En el medio de la incertidumbre, la bibliodiversidad

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Bibliodiversidad; NEACONATUS; Encabezado

El siguien­te artícu­lo fue ori­gi­nal­men­te publi­ca­do por NEACONATUS el 25 de julio de 2023.

La publi­ca­ción en sopor­te papel se encuen­tra jaquea­da. Podrán cam­biar los for­ma­tos de trans­mi­sión lite­ra­ria, pero narra­ti­vas, ensa­yos, rela­tos y poe­sías, jamás nos aban­do­na­rán.

En NEACONATUS, alter­na­ti­va­men­te, apos­ta­mos por la ora­li­dad del pod­cast en un pro­yec­to con­jun­to con Misio­nes Cul­tu­ral, pero tam­bién repro­du­ci­mos en nues­tra revis­ta digi­tal, en la sec­ción Biblio­di­ver­si­dad los tex­tos leí­dos, subi­dos a las redes con Misio­nes Onli­ne, con­ven­ci­dos que hay dife­ren­tes for­mas de cons­truir lite­ra­tu­ra.

En un recien­te artícu­lo publi­ca­do en la revis­ta digi­tal NEACONATUS, juga­mos con la cer­ca­nía, casi meta­fó­ri­ca, de las pala­bras bio­di­ver­si­dad y biblio­di­ver­si­dad. La pri­me­ra la encon­tra­mos a dia­rio en todo tipo de publi­ca­cio­nes. Por las dudas recor­da­mos que la bio­di­ver­si­dad refe­ren­cia la plu­ra­li­dad de vida, la pro­fu­sión de seres vivos que exis­ten en el pla­ne­ta y las rela­cio­nes com­ple­jas que esta­ble­cen entre sí y con el con­tex­to que los rodea. Fac­to­res que, a tra­vés del tiem­po, han modi­fi­ca­do sus cone­xio­nes e iden­ti­da­des, adap­tán­do­se a cau­sas exóge­nas e inter­nas. Algu­nas natu­ra­les, inape­la­bles y otras arbi­tra­rias, arti­fi­cia­les, casi siem­pre moti­va­das por ese mal bicho que resul­tó ser el humano. Cabe acla­rar que nues­tra fal­ta de sim­pa­tía por los homí­ni­dos la fun­da­men­ta­mos en lo siguien­te. Si en la biós­fe­ra se deter­mi­na algún cam­bio, será fun­da­men­ta­do por nece­si­da­des espon­tá­neas, cuan­do tal varia­ción hue­le a nues­tra inter­ven­ción, segu­ro sona­rán las alar­mas de exi­gen­cias éti­cas con muy mal olor.

Bio y Biblio

Tenien­do, más o menos en cla­ro, el sen­ti­do de la bio­di­ver­si­dad vamos a dar unas vuel­tas alre­de­dor de nues­tra casi apó­cri­fa: biblio­di­ver­si­dad. Para no com­pli­car las cosas podría­mos afir­mar que nos esta­mos refi­rien­do a los dife­ren­tes for­ma­tos que a tra­vés de la his­to­ria uti­li­za­mos para tras­mi­tir nues­tras ideas mate­rial­men­te. Sien­do, has­ta aho­ra, coman­dan­te supre­mo de la comu­ni­ca­ción no oral, el libro. Pero no siem­pre fue un mon­tón de hojas de papel impre­sas y encua­der­na­das lo que pri­mó. Retro­ce­da­mos unos cuan­tos siglos. Lue­go de pasar­se oral­men­te por gene­ra­cio­nes, los poe­mas y las his­to­rias, que casi siem­pre eran sobre temas mito­ló­gi­cos, encon­tra­mos las tabli­llas de made­ra con pic­to­gra­mas, lámi­nas de arci­lla seca­da al sol con jero­glí­fi­cos, tam­bién solían usar­se frag­men­tos de pie­dras puli­das. El papi­ro mar­có ten­den­cia. Hier­bas tren­za­das, algu­nas baña­das en oro, que mejo­ra­ron mani­fies­ta­men­te los gra­fis­mos. Del papi­ro sur­ge el con­cep­to de “hoja”. Tallos vege­ta­les húme­dos cor­ta­dos en tiras muy finas, super­pues­tas en for­ma cru­za­da, for­ma­do una capa que era some­ti­da a seca­do por pre­sión. Tam­bién se uti­li­za­ron esca­mas de tor­tu­gas y omó­pla­tos de cier­vo. Piza­rras de gra­fi­to y cera, folios (lamas) de bam­bú. Con el per­ga­mino lle­ga un sopor­te de mejor cali­dad. Piel de cor­de­ro, ter­ne­ra, gace­la o cabra que se sumer­gía en un baño de cal, lue­go se las esti­ra­ba sobre bas­ti­do­res de made­ra y se ras­ca­ban las pie­les, se las seca­ba al sol y espol­vo­rea­ba con yeso. Era fun­da­men­tal un buen cur­ti­do del per­ga­mino por­que si no podía lle­gar a oler fatal. Con el per­ga­mino y los copis­tas, el libro se iba per­fi­lan­do poco a poco. Pero aún no sali­mos de la edi­ción manus­cri­ta. Duran­te el rena­ci­mien­to con Guten­berg lle­ga la revo­lu­ción de la impren­ta. El ele­men­to esen­cial arri­ba des­de Chi­na, el papel. Se cree que los ances­tros de Mao ya lo ela­bo­ra­ban des­de el siglo II. Para obte­ner la pas­ta de papel mace­ra­ban lino, lue­go lo lava­ban y pren­sa­ban, el pro­ce­so ter­mi­na­ba cuan­do a la pul­pa obte­ni­da le aña­dían agua y almi­dón. Los chi­nos no reve­la­ron esta fabri­ca­ción has­ta el siglo VIII. Los mon­go­les lo trans­fi­rie­ron a los per­sas, y éstos al islam, Los ára­bes a tra­vés de Espa­ña y Sici­lia, final­men­te lle­va­ron a Euro­pa la manu­fac­tu­ra de papel.

