No era la Jackson

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Escena de

Se lla­ma­ba Delia Gri­sel­da, un nom­bre casi líqui­do, pero había ele­gi­do que la lla­ma­ran Glen­da, con­ser­van­do al menos una de las eles. Era muy difí­cil que hubie­ra vis­to algu­na pelí­cu­la de Glen­da Jack­son. Su foto­gra­fía en una revis­ta, tal vez. O qui­zá fue­ra Glen­da el nom­bre de la pro­ta­go­nis­ta de una de las radio-nove­las que escu­cha­ba casi febril­men­te.

Tam­po­co era fácil encon­trar la rara expe­rien­cia geo­grá­fi­ca que hacía que divi­die­ra el mun­do en “más acá o más allá de Bue­nos Aires,” pero para ella era así. “Hay cosas que no le entran en la cabe­za,” solía decir su madre para jus­ti­fi­car que no hubie­ra podi­do ter­mi­nar la pri­ma­ria.

Des­de su naci­mien­to había vivi­do en la mis­ma casa de la Villa Gra­na­de­ros Corren­ti­nos, en las afue­ras de la ciu­dad, hacia el sur. Todo se man­te­nía igual, sal­vo dos pie­zas cons­trui­das al fon­do, siguien­do el for­ma­to de vagón de tren, y algu­nos arre­glos en el baño y la coci­na. El taller de cos­tu­ra — com­pos­tu­ras, en reali­dad — seguía ocu­pan­do un lugar en la gale­ría, en ese sitio con un cerra­mien­to pre­ca­rio. Para la clien­te­la del barrio esta­ba bien así. La modis­ta era aho­ra Glen­da, ya no su madre, que esta­ba casi cie­ga por la dia­be­tes. Y des­de hacía poco se había que­da­do del todo sola, ya que su her­ma­na deci­dió lle­var a su madre con ella a Goya, por­que vivía en el cen­tro y cer­ca de un hos­pi­tal.

“¿Goya que­da más acá o más allá de Bue­nos Aires?” Esa fue la úni­ca inquie­tud que plan­teó ante la deci­sión de su her­ma­na.

“Más acá,” fue la res­pues­ta. Y Glen­da se que­dó tran­qui­la. Lo que que­da­ba “más allá” le pare­cía remo­to y ame­na­za­dor.

Se acer­ca­ba a los trein­ta y no tenía mari­do, pero a veces sen­tía que sería lin­do vivir con un hom­bre al lado. Sabía que no era fácil rete­ner a un mari­do en ese barrio. Y en otros tam­po­co. Pero ella se ani­ma­ba, soña­ba con eso. Era casi atrac­ti­va, de bue­nas for­mas e ins­tin­ti­va­men­te con­se­guía actuar como si fue­ra her­mo­sa.

“¿Y si que­dás emba­ra­za­da y el tipo te deja?” solía decir­le Cata­li­na, una de sus pocas ami­gas, a modo de adver­ten­cia. Cata­li­na tenía menos espe­ran­zas que Glen­da, pues se con­si­de­ra­ba fea y con unos años de más.

“Y me las arre­gla­ré . . . no voy a ser la pri­me­ra ni la últi­ma. Mien­tras aguan­te seguir peda­lean­do, pue­do man­te­ner­me con la cos­tu­ra,” con­tes­ta­ba Gri­sel­da, o Glen­da, según fue­ra la cir­cuns­tan­cia.

“Lo pri­me­ro que tenés que hacer si que­rés con­se­guir mari­do es arre­glar­te la den­ta­du­ra,” acon­se­ja­ba Cata­li­na. “Hace rato que te fal­ta un dien­te de aba­jo, y se te nota.”

Des­pués de inter­mi­na­bles visi­tas que hizo Glen­da al con­sul­to­rio de la sala de asis­ten­cia muni­ci­pal del barrio, aún des­pués de haber repues­to al fin el dien­te infe­rior fal­tan­te, y des­pués de muchas sali­das noc­tur­nas inex­pli­ca­bles, empe­zó a notar­se de a poco el vien­tre abul­ta­do. Ella ya lo sabía antes. Una mujer tie­ne cómo ente­rar­se de un emba­ra­zo, pero aho­ra se nota­ba.

La noche en la que ya no tuvo dudas, recos­ta­da en su cama, le pare­ció que la luna se des­li­za­ba cari­ño­sa por el techo de cha­pas de zinc y se empe­ña­ba en rega­lar­le un poco de luz, aun­que en ese momen­to esa luz a ella le pare­cie­ra inopor­tu­na, curio­sa. Reco­rrió con la mira­da la quie­tud del cuar­to e ima­gi­nó que den­tro de unos meses habría alguien a su lado, chi­qui­to, pero alguien al fin. Se pasó inquie­ta la mano por el vien­tre, como si hicie­ra el recuen­to de las veces que se acos­tó con Ser­gio, en otra cama. “Tuvo que haber sido ese domin­go que él no se cui­dó y yo dije que no impor­ta­ba,” se dijo, casi con segu­ri­dad.

