Partió Ramón Ayala, compartimos un duelo colectivo

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A con­ti­nua­ción, trans­cri­bi­mos su voz des­de la entre­vis­ta regis­tra­da en el libro Letris­tas. La escri­tu­ra que se can­ta, rea­li­za­da por Ale­jan­dro Güe­rri y Fede­ri­co Merea (Edi­to­rial Gour­met Musi­cal).

29 de octu­bre de 2013, Bal­va­ne­ra. Bue­nos Aires.

De carne y hueso

Yo creo fina­men­te que el crea­dor debe tener dos bue­nas pier­nas en sus obras. Si es una can­ción o si es un poe­ma can­ta­do, la músi­ca y la letra deben ser dos bue­nas pier­nas de car­ne y hue­so, por­que si una es pata de palo y otra de car­ne y hue­so está ren­guean­do, y nun­ca lle­ga­rá a tener la mag­ni­tud que tie­nen las obras ver­da­de­ras. Y yo digo con una máxi­ma, que no sé si máxi­ma o míni­ma, y tam­po­co sé si es mía, pero has­ta aho­ra no pro­tes­tó nadie, que dice: “El talen­to sin el cono­ci­mien­to es un páli­do ins­tru­men­to”.

El río

El río es un per­so­na­je vivo, vivo como ele­men­to fun­da­men­tal y como via­je, es el eterno via­je. Y el hom­bre tam­bién es un río por­que el hom­bre se va, anda por las dis­tan­cias, y muchos de ellos vuel­ven a morir a la tie­rra, la mayo­ría vuel­ven, sin que él se dé cuen­ta por el impe­rio de las raí­ces que lo aquie­tan. Enton­ces, el río es la fuen­te fun­da­men­tal del asom­bro por­que nadie sabe qué pue­de traer el río.

Fija­te vos que ahí, fren­te a Misio­nes, el río tie­ne 4 km de ancho y el puen­te tie­ne 4000 metros. Ima­gi­ne­mos lo que es una cua­dra y lo que son 10 cua­dras, que sería 1 km. Bueno, es 4 veces eso, son 40 cua­dras de río. Es asom­bro­so, es impen­sa­ble inclu­so, o inasi­ble.

Y el río es mil cosas más: el pes­ca­dor, el ali­men­to, el pez. Así tam­bién es tan vio­len­to. Es un per­so­na­je vivo, es asom­bro­so. Yo ten­go una can­ción que dice: “Soy el Para­ná / cuer­po de tor­men­ta y sol / siglos del andar / dibu­jan­do el cli­ma azul por el mis­te­rio que me lle­va al mar / Vol­ve­ré / cerra­zón, lito­ral / gri­to en el fra­gor / los caba­llos del amor / en mi voz…”.

Wanda

Cuan­do nom­bro luga­res, debe ser por­que algo ha trans­cu­rri­do ahí. Si yo te digo Wan­da, el nom­bre de mi pue­blo, es por­que Wan­da era una prin­ce­sa pola­ca que murió. Se tiró al río Vís­tu­la en Polo­nia por­que los seño­res bolu­dos y ecues­tres, a caba­llo de lo que ellos creían que era la ver­dad, aque­llos tipos que se creían los due­ños de todo, due­ños del ser humano y tam­bién de su vida y de su volun­tad, la obli­ga­ron a casar­se con un señor de san­gre azul. Pero ella pre­fi­rió un tipo de san­gre roja, que era un ple­be­yo. Enton­ces, como la obli­ga­ban a casar­se, fue, se tiró al río y murió. Y que­dó un sím­bo­lo, ¿no?, un mito, una leyen­da. Cuan­do vinie­ron acá los pola­cos, levan­ta­ron un pue­bli­to en el Alto Para­ná, al que le pusie­ron Wan­da, y yo he hecho una can­ción que se lla­ma Wan­da, mi pue­blo. Es ado­ra­ble, por­que hay cosas que son úni­cas. Bah, todo es úni­co, este ins­tan­te que esta­mos vivien­do no se repi­te jamás por los siglos de los siglos, este ins­tan­te, aho­ra.

Así que ima­gi­na­te el valor que tie­ne este ins­tan­te que podría ser intras­cen­den­te, pero no, es fun­da­men­tal­men­te vivo y tras­cen­den­te por­que este tiem­po nos va lle­van­do a la his­to­ria, este tiem­po que se va al foso de los tiem­pos y noso­tros que nos vamos a un final inde­cli­na­ble, que es la muer­te. Da mie­do, huya­mos aho­ra que esta­mos a tiem­po, ja ja.

