de Chi­le. Sus padres eran espa­ño­les, y a él lo man­da­ron a Espa­ña para que fue­se mili­tar del rey. Cuan­do Napo­león entró en Espa­ña con su ejér­ci­to, para qui­tar­les a los espa­ño­les la liber­tad, los espa­ño­les todos pelea­ron con­tra Napo­león: pelea­ron los vie­jos, las muje­res, los niños; un niño valien­te, un cata­lan­ci­to, hizo huir una noche a una com­pa­ñía, dis­pa­rán­do­le tiros y más tiros des­de un rin­cón del mon­te. Al niño lo encon­tra­ron muer­to, muer­to de ham­bre y de frío; pero tenía en la cara como una luz, y son­reía, como si estu­vie­se con­ten­to. San Mar­tín peleó muy bien en la bata­lla de Bai­lén, y lo hicie­ron tenien­te coro­nel. Habla­ba poco, pare­cía de ace­ro, mira­ba como un águi­la. Nadie lo des­obe­de­cía: su caba­llo iba y venía por el cam­po de pelea, como el rayo por el aire. En cuan­to supo que Amé­ri­ca pelea­ba para hacer­se libre, vino a Amé­ri­ca. ¿Qué le impor­ta­ba per­der su carre­ra, si iba a cum­plir con su deber?

Lle­gó a Bue­nos Aires, no dijo dis­cur­sos, levan­tó un escua­drón de caba­lle­ría. En San Loren­zo fue su pri­me­ra bata­lla: sable en mano se fue San Mar­tín detrás de los espa­ño­les, que venían muy segu­ros tocan­do el tam­bor, y se que­da­ron sin tam­bor, sin caño­nes, y sin ban­de­ra. En los otros pue­blos de Amé­ri­ca los espa­ño­les iban ven­cien­do: a Bolí­var lo había echa­do Mori­llo, el cruel de Vene­zue­la; Hidal­go esta­ba muer­to; O’Hig­ginds salió huyen­do de Chi­le; pero don­de esta­ba San Mar­tín siguió sien­do libre la Amé­ri­ca. Hay hom­bres así, que no pue­den ver escla­vi­tud. San Mar­tín no podía; y se fue a liber­tar a Chi­le y al Perú. En die­cio­cho días cru­zó con su ejér­ci­to los Andes altí­si­mos y fríos. Iban los hom­bres como por el cie­lo, ham­brien­tos, sedien­tos. Aba­jo, muy aba­jo, los árbo­les pare­cían yer­ba, los torren­tes rugían como leo­nes.

San Mar­tín se encuen­tra al ejér­ci­to espa­ñol y lo des­ha­ce en la bata­lla de Mai­pú, lo derro­ta para siem­pre en la bata­lla de Cha­ca­bu­co. Libe­ra a Chi­le. Se embar­ca con su tro­pa, y va a libe­rar al Perú. Pero en el Perú esta­ba Bolí­var, y San Mar­tín le cede la glo­ria. Se fue a Euro­pa tris­te, y murió en bra­zos de su hija Mer­ce­des. Escri­bió su tes­ta­men­to en una cuar­ti­lla de papel, como si fue­ra el par­te de una bata­lla. Le habían rega­la­do el estan­dar­te que el con­quis­ta­dor Piza­rro tra­jo hace cua­tro siglos, y él le rega­ló el estan­dar­te en el tes­ta­men­to al Perú. Un escul­tor es admi­ra­ble, por­que saca una figu­ra de la pie­dra bru­ta, pero esos hom­bres que hacen pue­blos son como más que hom­bres. Qui­sie­ron algu­nas veces lo que no debían que­rer; pero ¿qué no le per­do­na­rá un hijo a su padre? El cora­zón se lle­na de ter­nu­ra al pen­sar en esos gigan­tes­cos fun­da­do­res. Esos son héroes; los que pelean para hacer a los pue­blos libres, o los que pade­cen en pobre­za y des­gra­cia por defen­der una gran ver­dad. Los que pelean por la ambi­ción, por hacer escla­vos a otros pue­blos, por tener más man­do, por qui­tar­le a otro pue­blo sus tie­rras, no son héroes, sino cri­mi­na­les.