Has­ta que, en 1845, un indus­trial ale­mán intro­du­jo el pro­ce­so mecá­ni­co de tri­tu­ra­ción de viru­tas de made­ra para fabri­car la pul­pa. pro­ce­di­mien­to que gene­ra­ba un áci­do que que­ma­ba, cuar­tea­ba y agrie­ta­ba el papel dán­do­le un no desea­do color ama­ri­llo. De todos modos, millo­nes de libros han dado la vuel­ta al mun­do has­ta hoy. Aun­que el papel pue­da ser sus­ti­tui­do para cier­tos usos por mate­ria­les sin­té­ti­cos, segui­rá con­ser­van­do una gran impor­tan­cia en nues­tra vida y en el entorno dia­rio como un artícu­lo per­so­nal, difí­cil­men­te sus­ti­tui­ble.

Entramos en la dimensión virtual

Pero ten­ga­mos muy en cuen­ta la apa­ri­ción y veloz apo­geo de la infor­má­ti­ca y los nue­vos sis­te­mas de comu­ni­ca­ción digi­tal. Per­mi­ten la escri­tu­ra, alma­ce­na­mien­to, pro­ce­sa­mien­to, trans­por­te y lec­tu­ra de tex­tos, y has­ta el hiper­tex­to, con medios elec­tró­ni­cos más con­ve­nien­tes. La digi­ta­li­za­ción ha demos­tra­do una efi­ca­cia indis­cu­ti­da como sis­te­ma de archi­vo y línea de trans­fe­ren­cia a dis­tan­cia de tex­tos. Si quie­ro leer ya una obra, obvian­do los tiem­pos y gas­tos del correo pos­tal, sim­ple­men­te envío un WhatsApp soli­ci­tan­do el con­te­ni­do en PDF. Pero otras opcio­nes no tan­gi­bles, sugie­ren dife­ren­tes nive­les de éxi­to. Por ejem­plo, los libros digi­ta­les han toca­do un techo. Hace unos años se pen­sa­ba que la lec­tu­ra con un sopor­te elec­tró­ni­co tar­de o tem­prano des­pla­za­ría a los libros físi­cos. Las ven­tas han caí­do des­de 2011 y empre­sas como Sony han des­con­ti­nua­do sus ofer­tas digi­ta­les. El e‑book se fre­nó, pero aún tie­ne bue­nas posi­bi­li­da­des en la dimen­sión de la auto­edi­ción. Los cos­tos de publi­car un libro físi­co son cada vez más altos, y los aho­rros que un par­ti­cu­lar pudo reu­nir para lograr su sue­ño, día a día son devo­ra­dos por la infla­ción o la suba del dólar. Un mes que se tar­da en cerrar el tra­to con la impren­ta se pier­de de un 8 a un 10%. Sin tener en cuen­ta cuan­to subirá sus aran­ce­les el dise­ña­dor edi­to­rial. 