Cuan­do vos decís en una can­ción Wan­da, decís Posa­das, decís Misio­nes, decís Garo­pa­ba, decís El Dora­do, decís Mon­te­car­lo, Igua­zú, pri­me­ro le da terri­to­ria­li­dad, lo afin­ca en un lugar ina­mo­vi­ble. Nadie pue­de mover un ápi­ce eso, está encla­va­do ahí como una esta­ca, un monu­men­to que está cla­va­do. Enton­ces, tie­ne un fin terri­to­rial y un fin demos­tra­ti­vo. Tam­bién hay aquí una inten­ción siem­pre de mos­trar una región des­co­no­ci­da…

No había pen­sa­do nun­ca en esto, aho­ra me doy cuen­ta. Uno hace las cosas por ini­cia­ti­va pro­pia, por­que algo o alguien le man­da de hacer eso. Ade­más, pien­so que, sin ser reli­gio­so ni creer en eso­te­ris­mo ni reen­car­na­cio­nes, pare­cie­ra que alguien se apo­de­ra de uno y te dice: “Vos tenés que hacer esto aho­ra, maña­na pue­de ser tar­de”. Y si no te dice, te man­da a hacer y vos obe­de­cés como un cor­de­ri­to sin saber que te están man­dan­do.

Darles el alta

Hace un rato me encuen­tro aquí con una letra de un ami­go que me dio hace tiem­po y que me aco­sa de vez en cuan­do para que le pon­ga una músi­ca. Se lla­ma Pira­güí, que es una prin­ce­sa india de las aguas que apa­re­ce en el río. Y ya empe­cé a hacer­le la músi­ca para esta can­ción leyen­da. Debo tener más o menos unas 200 can­cio­nes comen­za­das, cap­tu­ra­das, encap­su­la­das, que están espe­ran­do el momen­to en que le demos el alta para que sal­gan can­tan­do.

Uno vive dentro del misterio

Muchas veces, la músi­ca y la letra nacen simul­tá­nea­men­te. Es tan mis­te­rio­so esto, es un mis­te­rio. Lo que pasa es que uno vive den­tro del mis­te­rio y no se da cuen­ta, así como el ser humano vive den­tro de la mara­vi­lla coti­dia­na (supues­ta­men­te coti­dia­na) y no se da cuen­ta de que está vivo. ¡Eso es tre­men­do, eh! Son muer­tos vivos que andan por la calle. Por­que estar vivo no sig­ni­fi­ca res­pi­rar, no sig­ni­fi­ca exis­tir ni durar, estar vivo sig­ni­fi­ca ejer­cer la vida. Dar­se cuen­ta de que uno es autó­no­mo, due­ño de su vida, de su pai­sa­je y de su tiem­po de exis­ten­cia, y morir­se en paz. Pero la mayo­ría viven des­po­tri­can­do del día, de la mujer, de los hijos, del país, viven ator­men­tán­do­se y están dila­pi­dan­do el capi­tal más impor­tan­te de todas las gala­xias que es la vida, que es la que nos per­mi­te meter el hoci­co en la mara­vi­lla. A mí me cau­sa una pena inte­rior ver­los, ver la magia que son y la mara­vi­lla que sig­ni­fi­can y lo pobres de men­tes que son.

Me cau­san pena por­que digo estos pobres tipos están con­de­na­dos a una muer­te que pue­de acu­dir en cual­quier momen­to y han pasa­do por la magia, por úni­ca vez en los mile­nios, y no se han dado cuen­ta. ¡Qué tris­te­za! Pero qué va a hacer, así fue hecho.

Tam­bién hay una ley que te gra­ti­fi­ca. Si todos son vivos, ¿qué nos que­da para noso­tros que somos vivos de ver­dad? Bue­nos, si se avi­van ellos, no habría nin­gu­na dife­ren­cia. En cam­bio, así, por lo menos te que­da el rebro­te o el títu­lo o el aura de que vos estás vivo. Pero si esta­mos todos vivos, esta­mos jodi­dos.

Sin el asombro no existe nada

El duen­de es ese mis­te­rio que de pron­to apa­re­ce en cual­quier rin­cón del pai­sa­je y te mete mie­do por’ai, eh, ojo. Nadie ha vis­to a Dios y mucha gen­te cree en Dios, nadie ha vis­to al Pom­be­ro y muchí­si­ma gen­te cree en ellos. Enton­ces, el mis­mo dere­cho tie­ne aquel que no ha vis­to a Dios nun­ca y cree fir­me­men­te en él (y algu­nos han dado la vida por Dios) que ese cam­pe­sino que vive en com­pa­ñía del Pom­be­ro. Por­que, así como ese mis­te­rio de la apa­ri­ción exis­te, tam­bién está el mis­te­rio del hom­bre. Yo pre­gun­ta­ría: ¿cuál fue el pri­mer hom­bre? ¿Cuál fue la pri­me­ra raza? A ver, si uno tie­ne intui­ción de dón­de ha sali­do el hom­bre. Estoy segu­ro que nadie me podría con­tes­tar, ¿o sí?

