Trabajos Efectuados por el Dr. Rebatta David desde 1940 a la fecha

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1. En las pri­me­ras horas di mucho tra­ba­jo des­de el naci­mien­to con el duro tra­ba­jo de par­to que sopor­to con­mi­go, mi mamá. Mi madri­na la par­te­ra, lla­ma­da Delia Mar­ti­nez que cono­cía eso y otras his­to­rias mías, me lo repe­tía y me decía terre­mo­to o terre­mo­ti­to, por­que entre otras cosas mi naci­mien­to coin­ci­dió con la catás­tro­fe en Lima. Des­de ese momen­to me cono­cían todos, con ese sim­pá­ti­co apo­do, nada rela­cio­na­da con mi sere­ni­dad.

2. En mi pri­me­ra infan­cia, la pasé en el taller de papá. Todas sus herra­mien­tas me cau­sa­ban curio­si­dad y fue­ron mis pri­me­ros jugue­tes. El cin­cel, el mar­ti­llo, pin­zas y mor­sas me diver­tían en la fun­di­ción. Hay imá­ge­nes que no olvi­da­ré, como las de ver derre­tir­se a los meta­les sobre la fra­gua y el inten­so calor, de este apa­ra­to y de los sople­tes que trans­for­ma­ban el ambien­te en un infierno inaguan­ta­ble. Aho­ra esas pie­zas son par­te de mi lám­pa­ra artís­ti­ca dise­ña­da con estos res­tos de herra­mien­tas, tena­zas y cau­ti­les (sol­da­do­res de cobre).

3. La segun­da infan­cia lue­go de los 6, 7 años, ya entra­ba en la escue­la Fis­cal. Ya no me gus­ta­ba mucho el taller, hiba por obli­ga­ción, for­za­do, tenia que esta­ñar pai­las de cobre, lle­var­las a sol­dar y rea­li­zar cobran­zas a los clien­tes. Los eno­jos y reto­bes me cau­sa­ron repu­dio y pre­fe­ría ayu­dar en un espa­cio don­de tra­ba­ja­ban comer­cial­men­te. Es asi que a los 11 años, tra­ba­jé con el des­acuer­do de mi madre en una empre­sa de trans­por­te comer­cial don­de me sen­tía mas cómo­do, pesan­do mer­ca­de­ría, emba­lán­do­las para que sean des­pa­cha­das en camio­nes al depar­ta­men­to de Ancash (Cas­ma y Huay­mei o al Puer­to de Chim­bo­te) don­de la agen­cia comer­cial Perua­na tenia sus dis­tri­bui­do­ras. Muchas veces me toco car­gar esos bul­tos al camión, hacer de ofi­ci­nis­ta, y tareas varias. Ya en esta épo­ca me gus­ta­ba el fut­bol, el esta­dio Nacio­nal esta­ba cer­ca de casa, tenia en las esqui­nas a los lus­tra­do­res de zapa­tos don­de muchos fut­bo­lis­tas se lus­tra­ban los suyos y lle­va­ban los chin­pu­nes a lus­trar y los ponían en unas bol­si­tas muy par­ti­cu­la­res y algu­nos de los chi­cos como yo, se las car­ga­ban para poder ingre­sar al esta­dio; así cono­cí a varias estre­llas que me invi­ta­ron a sacar­me fotos y entrar con ellos a la can­cha para foto­gra­fiar­me en su com­pa­ñía, como para citar algu­nas me acuer­do de Cari­cho Guz­mán, Lolo Fer­nan­dez y el gran arque­ro, Wal­ter Orme­ño el úni­co al que le otor­ga­ron el titu­lo de caba­lle­ro del fut­bol.

4. Entran­do ya en la secun­da­ria, ya con 12 años, ganan­do mis soles, que me ser­vían para ves­tir­me o com­prar­me los cham­pio­nes para jugar al fut­bol. A la sali­da del esta­dio reco­lec­tá­ba­mos vise­ras, para­so­les de car­tón que el pró­xi­mo domin­go las usá­ba­mos para reven­der y entrar al esta­dio, has­ta que apren­di­mos a hacer­las, mejo­res y con­se­gui­mos mejo­res ganan­cias. Moce­tón y pre­ten­sio­so, no me gus­ta­ban estas labo­res ni el taller de la casa, ni la expo­si­ción al públi­co con mer­ca­de­rías. Así es como mi padrino Pedro Ore, alcal­de de la Vic­to­ria mi barrio, me reco­men­dó a una edi­to­rial “La Con­fian­za” para tra­ba­jar, en don­de pasé gran par­te de mi juven­tud, pasan­do de encua­der­na­dor a impre­sor y jefe de máqui­nas, lino­ti­pos e impre­so­ras Oxen.

