Los acopiadores

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Un dibujo de una planta de yerba mate sobre un fondo rojo. Encabezado de

Andar con un ami­go en la noche es mejor que andar solo en la luz.

Helen Keller

I

El sol ago­ni­za­ba tras los valles del Cuña Pirú. Sus tenues rayos tra­za­ban excel­sos pin­ce­la­zos en naran­ja sobre la inmen­si­dad azul y, al mis­mo tiem­po, aca­ri­cia­ban las monu­men­ta­les gra­pias que esti­ra­ban sus som­bras has­ta el gris asfal­to. El des­po­jo de sus her­ma­nas y otros árbo­les nobles humea­ba en la dan­tes­ca pila mor­tuo­ria de los roza­dos. Ellas serían reem­pla­za­das por los yer­ba­les y otros cul­ti­vos del hom­bre.

La vie­ja casa de made­ra esta­ba encla­va­da en un des­fi­la­de­ro, muy cer­ca de la ruta pro­vin­cial núme­ro ocho, que ser­pen­tea­ba flan­quea­da por los altos pare­do­nes a un cos­ta­do y el pre­ci­pi­cio por el otro, con la rela­ti­va segu­ri­dad de los guar­da­rraí­les entre ambos. El hom­bre apa­gó el motor y se bajó del des­tar­ta­la­do vehícu­lo que, en su mejor épo­ca, habría teni­do las dos puer­tas.

“¿Qué te pare­ce, Cho­co? ¿Será que va a aguan­tar?” pre­gun­tó dubi­ta­ti­vo Eze­quiel Mall­man, seña­lan­do la camio­ne­ta.

A Lucio Fre­tes no le gus­ta­ba ese apo­do; tam­po­co la for­ma de mas­car el tro­zo de taba­co del recién lle­ga­do. Estu­vo a pun­to de hacer­le saber eso, pero deci­dió callar de nue­vo. Esta­ba dis­fru­tan­do de unos mates sen­ta­do en cucli­llas. A su cos­ta­do, un par de grue­sos tizo­nes ardían, man­te­nien­do el her­vor de un gui­so y el agua con­te­ni­da en una pava cal­ci­na­da. Tenía pues­to un pan­ta­lón vaque­ro gas­ta­do y una cami­sa de man­gas cor­tas sin boto­nes que deja­ba ver su pecho vellu­do. Obser­vó des­ani­ma­do al herrum­bra­do vehícu­lo. Se levan­tó y cami­nó des­cal­zo hacia el vie­jo Dod­ge, mien­tras ceba­ba el agua calien­te en su mate de poron­go.

“El asien­to y el cha­sis se están curu­vi­can­do todo ya. ¡Gran sie­te!” sen­ten­ció el hom­bre de piel more­na. “Mien­tras el motor siga res­pon­dien­do . . . ”

“Fija­te, bolu­do, pare­ce que hay un pro­ble­ma con el car­bu­ra­dor,” dijo Mall­man, y lan­zó un escu­pi­ta­jo de color oscu­ro que pasó entre las pier­nas de su ami­go.

“¡Cara­jo!” gri­tó asquea­do Fre­tes. “¡Mirá bien dón­de escu­pís tu por­que­ría!”

“Eh, ah, no seas ama­ri­llen­to, cha­mi­go.” A Mall­man le diver­tían estas situa­cio­nes y mos­tró unos sal­tea­dos dien­tes ama­ri­llos mien­tras son­reía. Tenía el ros­tro mina­do con cica­tri­ces de vie­jos gra­nos infec­ta­dos, como si hubie­ra sido bom­bar­dea­do por meteo­ri­tos micros­có­pi­cos.

Fre­tes levan­tó el capó, que emi­tió un que­ji­do metá­li­co y herrum­bro­so, y lo suje­tó con un tra­mo de made­ra. El olor a gasoil y acei­te que­ma­do se espar­ció por todo el lugar.

“Dale arran­que,” dijo, mien­tras intro­du­cía la cabe­za entre los cáli­dos vapo­res del radia­dor. Esta­ba can­sa­do, que­ría que todo ter­mi­na­se lo antes posi­ble para vol­ver con su fami­lia a Eldo­ra­do. Este sería el últi­mo via­je de “aco­pio.” Tenía trein­ta y cin­co años, y al igual que su pin­to­res­co ami­go, lo suyo era vivir de chan­gas en chan­gas y no eran deli­ca­dos para el tra­ba­jo rudo.