Por­que se han encon­tra­do hue­sos de pte­ro­dác­ti­los, dino­sau­rios, gigan­to­sau­rios, los pri­me­ros peces, se han encon­tra­do en las cor­di­lle­ras, arri­ba, estre­llas de mar, pul­pos petri­fi­ca­dos y los hue­sos de un habi­tan­te, no de una raza. Si aho­ra esta raza des­apa­re­cie­ra, habría millo­nes de hue­sos den­tro de mil años. Pero, ¿dón­de están los hue­sos ante­ce­so­res de noso­tros? Los que nos han pari­do, ¿dón­de están? El hom­bre para mí es un ser extra­te­rres­tre, el hom­bre para mí es una expe­rien­cia espa­cial. Debe haber habi­do algu­na vez en algu­na gala­xia, seres muy evo­lu­cio­na­dos que habían des­cu­bier­to sis­te­mas de tras­la­ción y de movi­li­za­ción astral que hacían peli­gro­sa la vida de las gala­xias, por­que si aho­ra mis­mo uno aprie­ta un botón y hace volar media nación con una bom­ba ató­mi­ca, ima­gi­na­te lo que sería en una civi­li­za­ción mucho más avan­za­da que noso­tros en el espa­cio.

Enton­ces, para sal­var a esas cria­tu­ras del espa­cio, han veni­do a una tie­rra que no se lla­ma­ría Tie­rra, se lla­ma­ría Agua por­que esta tie­ne la mayor can­ti­dad de agua y tie­ne la mis­ma dimen­sión de agua que tie­ne el cuer­po humano, el 70%. Mirá vos si sere­mos espa­cia­les noso­tros, apar­te de ser espe­cia­les. Y bueno, es una magia todo esto, ¿que­rés que te diga la ver­dad? Esto es un asom­bro para abrir una boca de rino­ce­ron­te así, y no creer­se ser abso­lu­to y sober­bio. Eso es para los bolu­dos, Dios mío.

A vos te fal­ta el tiem­po para asom­brar­te, her­mano, de lo que es la natu­ra­le­za. Mi can­ción tie­ne mucho de eso, de cós­mi­co, de espa­cio, de asom­bro. Sin el asom­bro no exis­te nada. El asom­bro es el niño que todo ser humano lle­va aden­tro, pero que por olvi­do o por des­co­no­ci­mien­to el hom­bre va matan­do a ese niño y es un pobre jugue­te en la marea del tiem­po, y pier­de la capa­ci­dad de asom­bro y pier­de todo, y cree que está de vuel­ta de todo sin haber par­ti­do toda­vía, por­que no se asom­bra y se vuel­ve una som­bra, y al final ter­mi­na tira­do en cual­quier alfom­bra.

Una aventura

La rima para mí es la músi­ca de la pala­bra. Si vos decís: “Voy por estas calles sole­do­sas / lle­van­do den­tro de mí / un ramo de cosas mis­te­rio­sas. / Voy siem­pre con el olor de tu piel / de sabor a rosas / cami­nan­do hacia el hori­zon­te / don­de el día se des­tro­za”. ¿Qué te pare­ce? Esto lo aca­bo de hacer aho­ra. Debe tener la humil­dad de la rosa, la magia del hori­zon­te, la sole­dad y el día que se par­te en el cre­púscu­lo. Ante lo peque­ño del amor, que es gran­de tam­bién, tenés el día que se hace peda­zos en el hori­zon­te. En cua­tro pala­bras, ¡qué fan­tás­ti­co el idio­ma! Y más el cas­te­llano.

La rima es una aven­tu­ra. Mirá lo que salió recién. Un poe­ma cós­mi­co hablan­do de la rosa, del amor, de la calle sole­do­sa y de la acti­tud mis­te­rio­sa del hom­bre que cree saber­lo todo y no se da cuen­ta de que él es un mis­te­rio. Es para llo­rar de emo­ción y de con­go­ja tam­bién.