5. Ter­mi­na­da mi secun­da­ria mi deseo era ale­jar­me de todas estas cosas e ingre­sar a estu­dios supe­rio­res en la Uni­ver­si­dad Mayor de San Mar­co, pri­me­ra en Amé­ri­ca, pero duran­te tres años de inten­tar­lo me fue impo­si­ble por la pro­ble­má­ti­ca social, polí­ti­ca y eco­nó­mi­ca de públi­co cono­ci­mien­to. En esos infruc­tuo­sos tres años, tra­ba­je en otra grá­fi­ca “Real Impre­so­ra” sin saber que el due­ño era un emba­ja­dor, Car­los Váz­quez Ayón, el se ocu­po de ayu­dar­me en mis aspi­ra­cio­nes y me dio la ayu­da efec­ti­va y ban­ca­ria para que pudie­ra salir al exte­rior a rea­li­zar mis estu­dios ansia­dos, cosa que agra­de­ce­ré toda la vida.

6. Ya en la Argen­ti­na, joven a los 20 años, sin cono­cer a nadie me ins­cri­bí en la UNNE en Corrien­tes e ingre­se. Al pasar los meses se fue disi­pan­do la poca pla­ta que tra­je y había que optar entre tra­ba­jar y estu­diar, dile­ma que resol­ví len­ta­men­te pero que me salió bien, así pasé varios años como fotó­gra­fo, vacu­na­dor y agen­te de ven­ta comer­cial. Pos­te­rior­men­te ya con mis estu­dios de medi­ci­na, hacien­do tra­ba­jos de enfer­me­ría, con lo cual no me fue mal, pero me qui­ta­ba mucho tiem­po para con­cluir las pri­me­ras mate­rias de la carre­ra, en un ambien­te muy exi­gen­te y pro­fe­sio­nal.

7. En los últi­mos años, con otra visión y estan­do casa­do con hijos mi visión era mas rea­lis­ta y pasé a ser visi­ta­dor médi­co, como otros de mis com­pa­ñe­ros en lo que me fue muy bien, tan­to en el labo­ra­to­rio L.O.A. Labo­ra­to­rio Oftal­mo­ló­gi­co Argen­tino, como en el Labo­ra­to­rio Nor­vish Eathon, con el cual me fue exce­len­te con los fura­nos, ven­dí mucho lo que hace, que casi me olvi­de de la carre­ra.

8. Fina­li­za­da mi carre­ra, ya con la cos­tum­bre de tra­ba­jar, me toco cam­biar de la ciu­dad al cam­po, y tras­la­dar una serie de cono­ci­mien­tos a luga­res inhós­pi­tos sin luz y sin agua, al cual de a poco me fui acos­tum­bran­do y adap­tan­do, fue en los “Este­ros del Ibe­ra” en Corrien­tes, don­de hacia muchos años no había un médi­co. Pue­do con­tar que entre tan­ta flo­ra y fau­na y pai­sa­jes inima­gi­na­bles pasé a caba­llo los mejo­res momen­tos de mi vida. Pero el cre­ci­mien­to de la fami­lia, las escue­las al que tenían que ir los hijos y la actua­li­za­ción médi­ca que desea­ba, me obli­ga­ron a salir de esos espa­cios para entrar a otro pare­ci­do pero con mejo­res con­di­cio­nes y expec­ta­ti­vas en otra pro­vin­cia cer­ca­na, Misio­nes.

9. Todo fue mejor siem­pre tra­ba­jan­do sin des­can­so con muy poca vaca­cio­nes, apro­ve­chan­do minu­to a minu­to todo lo que se podía inclu­yen­do los obs­tácu­los que venían con las nue­vas tareas en el inte­rior, muy dife­ren­tes a las de las ciu­da­des. Lucha cons­tan­te y des­igual den­tro del pro­fe­sio­na­lis­mo que me obli­ga­ba siem­pre a acer­car­me a pue­blos mas cer­ca­nos a la capi­tal como San Igna­cio, capi­tal de las “Misio­nes Jesuí­ti­cas”.