Las manos enca­lle­ci­das y el hom­bro dolo­ri­do eran con­se­cuen­cias de la exte­nuan­te tem­po­ra­da de tare­fa. Siem­pre se movían jun­tos. Eran los pri­me­ros en lle­gar y los últi­mos en irse de los yer­ba­les, pero no que­da­ron con­for­mes con la paga. No era ni la mitad de lo que les habían ofre­ci­do. Esa noche ter­mi­na­rían de recu­pe­rar todo lo que les corres­pon­día.

Al ter­cer inten­to el vie­jo motor arran­có. Una boca­na­da de humo negro salió des­pe­di­da por el caño de esca­pe, suje­ta­do al cha­sis con alam­bres.

“Híjo­le, ¿dón­de con­se­guis­te esta pudri­ción?” pre­gun­tó Fre­tes. “Pre­ci­sa de un car­bu­ra­dor nue­vo, por­que este cagó fue­go.”

Mall­man apa­gó el motor y se que­dó unos segun­dos medi­tan­do, sen­ta­do sobre los resor­tes de la buta­ca que sobre­sa­lían del tapi­za­do. Su reali­dad era que vivía de hacer cual­quier tipo de tra­ba­jo. “No le hago asco a nada, patrón o patro­na,” era su fra­se cuan­do acep­ta­ba des­ma­le­zar terre­nos, podar árbo­les, cavar tum­bas en el cemen­te­rio, o jun­tar la basu­ra del muni­ci­pio. En la tem­po­ra­da de tare­fa siem­pre se lo veía acom­pa­ña­do por Fre­tes y entre los dos hacían la dife­ren­cia.

“Va a tené que ser así nomá, Cho­co, no que­da de otra. Trae­mo todo de un saque . . . tie­ne que aguan­tar,” dijo, dubi­ta­ti­vo. “Maña­na bien tem­prano vie­nen con el camión a lle­var todo.”

Lucio Fre­tes dejó caer la tapa, que des­pren­dió por­cio­nes de cha­pa herrum­bra­da, y se diri­gió con paso veloz hacia el fogón. Sepa­ró la olla de hie­rro de las bra­sas tomán­do­la del man­go con un peda­zo de car­tón sucio. A un lado, dos caba­lle­tes suje­ta­ban un cor­te cepi­lla­do de palo rosa que Eze­quiel Mall­man había “adqui­ri­do” de un ase­rra­de­ro. Eso tam­bién se iría con la car­ga. Podría ayu­dar­les a obte­ner un buen dine­ro extra.

“¿Y va a traer la pla­ta tam­bién?” pre­gun­tó, mien­tras le alcan­za­ba a su ami­go el humean­te gui­so de arroz en un pla­to hon­do de alu­mi­nio.

“¡Y ma’vale, pavo!” gri­tó Mall­man mien­tras depo­si­ta­ba su naco en una lata de pica­di­llo. “Gua’u qué vamos a hacer todo esto gra­tis. ¿Qué le agre­gas­te al cara­yá? Que­dó dema­sia­do rico . . . ”

Cho­co Fre­tes tor­ció la boca, se sir­vió en su pro­pio pla­to, y sabo­reó el arroz pega­do en la cucha­ra de made­ra. Esta­ba espe­ran­do ese momen­to.

“A la Añá, bolu­do,” inte­rrum­pió con serie­dad.

Los ojos celes­tes de Mall­man escru­ta­ron horro­ri­za­dos la car­ne blan­cuz­ca del pla­to, a la vez que lan­za­ba el con­te­ni­do de su boca en incon­te­ni­bles arca­das. Salió dis­pa­ra­do hacia la par­te tra­se­ra de la casa mien­tras Fre­tes se sumer­gía en un caos de car­ca­ja­das y ges­ti­cu­la­cio­nes, satis­fe­cho por su maes­tra pues­ta en esce­na.

“¡Negro yapú! ¡Pobre de vo’ si le pasa­ba algo a la Añá,” gru­ñó Mall­man, retor­nan­do con una enor­me coma­dre­ja en el rega­zo. “Mirá qué pan­zo­na está. En cual­quier momen­to va a tené sus aña­ci­tos . . . pobre­ci­ta ella.”

