El soñador

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Juan leyó un cuen­to de un libro encon­tra­do en la basu­ra. El escri­tor era famo­so y doc­to, pero él nun­ca supo de la fama ni del cono­ci­mien­to aca­dé­mi­co.
Dele­trean­do con impa­cien­te difi­cul­tad una de las pri­me­ras fra­ses lo amar­gó pro­fun­da­men­te. La mis­ma decía: “los pobres que tra­ba­jan de noche por magras mone­das no sue­ñan. Se les han qui­ta­do la posi­bi­li­dad de soñar”.
Tris­te y eno­ja­do cerró el libro que había adqui­ri­do en sus ron­das noc­tur­nas de reci­cla­je de resi­duos, bus­can­do el des­tino, el pan y el vino en la reco­lec­ción y tra­ta­mien­to de la basu­ra. Allí don­de final­men­te vol­vió aquel libro que había amar­ga­do su día.
Lue­go tomó sus bol­sas hara­pien­tas, car­gan­do un absur­do bul­to fren­te a las fas­tuo­sas resi­den­cias de la gran urbe, reves­ti­das de enor­mes vidrios cual espe­jos bri­llan­tes.
Se mar­chó indi­fe­ren­te al rugi­do de los vehícu­los que pare­cían comer­se, tra­gar­se la armo­nio­sa paz que pue­de rei­nar en los hom­bres pia­do­sos, con­vir­tien­do a los tran­seún­tes en fre­né­ti­cos via­je­ros a algún des­tino siem­pre des­co­no­ci­do.
Dio la espal­da a la gran man­za­na de Eva que se ofre­ce a los hom­bres capa­ces de desa­fiar a la víbo­ra gigan­te, la que mora en algu­nos cora­zo­nes guar­dia­nes de la gran bes­tia.
Él siguió su mar­cha sin mirar hacia atrás, aun­que varias veces qui­so vol­ver, des­en­vai­nar su cuchi­llo y matar a la gran ser­pien­te de sie­te cabe­zas, para apo­de­rar­se del teso­ro escon­di­do en el cen­tro de la lumi­no­sa y cus­to­dia­da ciu­dad.
Dicha his­to­ria del teso­ro le había sido con­ta­da por su abue­lo, quien una y mil veces le había expli­ca­do el méto­do para lle­gar des­aper­ci­bi­do a la gran bes­tia. Has­ta lo tenía escri­to en un papel indes­ci­fra­ble por la mugre del tiem­po trans­cu­rri­do, en el bol­si­llo roto de su pan­ta­lón.
Pero él siem­pre fue un hom­bre de paz y nun­ca se ani­mó a pelear. Siem­pre fue con­des­cen­dien­te con la vida, aun­que ésta lo estu­vie­se matan­do en for­ma ace­le­ra­da, sin pie­dad.
Al fin amai­nó su cami­na­ta can­sa­da para lle­gar al hogar. Se echó rau­da­men­te sobre su úni­co sillón y se dis­pu­so a dis­fru­tar de una obra fan­tás­ti­ca del sép­ti­mo arte, espe­ran­do ansio­sa­men­te un dul­ce men­sa­je que cal­ma­se el sabor amar­go de su gar­gan­ta anu­da­da.
Pron­ta­men­te iba cerran­do los ojos can­sa­dos de ver tan­ta basu­ra mun­da­na, pero antes de dor­mir­se fren­te a la pan­ta­lla del tele­vi­sor, pudo obser­var un frag­men­to de la obra de un dra­ma­tur­go famo­so. Oyó entre sue­ños a uno de los per­so­na­jes que excla­ma­ba: “La Cla­se Tra­ba­ja­do­ra no tie­ne tiem­po de soñar de noche. Can­sa­do se aban­do­na a dor­mir y no recuer­da su sue­ño como lo hacen los ricos. Sin embar­go los pobres tie­nen el don de soñar des­pier­to, de soñar cons­cien­tes de su sue­ño, de ape­gar­se a su sue­ño y morir por su sue­ño”.
Tras obser­var dicha pelí­cu­la Juan se dur­mió, olvi­dan­do todas las noches tris­tes que no pudo hacer­lo. Y al dejar este mun­do jun­to al sol de la nue­va maña­na se que­dó en su roí­do sillón, sereno, cons­cien­te de que se que­da­ría allí, soñan­do para siem­pre.

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Libros publicados: “Contradicción”, libro de poesía publicado en el año 2008 y presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires del año 2009. Participante de varios encuentros literarios en la provincia de Misiones, así como en otras provincias. Participante de numerosas antologías de editoriales de Buenos Aires como ser: Editorial Dunken y El Limite Infinito, entre otros