La magia de la vida

Creo que la metá­fo­ra es una vía que va jun­to al camino real. Va el camino y al lado va un cami­ni­to mis­te­rio­so que se arri­ma. Así como el tibu­rón lle­va un peque­ño pez que va pega­do a él que se lla­ma per­can­ta (de ahí vie­ne el tan­go ese de la per­can­ta), así tam­bién la reali­dad, por más seve­ra que sea, tie­ne una línea que va al cos­ta­do que es la línea del amor, la línea de la ins­pi­ra­ción, la línea mis­te­rio­sa, que de pron­to bebe en esa otra reali­dad y la trans­for­ma, se enros­ca en ella, se fun­den. Es la magia, la magia de la vida.

La canción te pide

El reci­ta­do en las can­cio­nes es una nece­si­dad por­que nadie reci­ta por­que se lo pro­pon­ga o por­que quie­re, por­que sue­na fal­so o gran­di­lo­cuen­te. Uno dice las cosas por­que las sien­te, por­que las nece­si­ta. Hay una can­ción que se lla­ma Los lapa­chos ama­ri­llos que cre­ce con el poe­ma que tie­ne al lado, que es de un poe­ta que se lla­ma Car­los Mar­tí­nez Gam­ba, un para­gua­yo que murió allá por el Alto Para­ná, en Puer­to Rico. Y había un tipo ahí, un inten­den­te des­ca­be­za­do, que no era el hom­bre sin cabe­za de la pelí­cu­la, pero algo así. El tipo vio que los árbo­les levan­ta­ban las vere­das de la pla­za y eran unos árbo­les mara­vi­llo­sos los lapa­chos ama­ri­llos. En tiem­pos de pri­ma­ve­ra se hacía toda una alfom­bra ama­ri­lla la pla­za. Una cosa de asom­bro. Y al tipo no se le ocu­rrió una cosa más bue­na que meter­les hacha, y empe­za­ba a vol­tear los árbo­les. Y el poe­ta este había crea­do un movi­mien­to pro defen­sa de los lapa­chos ama­ri­llos e hizo un poe­ma.

Yo que soy pata de perro, por­que andu­ve en todos lados, lle­gué a Puer­to Rico y Mar­tí­nez Gam­ba me dice: “a ver, Ramon­ci­to, ¿qué te pare­ce esto?”. Enton­ces, yo encon­tra­ba que, en la músi­ca para esta can­ción, había una repe­ti­ción de las for­mas y sen­tía que había que cam­biar­la. Yo soy enemi­go del son­so­ne­te, de la reite­ra­ción por­que eso cau­sa mono­to­nía. No, no, para eso es mejor no hacer nada. Y esta can­ción va a ser un gol, como Posa­de­ña lin­da. Me dan ganas de llo­rar, me sobre­co­ge (per­dón por la mala pala­bra).

La can­ción te pide, la can­ción te mode­la, cuan­do vos sabés oír a la can­ción, cuan­do sos un ver­da­de­ro crea­dor. Si no, sos un some­te­dor de pala­bra y de músi­ca, y al final que­da una cosa sopor­ta­ble, pero no emo­cio­na­ble. La emo­ción tie­ne que ser libre, como un pája­ro que vue­la.

Tierra guaraní

La tie­rra que yo can­to es tie­rra gua­ra­ní, por­que a mí me apor­tan el pai­sa­je y las pala­bras en gua­ra­ní. “Garu­pá”, por ejem­plo. ¿Sabés qué quie­re decir “garu­pá”? La ver­da­de­ra pala­bra es iga­ru­pá, “i” es agua (Igua­zú, ibe­rá, ipa­ca­raí, ¿enten­dés?), todo es agua. Itu­zain­gó, quie­re decir “río de nie­bla sus­pen­di­da”, garu­pá quie­re decir “río cama de mus­go”. “Rupa” es cama. Cuan­do se dice “yagua­ru­pa”, esas camas todas revuel­tas que no las hacen nun­ca, que tie­nen mal olor, se les lla­ma “yagua­ru­pa”: “yagua” es perro, “rupa” es cama, cama de perro. “Ende­co­ya­gua­ru­pa” sig­ni­fi­ca vos tenés cama de perro.

¿Sabés que el gua­ra­ní tie­ne 12 voca­les? Y el cas­te­llano tie­ne 5. Ima­gi­na­te un idio­ma que ten­ga 12 voca­les, la sono­ri­dad que tie­ne que tener. Fija­te que el gua­ra­ní para decir sabio o poe­ta, le lla­man “aran­dú”; “ara”es tiem­po, “gen­dú” que oye: “el que oye la voz del tiem­po”. Es inmen­so, no creo que haya un país don­de se le diga al sabio, al poe­ta fun­da­men­tal­men­te, que oye la voz del tiem­po. ¿Uste­des escu­cha­ron algu­na vez? Yo nun­ca escu­ché en mi vida. Al niño, ¿sabés cómo le lla­man? El para­gua­yo le dice “mitaí”: “mita” chi­co, “i” chi­qui­to. “Gurí” le dicen por la zona de Misio­nes, Entre Ríos, pero en Corrien­tes le dicen “cunu­mí”, que vie­ne de ter­nu­ra, “cunuu” es ter­nu­ra.