El ani­mal aso­mó su hoci­co entre los bra­zos del hom­bre y éste la depo­si­tó sua­ve­men­te en el sue­lo. Ven­teó ávi­da­men­te el ambien­te y lue­go siguió a Mall­man como si fue­ra un perro fiel.

“Vení, Añá, no le hagas caso a ese tagüi­ron­go. Dejá que se ría nomá.” De su pro­pio pla­to le sir­vió por­cio­nes del gui­so de “galli­na,” que la inusual mas­co­ta devo­ró en unos segun­dos.

Unas horas más tar­de, cuan­do la noche ya lucía su bata de estre­llas titi­lan­tes, los dos hom­bres se subie­ron en silen­cio a la des­ven­ci­ja­da camio­ne­ta y se ale­ja­ron en pun­to muer­to por una lar­ga pen­dien­te en baja­da. La coma­dre­ja los obser­vó des­de una ren­di­ja del cie­lo­rra­so. Lue­go, se aco­mo­dó para parir en su madri­gue­ra de tela y car­tón, pre­pa­ra­da por su sal­va­dor hacía varios años, cuan­do la coma­dre­ja era una peque­ña huér­fa­na.

Por deba­jo de ella los enor­mes bul­tos pare­cían ace­char­la en silen­cio, pero sabía que los saca­rían muy pron­to. Al ocu­par todos los espa­cios como una bes­tia amor­fa, según su com­pren­sión, era el momen­to en que los huma­nos libe­ra­ban el espa­cio y ella podía corre­tear por el piso de tablo­nes.

El silen­cio del exte­rior le resul­tó incó­mo­do y todos sus sen­ti­dos se pusie­ron en aler­ta. Había algo ame­na­zan­te afue­ra, aun­que toda­vía no podía inter­pre­tar su for­ma y ori­gen. Toda­vía no.

II

Fre­tes con­du­cía con habi­li­dad y osa­día, pues eran con­di­cio­nes nece­sa­rias para hacer­lo sobre el anti­guo camino terra­do y con las luces apa­ga­das. Cur­vas cerra­das, con­tra­cur­vas, y lar­gas pen­dien­tes col­ga­das lite­ral­men­te sobre el abis­mo que, bajo la luz de la luna, ofre­cía una vis­ta majes­tuo­sa y ate­rra­do­ra. Peda­zos de terro­nes se des­pren­dían cuan­do las cubier­tas mor­dían el acan­ti­la­do y las mal­di­cio­nes de uno eran retru­ca­das por una risi­ta de suma satis­fac­ción del otro, que dis­fru­ta­ba ver a su com­pa­ñe­ro asir­se con fuer­za de don­de sea, has­ta que las manos le que­da­ban mora­das y a pun­to de san­grar. En sus via­jes noc­tur­nos, la con­ver­sa­ción gira­ba inva­ria­ble­men­te sobre lo mis­mo.

“Andá más des­pa­cio, bolu­do,” decía Mall­man.

“Ji, ji, ji,” se reía Fre­tes. “¿Tá frun­cien­do, eh?”

“Loco mis­mo.”

“Ama­ri­llen­to so’ vo’”

Cuan­do cru­za­ron la ruta núme­ro ocho, el pai­sa­je cam­bió a un yer­bal que se exten­día has­ta don­de alcan­za­ba la vis­ta. Los árbo­les des­po­ja­dos de su ves­ti­do de hojas pare­cían espec­tros des­nu­dos en las penum­bras. Fre­tes dis­mi­nu­yó la mar­cha y con­du­jo la camio­ne­ta sobre las hue­llas que habían deja­do los camio­nes y trac­to­res para sacar los raí­dos rebo­san­tes de oro ver­de.

 “¿Te acor­dás por dón­de era?” inqui­rió Mall­man, preo­cu­pa­do, mien­tras mira­ba cómo los líneos pasa­ban por el cos­ta­do, inter­mi­na­bles, per­pe­tuos, y ame­na­zan­tes. A pesar de tra­ba­jar en los yer­ba­les y cono­cer­los, ellos eran extra­ños, foras­te­ros, intru­sos que bus­ca­ban un boca­do que creían que les per­te­ne­cía y que se les fue saca­do de las bocas injus­ta­men­te.

“Ma’vale, pavo,” con­tes­tó Fre­tes, con­cen­trán­do­se en intro­du­cir la camio­ne­ta en unas de las infi­ni­tas filas del yer­bal. Cin­cuen­ta metros más y ahí esta­ban. Gor­dos raí­dos, ten­sos por el apre­ta­do nudo, espe­ra­ban en sole­dad la lle­ga­da de los arre­ba­ta­do­res.

