Cielo de burdel: Reseña de “Eclipse de Mujer,” de Francisco Tete Romero

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Eclipse de Mujer: la portada del libro sobre una luna roja.

¿Por qué se escri­be la rese­ña de un libro? ¿Por qué se lo inten­ta inter­pre­tar? ¿A un lec­tor ima­gi­na­rio le con­ta­mos que hemos leí­do un rela­to que a él podría gus­tar­le? ¿Inten­ta­mos com­par­tir un goce per­so­nal? ¿Apo­ya­mos la ven­ta de una publi­ca­ción? ¿Desea­mos socia­li­zar una expe­rien­cia lite­ra­ria ínti­ma? Qui­zás sean pre­gun­tas sin res­pues­ta y sólo poda­mos con­for­mar­nos con el reco­no­ci­mien­to que nos lle­va a escri­bir sobre lo que otra/o ya ha crea­do como ejer­ci­cio explo­ra­dor, como si fué­ra­mos los des­cu­bri­do­res pri­vi­le­gia­dos de alguno de aque­llos cua­dros, don­de una mara­vi­llo­sa pin­tu­ra olvi­da­da se reve­la ocul­ta bajo la que vemos en pri­mer plano.

Eclip­se de Mujer de Fran­cis­co Tete Rome­ro no es un libro fácil de abor­dar. Tie­ne una pro­sa com­ple­ja, pen­sa­mien­to narra­do, recur­sos lite­ra­rios, y figu­ras retó­ri­cas que duran­te pági­nas comien­zan los párra­fos con una mis­ma pala­bra (“hubo” o “hay”), un jue­go ver­bal y tem­po­ral que nos lle­va y trae en el tiem­po.

El autor uti­li­za la segun­da per­so­na del sin­gu­lar, el “tu,” y va con­tan­do o des­cri­bien­do situa­cio­nes y esta­dos de áni­mo, tra­zan­do pai­sa­jes, medi­ta­cio­nes. Va enhe­bran­do su tra­ma, o mejor dicho la tra­ma de su per­so­na­je prin­ci­pal, pero con la carac­te­rís­ti­ca estro­bos­có­pi­ca de cuen­tos den­tro de otro cuen­to y de héroes que men­tan a otros: Bea­triz, Muriel, el libro del Cha­co o del abue­lo, etcé­te­ra.

Juan Bas­te­rra, el pro­lo­guis­ta, sin­te­ti­za los momen­tos his­tó­ri­cos que tran­si­ta­re­mos: “El lap­so abar­ca­do por la nove­la es de casi 12 años: julio de 1977 a mayo de 1989.” Con Seba, una suer­te de Caron­te, bar­que­ro de Hades, atra­ve­sa­re­mos las bru­mas del tiem­po des­de el gol­pe mili­tar de 1976, la Gue­rra de Mal­vi­nas, y el copa­mien­to del regi­mien­to de La Tabla­da. Al des­ple­gar su his­to­ria duran­te una cro­no­lo­gía nove­les­ca de años incor­po­ra varias sub­tra­mas, algu­nas de ellas lle­nas de poe­sía. Por ejem­plo, duran­te la pri­me­ra pági­na del pri­mer capí­tu­lo nos rega­la fra­ses como “olea­je de rumo­res funes­tos”; “super­fi­cie acuo­sa de los faros de ese por­te­ro de bur­del”; “un cie­lo de muje­res que simu­lan desear­te”; “bal­dío irre­me­dia­ble­men­te argen­tino.” Son líneas que ense­gui­da nos atra­pan.

En un país con “cie­lo de bur­del,” lee­re­mos una genui­na “his­to­ria argen­ti­na” con una pro­ta­go­nis­ta que pide que le cuen­ten el libro. País caba­ret, don­de sus habi­tan­tes son una com­par­sa de car­na­val que des­fi­la con las caras maqui­lla­das. Como los paya­sos, las putas, y los mili­ta­res cara­pin­ta­das. Terri­to­rio hem­bra rotu­ra­do-tor­tu­ra­do con sur­cos de heri­das en las meji­llas y los cora­zo­nes. En un crea­dor como Rome­ro, se expre­sa el cos­ta­do polí­ti­co de la narra­ción, con el per­so­na­je prin­ci­pal tran­si­tan­do un tiem­po con­vul­sio­na­do, vivién­do­lo con pasión y con­tra­dic­cio­nes.