La tierra de uno

Podría­mos decir la tie­rra roja y podría­mos decir la tie­rra misio­ne­ra, como se pue­de decir la tie­rra de Neu­quén, la Tie­rra del Fue­go o de Sal­ta, por­que tie­ne la dimen­sión del amor que vos pro­fe­sás por tu tie­rra. Una vez en Río Galle­gos, yo que­ría que una seño­ra me ense­ña­ra algu­nas cosas de ahí para tener un poco de his­to­ria y todo eso. Está­ba­mos con­ver­san­do así y le digo: “¿Qué extra­ña, o qué extra­ñó cuan­do se fue de acá?”. “Se va a reír, Ramón. El vien­to”. Lo que para noso­tros sería un desas­tre y a lo mejor nos des­co­jo­na­ría, uuuuuu, uuuuuu, todo el día ese rugi­do del vien­to, para ella era una músi­ca. Enton­ces la tie­rra colo­ra­da para noso­tros, los misio­ne­ros, más allá del color, es el color de nues­tra tie­rra, y ade­más con todos los con­di­men­tos que ella trae, que trae una poten­cia­li­dad de hie­rro, que hace cre­cer una sel­va inmen­sa, diría un fan­ta­sis­ta “de un día para el otro”, y así es.

Te voy a decir una cosa más, vis­to des­de el pun­to de vis­ta plás­ti­co, así como el negro es al blan­co, si vos pin­tás una cara, esta par­te sería negra o gris oscu­ra o ver­de negra, y aquí pon­drías un blan­co cáli­do en esa mis­ma pro­por­ción. Si vos tenés aquí una luz ama­ri­lla, aquí tenés que poner una luz vio­le­ta, vio­lá­cea, por­que el vio­le­ta es el com­ple­men­to ele­men­tal del ama­ri­llo en el arcoí­ris, así como el naran­ja es al azul, el ver­de es al rojo. Eso que pare­ce tan sim­ple, es tan mis­te­rio­so, por­que aque­llas cosas que están más a la vis­ta son las que menos se ven, por­que el hom­bre no ve por los ojos, el hom­bre ve por el cere­bro. Los ojos son unos alcahue­tes del cere­bro, tal es así que vos podés estar con una per­so­na aquí, mirán­do­la y no la ves. Estás vien­do allá atrás, que están hacien­do aque­llos indi­vi­duos allá atrás. Enton­ces vos estás con­ver­san­do con alguien, pero tu men­te está allá y tus ojos tam­bién están allá, tus ojos pue­den estar acá, pero tu men­te está allá, por­que estás vien­do por el rabo del ojo. Enton­ces no cuen­ta el ojo, cuen­ta el cere­bro, enton­ces ese color vis­to por el cere­bro es el color de la tie­rra de uno.

Y mirá, el color es la luz, el color es el fru­to de la luz. El color sur­ge por­que se des­com­po­ne la luz y aden­tro está el color de la luz. Enton­ces pon­de­rar el color es tener tam­bién una pre­dis­po­si­ción hacia el color y es amar la luz, y es ves­tir todo el poe­ma con color, por­que el color es como el olor, el hedor a la muer­te, al aro­ma de la flor, todo eso es com­ple­men­to, son sus­tan­cia de la lite­ra­tu­ra.

Tenemos que homenajearlo

Yo no me he pro­pues­to poner­me a hacer una con­ta­bi­li­za­ción de los ofi­cios. Sin embar­go, fue una cosa intui­ti­va can­tar a los hace­do­res de la pro­vin­cia, a los hace­do­res de la vida, que son los tra­ba­ja­do­res. Yo soy un tipo que estoy ata­do a los movi­mien­tos socia­les, que son nece­sa­ria­men­te los que cons­tru­yen la vida del hom­bre, y que la mejo­ran. Por ese moti­vo esta­mos todos sen­ta­dos en una silla, en vez de estar sen­ta­dos en el sue­lo, por­que hubo hace­do­res que han hecho las sillas y las mesas. Enton­ces hay que agra­de­cer y can­tar­le al car­pin­te­ro. Y bueno, yo soy un tipo así, que me sor­pren­do y me asom­bro de todas estas cosas, y tra­ba­jé mucho, tra­ba­jé mucho…