Duran­te el día escon­dían los raí­dos y mar­ca­ban el lugar para no per­der­se en la oscu­ri­dad, si a la luna se le ocu­rría ocul­tar­se detrás de una nube via­je­ra. No era la pri­me­ra vez que hacían esto. Tra­ba­ja­ban rápi­do, sin apa­gar el motor.

“Hay cin­co, lle­va­mos todo en un solo via­je,” mur­mu­ró Mall­man.

Levan­ta­ron sobre los hom­bros el pri­mer bul­to y lo arro­ja­ron sobre la carro­ce­ría. El mis­mo méto­do con el segun­do. Fre­tes, de espal­das a la camio­ne­ta, vio el fogo­na­zo, lejos, por detrás de su ami­go, y unos segun­dos des­pués les lle­gó el soni­do del estam­pi­do. Mall­man sin­tió un dolor en la espal­da, seme­jan­te al hie­rro can­den­te atra­ve­sán­do­le la piel. Las rodi­llas se le dobla­ron y el aire esca­pó de sus pul­mo­nes en una fuer­te y fría exha­la­ción.

Los bra­zos deja­ron caer el raí­do y su ros­tro se con­vir­tió en una más­ca­ra blan­ca como el mar­fil. Una peque­ña y gro­tes­ca flor púr­pu­ra nació en su abdo­men, fue exten­dien­do sus finas y rojas raí­ces hacia aba­jo, y man­chó los pan­ta­lo­nes y la tie­rra bajo sus pies. Otro fogo­na­zo segui­do del estam­pi­do. El pro­yec­til pasó lle­van­do su men­sa­je de muer­te con un fino sil­bi­do.

“¡Cho­rros de mier­da! ¡Aho­ra van a comer plo­mo!” El gri­to fue una sen­ten­cia bru­tal.

En raras oca­sio­nes, Mall­man refle­xio­na­ba sobre la muer­te o la reli­gión. De peque­ño fue bau­ti­za­do en la Igle­sia Cató­li­ca y esa fue la úni­ca vez que pisó el tem­plo. De padre alcohó­li­co y vio­len­to, el peque­ño Eze­quiel se mudó con su madre a la casa que habían here­da­do de sus abue­los, has­ta que ella murió de una extra­ña enfer­me­dad. Sin her­ma­nos ni her­ma­nas, sus parien­tes solo lo veían cuan­do corría detrás del camión reco­lec­tor de basu­ra, y era sufi­cien­te. No que­rían más con­tac­to que eso. Por eso, mien­tras se desan­gra­ba en ese yer­bal, solo pudo pen­sar en Añá, la coma­dre­ja, su fiel mas­co­ta.

“Vamos, grin­go . . . suje­ta­te por mi cue­llo . . . vamos.” Fre­tes levan­tó a su ami­go y lo aco­mo­dó en el asien­to del Dod­ge. “Mal­di­tos.” Revi­só la espal­da heri­da de Mall­man, alum­brán­do­se con un encen­de­dor. El hom­bre que se desan­gra­ba en la camio­ne­ta era, a su cri­te­rio y por cir­cuns­tan­cias de la vida, un her­mano. Por­que alguien que duer­me en el piso y te ofre­ce el úni­co catre es espe­cial; alguien que com­par­te techo, comi­da, y mate es espe­cial; alguien que res­ca­ta a una peque­ña coma­dre­ja de entre los col­mi­llos de una jau­ría de perros, cura sus heri­das, y la ali­men­ta, es espe­cial. Pero él dis­fra­za­ba su admi­ra­ción y orgu­llo por su ami­go con un “¡Loco!” Siem­pre le decía eso. Era un cum­pli­do, sin dudas.

Fre­tes ace­le­ró y la camio­ne­ta cor­co­veó hacia ade­lan­te. Bus­can­do salir del labe­rin­to de líneos y plan­tas, encon­tró el camino que lo saca­ría de nue­vo a la ruta. El motor gimió cuan­do el con­duc­tor apre­tó el pedal de ace­le­ra­ción has­ta el piso. Las luces de otra camio­ne­ta los cubrie­ron, cegán­do­los por un ins­tan­te. Eran reflec­to­res poten­tes y venían de atrás.

