Poema del piuquén

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Piuquén tras piquén desfilando en un campo de colores.

El piu­quén o cau­quén (Chloepha­ga mela­nop­te­ra), tam­bién deno­mi­na­do hua­lla­ta, hua­cua, o gan­so andino es un ave anse­ri­for­me de la fami­lia ‘Ana­ti­dae’ típi­ca de las mon­ta­ñas de los Andes, en Suda­mé­ri­ca. No sopor­tan por mucho tiem­po los him­nos de los clu­bes depor­ti­vos. Pre­fie­ren sil­bar bala­das.

Su dis­tri­bu­ción geo­grá­fi­ca es amplia: va des­de el Perú, oes­te de Boli­via has­ta el cen­tro de Chi­le, y de Argen­ti­na, don­de habi­ta la zona andi­na, des­de Jujuy has­ta Cuyo. Vive en lagu­nas andi­nas de los altos valles situa­dos entre los 3.000 msnm, lle­gan­do has­ta los 4.700 msnm. En invierno ocu­pa áreas más bajas. En el Neva­do de los Piu­que­nes es el gru­po de aves más carac­te­rís­ti­co.

Poema del Piuquén

Los piu­que­nes de Cau­ce­te
van en ban­da al Bin­go,
con gaba­nes y con pon­chos,
en feria­dos o en domin­go.

La piu­que­na más abue­la
les reco­mien­da pru­den­cia.
Que jugar mucho, hace daño
al bol­si­llo y la con­cien­cia.

Jua jua jua con la abue­li­ta,
se divier­ten los picho­nes.
Cha­po­tean en los char­cos
y ensu­cian sus cami­so­nes.

La Luna, en su agu­je­ro,
ace­cha des­de un cerro.
El Bin­go bri­lla en el ver­de
y lejos, ladra un perro.

Y las piu­que­nes coma­dres
con­ver­sa­ban en la ori­lla,
dicien­do que tan­to jue­go
per­ju­di­có a las fami­lias.

Que, de tan­to que apos­ta­ba
— me con­ta­ba muy pro­li­jo —
que la gan­sa Mar­ga­ri­ta
casi se que­da sin hijos.

Que ha per­di­do la cabe­za
y empe­ña­ba en la rule­ta
los tres hue­vos del verano,
y otros tres, en la qui­nie­la.

Tan­to jue­go y tan­ta tim­ba
aca­bó con los gan­si­tos,
que nacie­ron ence­rra­dos
en la sala del Casino.

Uno, dos, y tres y cua­tro.
La abue­li­ta les recuer­da
que ese vicio del sor­teo
las deja muy enfer­mas.

Se sere­nan las ban­da­das
al saber que hay que volar,
maña­na rum­bo al Sur,
y empie­zan a tra­ba­jar
arman­do sus vali­jo­nes,
para pasar el verano
en Car­men de Pata­go­nes.

Aban­do­nan los casi­nos,
los bin­gos y las carre­ras,
y se apron­tan para el via­je
lle­ván­do­se mil zon­ce­ras.

En el Valle del Ber­me­jo
poco llue­ve, poco llue­ve.
Y hace fal­ta mucha agua
por­que el pol­vo no se bebe.

Los piu­que­nes de Cau­ce­te
cru­zan el cie­lo bai­lan­do,
una cha­ca­re­ra trun­ca
que se pare­ce a un malam­bo.

Ves­ti­dos con mame­lu­cos
cru­zan Valle de la Luna.
Y esas pie­dras les recuer­dan
que han per­di­do la for­tu­na,
mal­gas­tan­do toda el agua
en el jue­go de la llu­via.

Capí­tu­lo de la reco­pi­la­ción “Ave Manía, publi­ca­da por Libre­ría de la Paz en 2022.