Hemos apor­ta­do pala­bras y ofi­cios que eran des­co­no­ci­dos aquí, y que son total­men­te des­co­no­ci­dos toda­vía. El cacha­pe­ce­ro, por

ejem­plo. Una vez, una seño­ra me pre­gun­tó si era el que cacha­ba peces en el río. “Cacha­pé” es un carro sobre el que lle­van el árbol muer­to, el abue­lo cen­te­na­rio, en un via­je de esos túne­les del mon­te que son las pica­das, rum­bo a las barran­cas don­de lue­go se con­vier­te, por impe­rio de la caí­da al río Para­ná, en una inmen­sa jan­ga­da y empie­za a deri­var hacia las gran­des ciu­da­des, las fac­to­rías, don­de vuel­ve el árbol otra vez a estar con noso­tros, aquí, en una mesa, en una silla, en esa ala­ce­na… Fija­te vos, una mara­vi­lla. Así que noso­tros, los que no hemos tra­ba­ja­do por hacer cre­cer el árbol, ni tam­po­co por vol­tear­lo, ¿qué tene­mos que hacer? Tene­mos que home­na­jear­lo, papá. Inclu­so hacer­le ver a toda esa man­ga de ban­di­dos que son depre­da­do­res natu­ra­les, hacer­les ver los valo­res que tie­nen ellos como per­so­nas y los valo­res de la natu­ra­le­za, esa es nues­tra labor.

Por eso murió Jesu­cris­to, por­que vino a pre­di­car qué era el hom­bre, y cómo había que sal­var­lo, igual que lo aga­rra­ron los mata­do­res y lo cru­ci­fi­ca­ron. Digo Jesu­cris­to como digo Che Gue­va­ra. Yo estu­ve con el Che Gue­va­ra en Cuba, y ahí me ente­ré que él can­ta­ba El men­sú en los fogo­nes de la Sie­rra Maes­tra, ¿qué me decís?

Cier­ta per­fec­ción

Yo estoy corri­gien­do siem­pre. Este cua­dro que está ahí, lo puse allí cre­yen­do que ya esta­ba y, sin embar­go, aho­ra des­cu­bro que ese blan­co que está aquí, está soli­to en todo el cua­dro. Enton­ces aquí tie­ne que haber un equi­li­brio, una luz más cla­ra que va a con­tras­tar con todo ese ama­ri­llo cáli­do que está aquí y enton­ces hacer una rima plás­ti­ca. Y este cua­dro lo estoy pin­tan­do hace como vein­te días ya y no aga­rré el pin­cel toda­vía.

Ten­go mie­do de aga­rrar el pin­cel, ¿sabés por qué? Por­que aga­rrar el pin­cel te atra­pa de tal mane­ra que empe­zás como un loco a tra­ba­jar con diez manos, que no tenés, tie­nen que ser dos solas. Y con las letras es igual. Es pre­fe­ri­ble supe­di­tar la pala­bra a la músi­ca y no la músi­ca a la pala­bra, sal­vo casos espe­cia­les.

Esta can­ción de Los lapa­chos ama­ri­llos ya tie­ne como cin­co, seis años o más, y nun­ca la can­té en mi vida y es una bellí­si­ma can­ción, bellí­si­ma. A mí me pro­du­ce un esca­lo­frío esta can­ción, pero ¿sabés por qué? Por la com­pro­ba­ción del con­te­ni­do que tie­ne, el alien­to y tam­bién el logro de la can­ción, la estruc­tu­ra lumi­no­sa que tie­ne. Enton­ces eso me pro­du­ce una con­jun­ción de ale­gría, de ver que vos has pari­do una cosa que tie­ne cier­ta per­fec­ción y que tie­ne un tem­blor aden­tro que te con­mo­cio­na. Está hecha ya, es ina­mo­vi­ble.

Hay otras que están medio ren­gui­tas, que vos te das cuen­ta de que fue­ron hechas con todo el entu­sias­mo, pero les fal­tó tiem­po. Por eso es que no salie­ron tan bien, pero vos tenés el caso de El men­sú, que es una obra redon­da; El cose­che­ro tam­bién; Posa­de­ña lin­da tam­bién con su poe­ma; Mi peque­ño amor tam­bién. Son can­cio­nes que no hay que tocar­les nada, nada, nada, por­que la vas a arrui­nar, y es difí­cil parar. Los escri­to­res dicen siem­pre que has­ta el últi­mo momen­to están corri­gien­do, por­que como la men­te va mucho más allá de la acción huma­na, la men­te siem­pre está vis­lum­bran­do cosas que están por ahí y que no las está ponien­do y que tie­ne que poner­las, pero tam­po­co con­vie­ne ati­bo­rrar­la de cosas, por­que si vos ponés una can­ti­dad de cosas mara­vi­llo­sas ya no tie­ne encan­to, por­que el asom­bro que te pro­du­ce una mara­vi­lla ya no se pro­du­ce cuan­do es dema­sia­do. Y enton­ces empe­zás a dudar si ver­da­de­ra­men­te es mara­vi­lla, pero por ahí apa­re­ce y te ilu­mi­na todo un pai­sa­je.