“Pero qué . . . qué mier­daaa. ¿A dón­de vam—?” Mall­man tosió y la san­gre tibia le supo a metal al lle­gar a su boca.

Fre­tes con­du­cía con el bra­zo izquier­do y con la dere­cha suje­ta­ba al heri­do. “Te voy a lle­var al hos­pi­tal,” res­pon­dió. Pero esta­ba segu­ro de que su ami­go no lle­ga­ría vivo ni a la mitad de ese reco­rri­do. Le pare­ció escu­char una son­ri­sa.

“No . . . no seas bolu­do. Rum­beá para casa.”

“¿Qué? No. Yo . . . ”

“Escu­cha­me . . . lo que . . . te digo. Ya soy fina­do, pero vos . . . vos tenés que seguir.”

Unas lágri­mas se des­pren­die­ron de los ojos negros de Fre­tes. No recor­da­ba cuán­do fue la últi­ma vez que llo­ró. Le pare­ció que fue hace quin­ce años, cuan­do nació su úni­ca hija.

La ruta los reci­bió de repen­te y las cubier­tas chi­lla­ron por el giro y la fric­ción. El con­duc­tor puso direc­ción hacia las peli­gro­sas estri­ba­cio­nes. Regre­sa­rían a la casa. Por unos ins­tan­tes, las luces de los per­se­gui­do­res des­apa­re­cie­ron, y Fre­tes tuvo la vaga espe­ran­za de que hayan desis­ti­do del aco­so, pero reapa­re­cie­ron de pron­to, acer­cán­do­se rápi­da­men­te. La noche antes apa­ci­ble aho­ra era una som­bra ame­na­zan­te y ven­ga­ti­va.

Fre­tes des­co­nec­tó las luces y, lue­go de unos minu­tos, giró hacia su dere­cha y con­du­jo guián­do­se por sus ins­tin­tos entre las angos­tas hue­llas que zig­za­guea­ban por el flan­co del cerro. En las altu­ras detu­vo la mar­cha, se qui­tó la reme­ra, y la colo­có sobre la heri­da por don­de había sali­do el pro­yec­til. La san­gre tibia se le escu­rrió entre los dedos. Su ami­go esta­ba sen­ta­do sobre un char­co púr­pu­ra, con la res­pi­ra­ción entre­cor­ta­da, y el sudor frío. Al ver­lo otra vez se estre­me­ció una vez más.

El haz de luz cor­tó el velo oscu­ro fren­te a ellos y unas mari­po­sas noc­tur­nas dan­za­ron un ins­tan­te en ese mági­co y tram­po­so túnel blan­co. Fre­tes se aso­mó al vacío y escu­pió una mal­di­ción. Cual fie­ra sedien­ta, sus caza­do­res no caye­ron en la tram­pa y venían con ansias de san­gre. Los gri­llos a su alre­de­dor calla­ron un ins­tan­te, como intu­yen­do la tem­pes­tad que se des­ata­ba den­tro del hom­bre.

“Tene­mos que rajar. Esos infe­li­ces nos encon­tra­ron. Vamos a . . . ”

“No . . . deja­me acá . . . vos anda­te,” lo inte­rrum­pió su ami­go, mien­tras se des­li­za­ba peno­sa­men­te hacia afue­ra. “Pero antes . . . girá la cha­ta. Esto no les va a ser gra­tis.”

“Toda­vía . . . toda­vía pode­mos esca­par,” pro­tes­tó Fre­tes, suje­tan­do al heri­do por las axi­las.

“¡No!” El gri­to de Mall­man lo sor­pren­dió. Obser­vó la deter­mi­na­ción en los dila­ta­dos ojos del mori­bun­do. Con sua­vi­dad lo apo­yó con­tra el barran­co y se subió nue­va­men­te al Dod­ge. Un par de manio­bras y la vetus­ta camio­ne­ta que­dó apun­tan­do hacia la úni­ca sali­da.

 “Escu . . . escu­cha­me bien,” comen­zó a decir. “Corré . . . has­ta la casa. Aba­jo de la segun­da tabla del piso . . . está mi aho­rro. Aga­rrá para vos. No es mucho . . . vol­vé con tu fami­lia. Aho­ra ayu­da­me a subir.”

Con el ros­tro baña­do en lágri­mas, Fre­tes aco­mo­dó a su ami­go en la buta­ca del con­duc­tor; que­ría decir­le tan­tas cosas, pero el tiem­po ya no les per­te­ne­cía, y a Mall­man se le escu­rría impla­ca­ble y veloz.

