Fragmento del libro “Caídas del Paraíso” – Cada mujer tiene su compás de espera.

0
117

La hume­dad, por la espe­su­ra de la sel­va, esti­mu­ló el sudor en su cuer­po, obli­gán­do­la a diri­gir­se hacia un arro­yo cuyas aguas la ayu­da­ron a refres­car­se.
En ese exha­lar de ali­vio, los mus­gos y las plan­tas mar­ca­ban su camino. El cru­jir de las hojas espar­ci­das, la espe­su­ra del ver­de, esti­mu­la­ron su ima­gi­na­ción y le tra­je­ron recuer­dos de los cuen­tos ances­tra­les. El can­to de los pája­ros inte­rrum­pió el silen­cio.
Por esa zona de la sel­va, los luga­re­ños sue­len hablar de duen­des y hadas. Vic­to­ria de pron­to recor­dó las veces que su madre le con­tó sobre el Yasy Yate­ré, leyen­da que en la zona se usa­ba como una for­ma de esti­mu­lar el hábi­to de dor­mir la sies­ta. Inten­tó des­pe­jar ese pen­sa­mien­to, movió su cuer­po a mane­ra de tem­blor, una for­ma apren­di­da para expul­sar la sen­sa­ción de mie­do. Una vez rela­ja­da, detu­vo su aten­ción sobre el bor­de del arro­yo, para obser­var entre las ramas, unas pági­nas impre­sas. A cier­ta dis­tan­cia se divi­sa­ba el res­to del libro, con su tapa a medias, don­de solo se podía leer par­te del títu­lo: “…con lobos”.
Sen­ta­da en cucli­llas, se aco­mo­dó mejor al bor­de del arro­yo, con los dedos de los pies cla­va­dos en la tie­rra húme­da, modo de sos­te­ner­se para no caer de nari­ces al agua que corría sobre las pie­dras gas­ta­das por esas hume­de­ci­das cari­cias, sin sol­tar el mate­rial de lec­tu­ra que se des­ple­ga­ba en sus manos. De pron­to comen­zó a son­reír has­ta esta­llar en car­ca­ja­das, con la sen­sa­ción de haber encon­tra­do el cofre con el teso­ro más valio­so que siem­pre había esta­do espe­ran­do. Esas sono­ras risas se con­vir­tie­ron en aulli­dos, gri­tos del alma aca­lla­dos por déca­das.
Envuel­ta con la fuer­za de la natu­ra­le­za, sin per­ca­tar­se del tiem­po trans­cu­rri­do, se sin­tió trans­por­ta­da entre las mági­cas pala­bras escri­tas; tal vez en desuso para cual­quier casual tran­seún­te; sin embar­go para Vic­to­ria, que sen­tía su alma doli­da, esas pala­bras la empu­ja­ron a estar cons­cien­te, aler­ta con­si­go mis­ma.
Sin­tió que ese vacío cau­sa­do por la fecha de cadu­ci­dad de ser “el amor” para su espo­so, se ale­ja­ba, eva­nes­cién­do­se en el agua cris­ta­li­na del arro­yo, como si alguien aca­ba­se de sacar la cora­za que impe­día sen­tir que todo eso era par­te de un ciclo que con­cluía, con otras posi­bi­li­da­des de encon­trar el sen­ti­do de per­te­nen­cia.
El revo­lo­teo de las aves posán­do­se en los árbo­les que bor­dean el arro­yo, abrie­ron sus alas des­te­llan­do el soni­do de su nom­bre, pro­nun­cia­do por sus ami­gos en la con­vo­ca­to­ria para unir­se al almuer­zo. Vic­to­ria, con una pere­zo­sa voz res­pon­dió al lla­ma­do, como una ago­ta­da explo­ra­do­ra sumer­gi­da en el buceo del soni­do de su alma.
Al unir­se al gru­po como comen­sal, sin­tió la nece­si­dad de callar la expe­rien­cia jun­to al arro­yo, una mane­ra de per­ma­ne­cer fiel a sí mis­ma, como si pro­te­gie­ra tan mag­ní­fi­co teso­ro.

Artículo anteriorPoeta
Artículo siguienteLos ojos del abuelo Anselmo
Teura Roja (Carmen Lilia Fernández) Locutora Nacional – Terapeuta Comunitario. Realizó sus estudios en el Instituto Superior Antonio Ruiz de Montoya – ISER Diplomatura: Terapeuta Comunitaria- Proyecto Extensión Universitaria de la Facultad de CEQyN-UNAM.