Como si el secre­to fue­se tam­bién una fal­ta, deci­dió que al día siguien­te se lo con­ta­ría a Cata­li­na. A su madre y a su her­ma­na toda­vía no, entre otras cosas por­que, aun­que le hubie­ran dicho que Goya que­da­ba más acá de Bue­nos Aires, no le pare­cía fácil comu­ni­car­se con ellas. Algu­na nube habría lle­ga­do mon­ta­da en la bri­sa de mayo y de pron­to su cuar­to de halló oscu­ro. Tan solo la peque­ña esta­tua de la Vir­gen de Ita­tí pare­ció con­ser­var un tenue y extra­ño bri­llo. “Tam­bién pue­do hacer dul­ces case­ros,” pen­só antes de dor­mir­se, dis­pues­ta a salir ade­lan­te como fue­ra.

“Tenés que ir y hablar de esto con el den­tis­ta ése, él tie­ne que hacer­se car­go,” orde­nó Cata­li­na, tra­tán­do­lo como un con­se­jo opcio­nal. “La cria­tu­ra tie­ne que criar­se bien, con un padre doc­tor.” Glen­da se deci­dió y esa mis­ma sema­na fue al cen­tro asis­ten­cial. Ya había dise­ña­do lo que le diría a Ser­gio y cómo se lo diría. Tem­blan­do tra­tó de repe­tir­lo en voz muy baja, como si reza­ra, mien­tras espe­ra­ba que la encar­ga­da de la mesa de entra­das vol­vie­ra a su lugar de tra­ba­jo. Casi empie­za a reci­tar su par­la­men­to ante la mujer cuan­do ésta le pre­gun­tó qué nece­si­ta­ba sin saber que lo que ella nece­si­ta­ba ya no esta­ba allí.

Con una voz que no deno­ta­ba el más míni­mo atis­bo de nada, la emplea­da le dijo que el doc­tor Ser­gio Quin­ta­na había renun­cia­do, que ya no iba por allí.

“¿Uste­des tie­nen ano­ta­do adón­de vive?” se ani­mó a pre­gun­tar Gri­sel­da. En ese momen­to era Gri­sel­da.

Iría a bus­car­lo, se juró.

“Debe estar ano­ta­do en su lega­jo, pero él se fue de la ciu­dad, creo que a Bue­nos Aires,” res­pon­dió la encar­ga­da.

“¿A Bue­nos Aires?”

“Sí, aho­ra vive en Bue­nos Aires,” le con­tes­tó.

A Gri­sel­da le pare­ció que estas pala­bras se estre­lla­ban sin ecos en las pare­des de la sali­ta y sin­tió mie­do de que el vien­to las hicie­ra vol­ver muchas veces, hechas lágri­mas. La inva­dió una enor­me tris­te­za, la dura y casi inso­por­ta­ble tris­te­za que pro­vo­ca el aban­dono. Pero no llo­ró. Sola­men­te mal­di­jo aquel domin­go.

La idea de que Ser­gio vivía en Bue­nos Aires le enma­ra­ña­ba la men­te y le sojuz­ga­ba el cora­zón. Ella se ani­ma­ba a lle­gar a un sitio que estu­vie­ra más acá de Bue­nos Aires. Y a lo mejor, si pen­sa­ba mucho y apre­ta­ba los dien­tes, podía ima­gi­nar­se yén­do­se más allá de Bue­nos Aires. Pero su idea del mun­do no incluía situar­se pre­ci­sa­men­te en Bue­nos Aires; para ella era algo así como una dura línea divi­so­ria, inha­bi­ta­ble. Jus­to en Bue­nos Aires . . . No lo había con­si­de­ra­do nun­ca. Tra­tar de ima­gi­nar­se algo así le cau­sa­ba un tre­men­do des­aso­sie­go que la saca­ba de toda posi­bi­li­dad de razo­nar. Jamás sabría cómo des­en­vol­ver­se en Bue­nos Aires. Ni siquie­ra sabía cómo lle­gar has­ta allí.

Si su hijo fue­ra varón se lla­ma­ría Enri­que y si fue­ra nena, sería Glen­da, una Glen­da de ver­dad, con docu­men­to. Nun­ca se ente­ra­ría ella que la Jack­son había fil­ma­do la pelí­cu­la Domin­go, Mal­di­to Domin­go.

Frag­men­to del libro “Tiem­po de Lavar,” publi­ca­do por Moglia Edi­cio­nes (Corrien­tes).