“Saca­la a . . . Añá de su nido . . . lle­va­la al mon­te y . . . pren­dé fue­go el ran­cho. Que . . . que no le que­de nada . . . a esta man­ga de empa­cha­dos.” Sus páli­dos labios ape­nas se movie­ron, pero Fre­tes los escu­chó como un gri­to den­tro de él. Aquí, entre las penum­bras mor­ta­les del cerro, cono­ció la ver­da­de­ra esen­cia de su ami­go.

III

Mall­man con­du­cía al filo de la incons­cien­cia, tenía los dedos cris­pa­dos sobre el volan­te como tra­tan­do de asir­se a la reali­dad, y per­ci­bió que ya no sen­tía dolor. Divi­só un círcu­lo lumi­no­so unos metros por delan­te que se acer­ca­ba rápi­da­men­te. La camio­ne­ta dio un tope­ta­zo con­tra el cos­ta­do del pare­dón y la luz inten­sa, que pare­cía envol­ver­lo, des­apa­re­ció de repen­te. Escu­cha­ba voces a su alre­de­dor. Reco­no­ció la de su madre lla­mán­do­lo para almor­zar mien­tras él, sien­do un gurí, juga­ba feliz entre las altas ramas de las man­dio­cas. Giró en una cur­va y otra luz – esta era dis­tin­ta, malig­na, y car­ga­da de malos pre­sa­gios. A dife­ren­cia de la ante­rior, esta lo encan­di­ló.

Un fogo­na­zo nació en su par­te cen­tral y Mall­man sin­tió un gol­pe indo­lo­ro en el pecho, pisó el ace­le­ra­dor, y el vie­jo Dod­ge se tre­pó sobre el otro vehícu­lo con un que­ji­do de meta­les y cris­ta­les que esta­lla­ron por la vio­len­ta coli­sión. El hom­bre no se detu­vo, y lue­go de dejar atrás un ten­dal de heri­dos que lo mal­de­cían, ini­ció, ya des­con­tro­la­do, su via­je al abis­mo. Las luces regre­sa­ron. Inten­sas y aco­ge­do­ras, esta­ban en todas par­tes. Una de ellas envol­vió al con­duc­tor. Mall­man se sin­tió feliz al ser par­te de una inmen­si­dad que lo disol­vió en milla­res de molé­cu­las.

Cuan­do escu­chó la explo­sión, Fre­tes detu­vo un momen­to su alo­ca­da carre­ra, y al mirar hacia atrás, divi­só a lo lejos una len­gua de fue­go sabo­rean­do las penum­bras. Cerró un ins­tan­te los ojos y musi­tó una ple­ga­ria para Mall­man.

Su figu­ra se recor­ta­ba con­tra el gran­dio­so dis­co amba­rino. Las per­la­das gotas de trans­pi­ra­ción cubrían el cuer­po y cual vie­jo fue­lle de acor­deón, su pecho se expan­día y con­traía bus­can­do el oxí­geno para con­ti­nuar. Apo­yó las manos sobre las rodi­llas y su ple­ga­ria mutó a una mal­di­ción cuan­do vio más luces de auto­mó­vi­les subien­do el cerro. Con­ti­nuó corrien­do por un tri­llo que su ami­go uti­li­za­ba como ata­jo para salir cami­nan­do a la ruta y que desem­bo­ca­ba en la plan­ta­ción de man­dio­cas lin­dan­te a la casa. Ya no se detu­vo has­ta lle­gar allí.

Los tizo­nes humean­tes lan­za­ron chis­pas al aire cuan­do el hom­bre las agi­tó. Intro­du­jo el extre­mo del más peque­ño en un tacho de brea y lo encen­dió con un encen­de­dor que extra­jo del bol­si­llo de su estro­pea­do pan­ta­lón. Se ilu­mi­nó con la impro­vi­sa­da antor­cha para subir por la esca­le­ra y lle­gar has­ta el cie­lo raso por la pared exte­rior. Los ojos viva­ces de la coma­dre­ja bri­lla­ron en la penum­bra del cie­lo­rra­so cuan­do escu­chó el lla­ma­do del hom­bre.