Sin embar­go, otras opcio­nes para acce­der a obras se decan­tan por la ora­li­dad, el audio­li­bro y el pod­cast pisan fuer­te y logran una acep­ta­ción impre­vis­ta. La escri­tu­ra opti­mi­za el enla­ce con ideas, pero el audio­li­bro per­mi­te acce­der a momen­tos lite­ra­rios mien­tras se vive la coti­dia­nei­dad de las tareas domés­ti­cas, se con­du­ce un móvil, se tra­ji­na en el gim­na­sio. Al menos así lo publi­ci­tan sus pro­duc­to­res. Que­da pre­gun­tar­se si es jus­ti­fi­ca­do gene­rar espa­cios lite­ra­rios en estas ins­tan­cias tri­via­les.

El pod­cast es tam­bién un archi­vo de audio digi­tal para ser escu­cha­do. A dife­ren­cia del audio­li­bro que es un pro­duc­to uni­ta­rio pues pode­mos audi­cio­nar des­de el prin­ci­pio al fin el tex­to dra­ma­ti­za­do, un pod­cast se pre­sen­ta en epi­so­dios con una perio­di­ci­dad deter­mi­na­da. Tie­ne una cier­ta cer­ca­nía con el mági­co radio­tea­tro, suma millo­nes de adep­tos en todo el mun­do y, pare­ce ser, muy apto para dis­fru­tar antes de con­ci­liar el sue­ño.

Barajar y dar de nuevo

Aho­ra toca tener en cuen­ta que el libro en sopor­te papel gene­ra, un cier­to impac­to ambien­tal duran­te el pro­ce­so de su fabri­ca­ción. Lo cual nos lle­va a con­si­de­rar como opción inelu­di­ble: aho­rrar y reci­clar el papel y el car­tón. El papel se fabri­ca con la celu­lo­sa, una pas­ta que se ela­bo­ra a par­tir de árbo­les. La coli­sión de la fabri­ca­ción del papel sobre los bos­ques tie­ne una con­si­de­ra­ble inci­den­cia. Sin embar­go, hay que decir que con 15 árbo­les (2400 Kg) de made­ra, se hace 1(una) tone­la­da de papel. ¿es mucha depre­da­ción? Cree­mos que no, si exis­tie­ra una polí­ti­ca de refo­res­ta­ción. Más aten­dien­do que el con­su­mo de papel se ha dis­pa­ra­do de for­ma expo­nen­cial: se ha mul­ti­pli­ca­do por vein­te des­de 1913 y espe­cial­men­te en las últi­mas déca­das con la apa­ri­ción de la foto­co­pia­do­ra, el fax, la compu­tado­ra con sus impre­so­ras, los plot­ters…

Para los eco­lo­gis­tas la indus­tria pape­le­ra pue­de pro­vo­car una mala ges­tión de los bos­ques que pro­du­cen su mate­ria pri­ma (mono­cul­ti­vos, ges­tión insos­te­ni­ble, pér­di­da de bio­di­ver­si­dad). Y, ade­más, nece­si­tan gran­des can­ti­da­des de ener­gía, por lo que en caso de no uti­li­zar recur­sos reno­va­bles o con poco con­te­ni­do en car­bono, pue­den ser focos sig­ni­fi­ca­ti­vos de emi­sio­nes de CO2. Sin embar­go, esto no pue­de sig­ni­fi­car la des­apa­ri­ción de la indus­tria edi­to­rial inde­pen­dien­te, que con tira­das on demand se la jue­ga por nue­vos autores/as y géne­ros expe­ri­men­ta­les. Toca­rá estu­diar un dise­ño edi­to­rial que se adap­te a menos can­ti­dad de pági­nas, regre­so al famo­so “libro de bol­si­llo” y agu­zar el inge­nio crea­ti­vo.

Es tiem­po de apor­tar solu­cio­nes que ape­len al sen­ti­do común: Evi­tar el uso del papel siem­pre que sea posi­ble pre­fi­rien­do el for­ma­to digi­tal. Uti­li­zar de for­ma pre­fe­ren­te papel reci­cla­do. Evi­tar impri­mir docu­men­tos inne­ce­sa­rios. Reuti­li­zar el papel para impri­mir a doble cara, al menos para docu­men­tos inter­nos. Pro­te­ger las publi­ca­cio­nes lite­ra­rias. Cons­ti­tuir cier­tos bare­mos de elec­ción. En sín­te­sis, menos docu­men­tos buro­crá­ti­cos en papel y pri­vi­le­giar el libro, sobre todo el infan­til. Estas ideas, que bien podrían ser nor­mas a seguir, ten­drían que hacer­se obli­ga­to­rias, y el Esta­do (el mayor usua­rio de papel) debe­ría ser el pri­me­ro en apli­car­las.