La canción es muy poderosa

El hom­bre que no tie­ne sue­ños está hue­co, le fal­ta el motor. ¿Cuál es el sue­ño del hom­bre? A ver, si te ponés a ana­li­zar, cono­ce una mujer, y sue­ña que sea suya, quie­re casar­se con ella, y se des­ve­la y se mata por casar­se con ella, des­pués vie­ne ella y lo mata a él, y el tipo dice: “¿para qué?”. Bueno, hay casos, pero no todo es así. Yo, por ejem­plo, cono­cí a mi mujer hace 32 años, hoy esta­mos jun­tos, y fija­te vos: ella tie­ne 60 años y mirá qué her­mo­sa que es. Cuan­do la cono­cí, tenía 25 años, fue un infan­ti­ci­dio.

La vida es un sue­ño, her­mano, la vida es un sue­ño, y el que no tie­ne sue­ños, está huér­fano de algo. Mirá ese señor que soña­ba que más allá del hori­zon­te no había un abis­mo don­de se caían todos los bar­cos y había un infierno. Se lla­ma­ba Cris­tó­bal Colón, gra­cias a ese loco que soña­ba esta­mos noso­tros hablan­do aquí aho­ra. Los soña­do­res –por ejem­plo, San Mar­tín, Jesu­cris­to, el Che Gue­va­ra, Moreno, que ha muer­to en pleno mar–son todos esos tipos que han dado su vida por el hom­bre, han sido los hom­bres que han cons­trui­do. Estoy pre­pa­ran­do un dis­co que se va a lla­mar Can­tan­do con los pró­ce­res, y apa­re­cen Moreno, Bel­grano, San Mar­tín, Güe­mes, Mon­tea­gu­do, los gran­des tipos que ver­da­de­ra­men­te han cons­trui­do este país, no los que se han ven­di­do. Son can­cio­nes exal­tan­do la vida de ellos, por­que para muchos argen­ti­nos el nom­bre Moreno es una calle, y Bel­grano, la ave­ni­da Bel­grano. Enton­ces noso­tros tene­mos la obli­ga­ción de poner el acen­to y la can­ción es muy pode­ro­sa, eh, se te mete aden­tro, vas cami­nan­do, ni sabés qué es y te está ras­can­do por den­tro.

Un estado de consciencia

El gua­lam­bao sur­gió por un esta­do de con­cien­cia, como muchas cosas de mi vida, sí. Miran­do la terri­to­ria­li­dad o el mapa pai­sa­jís­ti­co del Lito­ral, yo obser­vé que cada región tenía su músi­ca. Así como tie­ne Sal­ta y Tucu­mán y San­tia­go del Este­ro y Bue­nos Aires, Misio­nes tenía una con­jun­ción de valo­res, de can­cio­nes, que no son misio­ne­ras, que han inva­di­do y se han que­da­do ahí, o las han afin­ca­do ahí. Bueno, y al ser tan joven Misio­nes como pro­vin­cia, enton­ces digo: “Aquí hay que hacer una can­ción, hay que aga­rrar todos estos rit­mos que están jodien­do acá, meter­los en una olla y hacer un gui­so de estos, pese a ellos, o a favor de ellos”.

Y obser­vé que hay un rit­mo, una medi­da patrón que diri­ge las sono­ri­da­des lati­no­ame­ri­ca­nas, es el 6×8. Quie­re decir seis octa­vos. El octa­vo es el octa­vo, la octa­va par­te de una enti­dad. La redon­da es la redon­da, la mitad es el dos; la divi­dís en cua­tro par­tes, son cua­tro negras. En una redon­da tenés 4 negras, el tan­go está hecho con dos negras. Si divi­dís 4 negras, tenés 8 cor­cheas, esa es la deno­mi­na­ción del rit­mo carac­te­rís­ti­co de todo Lati­noa­mé­ri­ca: el 6×8.El 2×4 que hace el tan­go, tam­bién así es el joro­po, por ejem­plo, y la pol­ca. Enton­ces yo digo: “¿por qué no unir dos rit­mos de 6×8, y hacer uno que sea 12×8?” Menos mal que me paré ahí; si no, me cai­go del pen­ta­gra­ma.