“Vení, Añá, hay que rajar de acá.” Fre­tes esti­ró un bra­zo y la atra­jo sua­ve­men­te hacia él. Ella pro­tes­tó con un chi­lli­do, pero no se resis­tió. Mien­tras des­cen­día de la esca­le­ra sin­tió cómo las dimi­nu­tas crías se con­tor­nea­ban den­tro de la bol­sa mar­su­pio. Él la había vis­to cui­dar de su pro­le. Era una madre abne­ga­da que se ale­ja­ba hacia el mon­te perió­di­ca­men­te, segui­da por su cama­da. Tar­da­ban varios días en regre­sar, pero no lo hacían todos; siem­pre fal­ta­ban una o dos crías, has­ta que, final­men­te, en unas de las tan­tas incur­sio­nes, Añá regre­sa­ba sola. Ella apro­ve­cha­ba el bos­que para las ense­ñan­zas y pos­te­rior inde­pen­den­cia de las crías. Aun­que con­fia­ba en los hom­bres, ele­gía la espe­su­ra como el lugar de super­vi­ven­cia de su lina­je.

Fre­tes la colo­có sobre sus hom­bros y ella le enros­có la cola por el cue­llo. Se afe­rró con sus peque­ñas garras a la enru­la­da cabe­lle­ra y per­ci­bió, a tra­vés de la piel, los ner­vios y la adre­na­li­na del hom­bre. Eran como peque­ñas ondas de elec­tri­ci­dad que le reco­rrían el cuer­po has­ta lle­gar a su peque­ño cere­bro.

Des­de su posi­ción, obser­vó como Fre­tes abrió el can­da­do que man­te­nía cerra­da la puer­ta y se intro­du­jo al inte­rior de la casa. Chi­lló ner­vio­sa cuan­do la luz de la antor­cha le dejó ver los enor­mes raí­dos de yer­ba que esta­ban api­la­dos has­ta el cie­lo­rra­so. El hom­bre apo­yó una rodi­lla en el piso y levan­tó con faci­li­dad una de las tablas. Añá reco­no­ció la envol­tu­ra de plás­ti­co que él tomó. Había obser­va­do muchas veces cómo Mall­man lo reti­ra­ba y des­pués de guar­dar cosas, lo vol­vía a colo­car en su lugar. No com­pren­día algu­nas acti­tu­des del hom­bre, pero ella mis­ma solía ocul­tar los hue­vos de galli­na que le obse­quia­ban cuan­do no tenía ham­bre, por no poder dis­cer­nir su uti­li­dad, pues le intri­ga­ba la envol­tu­ra.

El hom­bre roció con gasoil y brea las enor­mes pon­cha­das, las pare­des del exte­rior, y el cor­te de palo rosa que uti­li­za­ban como mesa. Lue­go fue aca­ri­cian­do con su antor­cha aquí y allá, como un mago de la anti­güe­dad domi­nan­te del fue­go. Las lla­mas lamie­ron tími­da­men­te la par­te infe­rior de la casa, pero lue­go tre­pa­ron furio­sas, incon­te­ni­bles, y cre­pi­tan­tes. Se intro­du­je­ron al inte­rior y se lan­za­ron sobre las pon­cha­das hen­chi­das del oro ver­de, for­man­do una dan­tes­ca bar­ba­cuá.

Fre­tes se ale­jó corrien­do, con el calor del fue­go que­mán­do­le la espal­da, en el mis­mo ins­tan­te que las camio­ne­tas de sus per­se­gui­do­res arri­ba­ban al lugar. Escu­chó los dis­pa­ros y sin­tió pasar los pro­yec­ti­les a su alre­de­dor. Tro­pe­zó y cayó en el tri­llo, pero con­ti­nuó has­ta lle­gar a la segu­ri­dad del mon­te. Fue allí don­de se per­ca­tó que Añá no esta­ba en su hom­bro. La había per­di­do.

La bus­có a tien­tas, la lla­mó con susu­rros deses­pe­ra­dos, pero era inú­til, no res­pon­día a sus lla­ma­dos. Aga­za­pa­do como un puma en la espe­su­ra, vio como las luces de los reflec­to­res aba­ni­ca­ban el tri­llo, bus­cán­do­lo.

“¡Te vamos a encon­trar! ¡Vas a ter­mi­nar como el otro! ¡Ladrón infe­liz!” Las ame­na­zas no lo inti­mi­da­ron. Al con­tra­rio: algo se des­per­tó den­tro de él cuan­do nom­bra­ron a su ami­go. Era el odio, la sed de ven­gan­za. Tra­tó de apa­gar esas emo­cio­nes nega­ti­vas, pero se afe­rra­ron a él como espi­nas.