Sin embar­go, el libro cum­ple una fun­ción ínti­ma, sobre todo en las pro­vin­cias, inusual sería que esta situa­ción se cele­bre en ciu­da­des cos­mo­po­li­tas. Nos refe­ri­mos al even­to “casual” del rega­lo ines­pe­ra­do. Por ejem­plo, uno va cami­nan­do por la calle y se encuen­tra con un ami­go o ami­ga, ya sea en una esqui­na o en un café. Difí­cil que saque del bol­si­llo su telé­fono celu­lar y le diga: “tomá, esto es para vos, mi últi­mo celu Sam­sung”, tam­bién pue­de abrir el bol­so y sor­pren­der al cófra­de afir­man­do: “Con mucho afec­to, te obse­quio mi Tablet iPho­ne”. Impro­ba­ble. Pero segu­ro, como si media­ra pura impre­vi­sión, ambas per­so­nas, pue­den hacer apa­re­cer por arte de magia un libro, y decir: “Con todo mi cari­ño te rega­lo mi últi­mo poe­ma­rio, espe­rá que te lo fir­mo y dedi­co…” Esce­na que se repe­ti­rá una y otra vez en toda la ciu­dad, unas dece­nas de veces al día. Como un acto de amis­tad, de amor, de inter­cam­bio afec­ti­vo de un bien sim­bó­li­co muy pre­cia­do para com­par­tir. Ni que hablar si en la tran­sac­ción afec­ti­va, ade­más de mutuo apre­cio se suma un fac­tor idí­li­co. Ese libro “rega­la­do” será ate­so­ra­do de por vida. Tal vez el ejem­plo sea un tan­to cur­si y empa­la­go­so, pero suce­de, de veras. ¿A quién no le pasó en algún momen­to de su vida? ¿Des­apa­re­ce­rán los péta­los de flo­res ate­so­ra­dos duran­te años entre un par de pági­nas? ¿El tic­ket guar­da­do de un con­cier­to de Los Beatles? ¿Los apun­tes manus­cri­tos en los már­ge­nes?

Una refe­ren­cia sin­gu­lar. Cuan­do se requie­re fun­da­men­tar una acción pro­gre­sis­ta, difí­cil que no se remi­ta a Sue­cia. Pues en los últi­mos días nos hemos ente­ra­do que la actual minis­tra de Edu­ca­ción, Lot­ta Edholm, en un artícu­lo publi­ca­do en el dia­rio sue­co ‘Expres­sen’, com­par­tía sus reti­cen­cias a los bene­fi­cios de las pan­ta­llas en las aulas. «Los libros (de tex­to) tie­nen ven­ta­jas que nin­gu­na tablet pue­de sus­ti­tuir». Asi­mis­mo, pro­mue­ve el retorno a la escri­tu­ra manus­cri­ta, pues con­si­de­ra que el abu­so de la pan­ta­lla había pro­vo­ca­do el des­cen­so del nivel de com­pren­sión lec­to­ra entre los niños sue­cos, aler­tan­do del ries­go de crear «una gene­ra­ción de anal­fa­be­tos fun­cio­na­les».

Esto en cuan­to al sus­ten­to libro, pero noso­tros que­re­mos ampliar el con­cep­to de biblio­di­ver­si­dad. Por­que empal­ma­do con la pro­ble­má­ti­ca del papel exis­te un peli­gro cola­te­ral, que devie­ne de la alta con­cen­tra­ción de la edi­ción. Las gran­des edi­to­ria­les, que son las que pue­den com­prar inmen­sas can­ti­da­des de papel, y tie­nen tira­das de 20.000 volú­me­nes o más, con­cen­tran tam­bién las temá­ti­cas de sus catá­lo­gos, que se redu­cen a lo más ven­di­ble. O sea, que­dan afue­ra obras de artis­tas no cono­ci­dos o pocos cono­ci­dos por el gran públi­co. Las peque­ñas edi­to­ria­les sufren el des­abas­te­ci­mien­to, y con ellas los y las escritores/as y poe­tas que no tie­nen acce­so a los “mons­truos” edi­to­ria­les a nivel glo­bal. Los temas se aco­tan. Es una mane­ra de homo­ge­ni­zar las men­tes. No esta­mos hacien­do fan­ta­sía, es así. Por­que uno es lo que lee. Si lee­mos solo best sellers, pen­sa­re­mos en tér­mi­nos sim­plis­tas y super­fi­cia­les, o que la lite­ra­tu­ra es “eso”.