El rit­mo del 6×8 son dos tiem­pos ter­cia­rios o ter­na­rios. El gua­lam­bao hace “ton-ton-ton-shi-cu-pa-tu-cu-pá-ton-ton-ton”, y así nació un rit­mo que la úni­ca acen­tua­ción fuer­te es la del comien­zo. Es un rit­mo extra­or­di­na­rio, que con­tie­ne todos los rit­mos que están por la región, aden­tro de ese gran espec­tro. “Gua­lam­bao” es el nom­bre pri­mi­ge­nio que está des­ti­na­do a ese ins­tru­men­to que se lla­ma berim­bau. Vie­ne de Áfri­ca en este caso, pero como nues­tros abo­rí­ge­nes, el berim­bau es un arco sin la fle­cha, que tie­ne ado­sa­do un poron­gui­to, un cán­ta­ro, así que ima­gí­na­te vos de dón­de vie­ne. Yo, sin­ce­ra­men­te, creo que esto vino con los negros que vinie­ron con las hues­tes del empe­ra­dor Pedro II para ata­car el Para­guay, jun­to con Uru­guay y Argen­ti­na en la Gue­rra de la Tri­ple Alian­za. Es una cria­tu­ra úni­ca en Lati­noa­mé­ri­ca, no exis­te en Lati­noa­mé­ri­ca un rit­mo de estas carac­te­rís­ti­cas.

Un elemento para entrar en el alma de la gente

Soy un indi­vi­duo que apa­ren­to ser un tipo jodón y tener una chis­pa, diga­mos, cómi­ca, o humo­rís­ti­ca, pero soy un rigu­ro­so tra­ba­ja­dor, casi inmor­tal, por­que si no, no podría ser pin­tor, poe­ta, músi­co y saber de qué estoy hablan­do. Y ade­más con una con­cien­cia de vida, yo pue­do ense­ñar­le a vivir a mucha gen­te. Esos que andan pelo­tu­dean­do por la calle, muer­tos vivos, pero por favor, yo les pue­do sal­var la vida, ¿me enten­dés? Ni hable­mos de eso por­que pode­mos entrar en una órbi­ta increí­ble.

Lle­gar a estas altu­ras y a estas defi­ni­cio­nes, a esta altu­ra de la vida, es por­que yo no he per­di­do el tiem­po jamás en bolu­de­ces. Para mí la músi­ca no era un ele­men­to para comer asa­do y andar de joda. No, para mí la músi­ca, ¿sabés que era? Un ele­men­to para entrar en el alma de la gen­te y del pai­sa­je y del hom­bre. A eso se debe, por ejem­plo, esta cier­ta capa­ci­dad de poder hablar de estas cosas. Yo creo que de cien fol­clo­ris­tas que vos veas, nin­guno te pue­de decir estas cosas, por­que ellos están ausen­tes de ellos, no se han dado cuen­ta. Ya de chi­co fui yo así. Siem­pre me incli­né por una cosa que yo creía que era la ver­dad, era esta for­ma de ver el mun­do, y con cier­to aso­mo filo­só­fi­co, y es la úni­ca for­ma de encon­trar. Sino, sos un tipo que siem­pre estás a la deri­va, que está en el aire. Yo estoy en el aire tam­bién, no soy un tipo ape­ga­do así a la cosa rigu­ro­sa, pero sí, hay que gozar de todo en la vida, del humor, del amor, de la amis­tad, y todo eso con­flu­ye a dar­te una ima­gen del mun­do y del hom­bre. Por­que si sos exce­si­va­men­te regla­men­ta­rio o cate­drá­ti­co o como le quie­ras lla­mar, te van a decir: “sí maes­tro, sí pro­fe­sor”, pero vos no reci­bís la cali­dez del ser humano.

El nuevo día

El ama­ne­cer para el hom­bre es aque­llo que vie­ne des­pués de la noche. Es el flo­re­ci­mien­to de la noche. Aho­ra, cuan­do la noche es terri­ble, la noche de la vida, del tra­ba­jo, de la explo­ta­ción, de la muer­te, el hom­bre vive espe­ran­do su ama­ne­cer, su nue­vo día. Enton­ces, el nue­vo día está repre­sen­ta­do pre­ci­sa­men­te por el alba, por el ama­ne­cer y, por eso, el color de la espe­ran­za tam­bién, es ver­de.