“¡Pero qué cara­jo! ¡Bicho de mier­da! ¡Ahg!” La mal­di­ción y gri­to de dolor de alguien lo hicie­ron acer­car­se al tri­llo. Tuvo un pre­sen­ti­mien­to y no se equi­vo­có. El hom­bre sacu­día vio­len­ta­men­te una de sus pier­nas, tra­tan­do de que la furio­sa coma­dre­ja deja­ra de cla­var­le los col­mi­llos. Con la cula­ta del fusil comen­zó a gol­pear­la, mien­tras tra­ta­ba de ilu­mi­nar­se con la lin­ter­na del celu­lar.

Fre­tes se mate­ria­li­zó de la nada, arro­ján­do­lo al sue­lo con un empe­llón. La sor­pre­sa hizo que el ata­can­te sol­ta­ra su arma. El celu­lar cayó cer­ca de su ros­tro, irra­dian­do con su luz ver­do­sa su ate­rra­da expre­sión. Aho­ra la coma­dre­ja era el menor de sus pro­ble­mas.

Desis­tió de incor­po­rar­se cuan­do el caño de su pro­pia arma se apo­yó en su ros­tro. Fre­tes tomó el celu­lar del agre­sor e ilu­mi­nó a Añá. El ani­mal esta­ba jun­tan­do a sus crías des­pa­rra­ma­das por el sue­lo. Se habían sol­ta­do con el tro­pe­zón de su hui­da. No todas sobre­vi­vie­ron, pues habían sido piso­tea­das por su per­se­gui­dor. Añá las colo­có a todas en su bol­sa mar­su­pial y se tre­pó nue­va­men­te al hom­bro de Fre­tes.

“Yo no . . . ” llo­ri­queó el hom­bre en el sue­lo.

“Cobar­de,” gru­ñó Fre­tes.

“Por favor . . . no quie­ro morir. Mi papá me obli­gó a venir . . . por favor . . . ”

“Este bicho tie­ne más cora­je que todos uste­des,” lo inte­rrum­pió Fre­tes. “Y el hom­bre que ase­si­na­ron tenía un gran cora­zón.”

El mucha­cho que supli­ca­ba no ten­dría más de vein­te años, y aho­ra su vida depen­día de un hom­bre con el tor­so des­nu­do que tenía una coma­dre­ja afe­rra­da al hom­bro.

“Pone­te boca aba­jo y que­da­te quie­to,” le dijo Fre­tes.

“Sí . . . sí, señor . . . por favor, no . . . ”

Unos segun­dos des­pués el joven giró len­ta­men­te la cabe­za y no vio a nadie. El hom­bre y su mas­co­ta se esfu­ma­ron en las penum­bras del mon­te.

El hom­bre de piel more­na y su fami­lia entre­ga­ron el celu­lar a las auto­ri­da­des. Esta­ba todo gra­ba­do. Fre­tes pasa­ría un tiem­po reclui­do en la cár­cel, pero los ase­si­nos de su ami­go lo harían mucho más. Las esta­cio­nes pasa­ron y un man­to ver­de cubrió el patio. Las ceni­zas de la casa incen­dia­da se espar­cie­ron, lle­va­das por los vien­tos de las serra­nías. Las man­dio­cas que plan­tó el hom­bre se pudrie­ron en la tie­rra.

En los calu­ro­sos vera­nos, el árbol de man­go plan­ta­do por Mall­man se car­ga­ba de fru­tos y era apro­ve­cha­do por una gran can­ti­dad de aves y por los peque­ños mamí­fe­ros que venían de la espe­su­ra. Los luga­re­ños lla­ma­ron a ese lugar “cerro de los aco­pia­do­res.”

Sobre el autor:
Orlan­do Javier Cha­mo­rro es un escri­tor misio­ne­ro naci­do en la loca­li­dad de San Igna­cio el 28 de febre­ro de 1966. Su pri­mer libro, “Cica­tri­ces,” fue lan­za­do en 2018 e ins­pi­ra­do por la “impron­ta tan par­ti­cu­lar” de los habi­tan­tes de la pro­vin­cia. Vive en la ciu­dad de Puer­to Igua­zú des­de 1989.