Noche sinfónica

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Me sen­tía el ser más soli­ta­rio del mun­do y el más com­ple­to. Una radio­gra­ba­do­ra anti­gua, repro­du­cía la quin­ta sin­fo­nía de Beetho­ven y la oscu­ri­dad de mi cora­zón, se fue trans­for­man­do en luz de la ima­gen vio­len­ta del uni­ver­so con inma­nen­tes melo­días apa­ci­bles en el alma.
Me sen­tía total­men­te ins­pi­ra­do, con la ima­gi­na­ción revuel­ta en fra­ses inex­pli­ca­bles. No podía abrir los ojos del éxta­sis en el que me había sus­pen­di­do. Sólo con el sen­ti­do del tac­to, tomé un sobre­to­do negro y salí al frio de afue­ra. Cami­né sin direc­ción en la espe­su­ra de la noche, soca­va­ba en el silen­cio sinuo­so. Mis pasos hacían ecos mor­tuo­rios que le ser­vían de com­pás a la 9 sin­fo­nía que seguía repro­du­cien­do mi men­te.
Lle­gué al lugar don­de el vien­to gol­pea­ba mi ros­tro, lo enve­ne­na­ba con una gra­cia inver­nal. Sabía que esta­ba cer­ca del vie­jo lago del amor. Abrí los ojos y obser­vé el espec­tácu­lo astral. Impa­si­ble a mer­ced de esa luna, dis­pues­to a mer­car en los bra­zos sin­fó­ni­cos de la ima­gi­na­ción sólo por saber­me ins­pi­ra­do, ele­va­do y des­co­mu­nal­men­te ele­gi­do por esa esfe­ra lumi­no­sa y radian­te.
Míren­lo, es her­mo­so y encan­ta­dor. Com­pe­né­tren­se, tomen el pin­cel y hágan­lo. Des­de la tie­rra al cie­lo o del cie­lo al uni­ver­so. Es el recor­te per­fec­to, ima­gen y soni­do de dura­ción eter­na, agua y vien­to, tie­rra y luz. Una peque­ña cavi­dad en el mun­do, lle­na de agua, los bor­des de con­ten­ción, cubier­tos de un pas­ti­zal ama­ri­llen­to don­de se erguían las plan­tas que rodea­ban el estan­que amo­ro­so, con pocas hojas, de tallos sin­gu­la­res com­ple­ta­men­te negruz­cos que super­po­nían a la figu­ra lunar. Luna, que en el fon­do se posa­ba sobre los negros edi­fi­cios que se ele­va­ban con majes­tuo­si­dad en ese hori­zon­te ensan­gren­ta­do por la lívi­da tin­tu­ra de las nubes. Sie­te botes, cada uno alber­ga­ba un par de ena­mo­ra­dos que delei­ta­ban mi sin­fo­nía per­fec­ta.
En fin, una noche román­ti­ca des­de todas las notas musi­ca­les. Las expre­sio­nes eran tan pro­fun­das, tan mís­ti­cas e irre­me­dia­ble­men­te fue­ra de sí. La par­ti­tu­ra per­fec­ta con la mise­ra­ble magia de una can­ción huér­fa­na. Cerré los ojos, vi una luna dis­tin­ta, más gran­de y cubier­ta por un color rojo vio­len­to. El res­to seguía igual, el estan­que con sus ena­mo­ra­dos, la alfom­bra ama­ri­llen­ta, los arbo­les de las tinie­blas y los edi­fi­cios góti­cos del hori­zon­te fan­tas­mal y mila­gro­so. Todo esta­ba en su lugar, excep­to el color de la luna y antes que ter­mi­ne la músi­ca, nece­si­ta­ba devol­ver­le su matiz ori­gi­nal, sin miti­gar el arte, dis­pues­to a efec­tuar­se antes del albor.
En mi gra­ba­do­ra men­tal, vol­ví al comien­zo de la quin­ta sin­fo­nía. Abrí el sen­ti­do de la vis­ta, renun­cié al tapa­do y a mi cuer­po. Me sumer­gí al agua hela­da y ver­de, era el estan­que mal­di­to de la luna roja. Nadé sigi­lo­sa­men­te y en com­ple­ta armo­nía has­ta lle­gar al esce­na­rio idí­li­co. La luna esta­ba aún roja, me ele­vé has­ta ella y la piqué con la pun­ta de un cuchi­llo que sería mi pin­cel.
De inme­dia­to, la san­gre que la había ultra­ja­do, comen­zó a derra­mar­se sobre el lago ver­de-oscu­ro. Empe­cé a dar vuel­tas los botes y los tier­nos ena­mo­ra­dos, en un bai­le de manos deses­pe­ra­das que se movían al rit­mo de mi sin­fo­nía, comen­za­ron a pro­por­cio­nar­me el óleo con el que pin­ta­ría el cua­dro sin­fó­ni­co de la noche pasio­nal. Me real­cé has­ta la super­fi­cie del agua, cami­na­ba sobre el estan­que ela­bo­ran­do los pasos a seguir de mi obra infi­ni­ta. Sos­tu­ve con fuer­zas mi pin­cel y pro­ce­dí a tomar de mane­ra desen­fre­na­da, los dife­ren­tes colo­res de los cuer­pos en pleno vals.
Antes del ama­ne­cer, exhaus­to, ter­mi­né los últi­mos reto­ques. La luna des­apa­re­ció para siem­pre con su tona­li­dad ori­gi­nal y el estan­que que­da­rá inmor­ta­li­za­do por aque­llos ena­mo­ra­dos que par­ti­ci­pa­ron del vals pin­to­res­co. Fue una noche mági­ca, se con­mo­vie­ron por amor al arte y la vir­tud de sumer­gir­se en los secre­tos de la huma­ni­dad, cuya acti­tud mez­qui­na y pér­fi­da nos nie­ga el sabor pro­ve­nien­te de la mix­tu­ra de los sen­ti­mien­tos más pro­fun­dos; con­sa­gra­dos al amor y al odio, a la mues­tra apa­ci­ble, cere­mo­nial y vio­len­ta de los actos artís­ti­cos que nos brin­da el uni­ver­so.

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Nació en Colonia Wanda Misiones el 10 de diciembre de 1986. Criado en el seno de una familia humilde y numerosa sin contacto con el mundo literario. Su paso por el sistema educativo siempre fue por las escuelas públicas. Trabajó año y medio en monte como maquinista, rubro que contribuyó al inicio de una carrera terciaria en la ciudad de Eldorado, Misiones. En la actualidad, ejerce como docente en su ciudad natal en el cargo de profesor de Lengua y Literatura.