Cier­tos esce­na­rios y cir­cuns­tan­cias: los rings de box, las redac­cio­nes, las iden­ti­da­des múl­ti­ples (per­so­na­jes dua­les: Muriel-Schehe­re­za­de o Manet­ti — el Sul­tán de Las Mil y una Noches), las ciu­da­des, las bús­que­das, y las pér­di­das nos sugie­ren remi­nis­cen­cias de Piglia. Pero Eclip­se de Mujer no per­mi­te una cla­si­fi­ca­ción de géne­ro ter­mi­nan­te. Pue­de ser un noir lati­no­ame­ri­cano, una nove­la río, un rela­to coral a varias voces que no se deja suje­tar volun­ta­ria­men­te por­que, pre­ci­sa­men­te, desa­zo­na e inco­mo­da.

Sexo y deseo

Eclip­se de Mujer toca un palo sen­si­ble duran­te un alto por­cen­ta­je de sus pági­nas; una sen­sua­li­dad eró­ti­ca expre­sa­da a tra­vés de imá­ge­nes don­de la metá­fo­ra o la elip­sis cóm­pli­ce deja lugar a pala­bras con­tun­den­tes. Podría­mos men­cio­nar una cier­ta las­ci­via del espan­to y la sole­dad. Una volup­tuo­si­dad del nau­fra­gio y la ago­nía, dos coor­de­na­das kan­tia­nas de la his­to­ria argen­ti­na. En pala­bras de Mark Fisher, la nove­la de Rome­ro explo­ra los con­tor­nos de lo que “podría­mos lla­mar el Tána­tos espe­luz­nan­te, una pul­sión de muer­te trans­per­so­nal (y trans­tem­po­ral) en la que lo psi­co­ló­gi­co emer­ge como pro­duc­to de fuer­zas exte­rio­res.”

Esta nove­la afir­ma los dere­chos de una sen­sua­li­dad encar­na­da don­de nada ins­pi­ra mero pla­cer sino, por el con­tra­rio, una sexua­li­dad com­ple­ja, que qui­zás repre­sen­te nues­tra secu­lar impo­ten­cia social y polí­ti­ca. Inquie­tan­te músi­ca inci­den­tal sobre ese cuer­po de mujer que, algu­na vez, se la recuer­da como pura vita­li­dad y hoy es cri­men. Nues­tra cele­bra­ción de las mil y una noches, en la que cícli­ca­men­te nos hun­di­mos para reva­li­dar el des­pre­cio his­tó­ri­co por la vida. Por­que la lite­ra­tu­ra de Fran­cis­co Tete Rome­ro conec­ta con Maria­na Enrí­quez cuan­do con­si­de­ra que le intere­sa explo­rar los terro­res loca­les, que nos bas­tan y sobran para ras­trear el rego­deo argen­tino con la som­bra — aun­que bri­lle un sol en nues­tra ban­de­ra.

En los escri­to­res como Tete Rome­ro la nece­si­dad de obje­ti­va­ción, diga­mos, el esfuer­zo crea­ti­vo de esa segun­da per­so­na ya men­cio­na­da, hace al sen­ti­mien­to salir hacia las cosas y estruc­tu­rar­las de modo inten­cio­nal, para vol­ver al lec­tor a ese edi­fi­cio del idio­ma y trans­for­mar­lo en estre­me­ci­mien­to. Obser­va­mos en Eclip­se de Mujer esa cons­truc­ción, y no sola­men­te la mera per­cep­ción, por­que el modo en que escri­be el autor no solo nos indu­ce a com­po­ner la reali­dad que nos plan­tea la nove­la, sino, ade­más, a rela­cio­nar­nos con lo caó­ti­co de aque­llos tiem­pos cru­za­dos de tra­ge­dia y dolor. Con épo­cas de trans­for­ma­ción que, en sí mis­mas, for­man una figu­ra de sen­ti­do. Aquí se da el ideal clá­si­co de la for­ma, que con­sis­te en anu­lar todo con­flic­to entre las leyes hete­ro­gé­neas que con­cu­rren en una narra­ción común, y en obte­ner — en cam­bio — de cada una de las pági­nas, de cada uno de los aspec­tos del libro, un mul­ti­pli­ca­dor expre­si­vo de la inten­ción lite­ra­ria cen­tral. Para eso la for­ma es per­fec­ta, por­que cada ele­men­to está allí como par­te de un todo con sen­ti­do uni­ta­rio: des­de el tro­zo de mun­do en un bur­del has­ta la últi­ma par­tí­cu­la mate­rial de las pala­bras con que se cie­rra la his­to­ria.

“Eclip­se de Mujer” fue publi­ca­do en 2022 por Edi­to­rial Con­Tex­to en Cha­co y Corrien­tes.