Pasión en la selva

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El esta­ba muy ena­mo­ra­do, tan­to que cada maña­na al des­per­tar, corría, a higie­ni­zar­se al arro­yo aún hela­do por los últi­mos fríos de la pri­ma­ve­ra que flo­re­cía en el mon­te por doquier a reco­ger el agua para pre­pa­rar su pobre desa­yuno.
No sabía si este año los ver­des mul­ti­pli­ca­ron sus mati­ces, si la bri­sa maña­ne­ra era más per­fu­ma­da o solo eran sus exa­cer­ba­dos sen­ti­dos los que lo hacían ver las cosas con una nue­va inten­si­dad.
De repen­te a su paso las mari­po­sas ador­me­ci­das en la hier­ba húme­da de rocío vola­ban por milla­res como peque­ñas flo­res ala­das y los pája­ros can­ta­ban nue­vas melo­días a cual más her­mo­sa.
No le impor­ta­ba la pobre­za, ni sus pies des­cal­zos, ni su magro ali­men­to con­sis­ten­te en un calien­te mate amar­go, acom­pa­ña­do de un “revi­ro” sobran­te de la noche ante­rior, no le preo­cu­pa­ba el frío ni la lar­ga y ago­ta­do­ra jor­na­da que le aguar­da­ba en el mon­te talan­do árbo­les para el obra­je, ni los malos tra­tos del capa­taz que pen­den­cie­ra­men­te arri­ba­ba en su relu­cien­te camio­ne­ta a toda velo­ci­dad por las recién abier­tas pica­das, por las cua­les se extraían los rolli­zos que lue­go serían trans­por­ta­dos en jan­ga­das por el río para ser final­men­te reco­gi­dos poco des­pués y envia­dos en camio­nes hacia su des­tino final.
En su inte­rior una dul­ce melo­día repe­ti­da­men­te invo­ca­ba un nom­bre, el más her­mo­so del mun­do, el nom­bre de su ama­da a quién vería den­tro de cin­co días al fina­li­zar la sema­na.
Se baña­ría en el arro­yo con el jabón per­fu­ma­do que había com­pra­do en el pue­blo al cobrar su últi­mo jor­nal vein­te días atrás... Se pon­dría las alpar­ga­tas nue­vas que guar­da­ba con cui­da­do para la oca­sión, su cami­sa menos remen­da­da, su pañue­lo y su som­bre­ro para pre­su­mir ante su ama­da.
Cada soli­ta­ria noche en sus pocas horas de des­can­so, había esta­do tallan­do un mor­te­ro para que ella pudie­ra pre­pa­rar­le la tan exqui­si­ta “sopa para­gua­ya” que había logra­do sedu­cir a su estó­ma­go ade­más de su cora­zón.
Aún recor­da­ba emo­cio­na­do el momen­to en que lue­go de un lar­go ase­dio, ella le per­mi­tió besar sus labios por pri­me­ra vez, mien­tras sus ojos píca­ros lo invi­ta­ban y sus ala­das manos lo fre­na­ban en sus román­ti­cos impul­sos...
Estas imá­ge­nes lo habían man­te­ni­do des­pier­to duran­te muchí­si­mas noches, soña­ba con aca­ri­ciar­la dul­ce­men­te, con ofre­cer­le matri­mo­nio… Ima­gi­na­ba a los “guri­si­tos” que de ese amor nace­rían; un mucha­chi­to fuer­te y tra­ba­ja­dor como su padre y una niña dul­ce y cari­ño­sa con la belle­za de su madre.
Se veía a sí mis­mo lle­gan­do por las tar­des lue­go de la dia­ria tarea, a ese ran­cho ya mejo­ra­do, don­de ella lo espe­ra­ría amo­ro­sa rodea­da de sus picho­nes y ansio­sa de sus cari­cias.
A la maña­na siguien­te se levan­tó par­ti­cu­lar­men­te ale­gre a pesar de que las horas pare­cían esti­rar­se y el tiem­po dete­ner­se ante su ansie­dad, pero ¡ya fal­ta­ba menos!...
¡Dos días!... ¡Sólo dos días lo sepa­ra­ban de sus cari­cias, de su ros­tro, de su son­ri­sa, de su piel more­na, de su caden­cio­so andar!... ¡Tan poco y a la vez tan­to

-II-

El día del encuen­tro ama­ne­ció gris, muy nubla­do…
“El nor­te” que había comen­za­do a soplar hacía dos días, se había dete­ni­do y un ambien­te sofo­can­te a pesar de la inci­pien­te pri­ma­ve­ra, aplas­ta­ba al mon­te y sus habi­tan­tes...
En el obra­je, los peo­nes esta­ban irri­ta­bles, pres­tos a la riña fácil, más moles­tos que de cos­tum­bre.
El capa­taz más cruel…
Lo úni­co que ponía un poco de cal­ma en los sufri­dos tra­ba­ja­do­res era saber que ese era día de pago y pron­to “el man­da­más” los reu­ni­ría ante un impro­vi­sa­do escri­to­rio con­for­ma­do por una mesa, arma­da con unas vie­jas tablas mal cla­va­das sobre un “tocón”, per­te­ne­cien­te a un majes­tuo­so “urun­day” derri­ba­do tiem­po atrás.
Horas des­pués, cuan­do ya el cie­lo pare­cía venir­se aba­jo, cubier­to de negros nuba­rro­nes, empe­zó el repar­to y los des­cuen­tos arbi­tra­rios sobre los esca­sos jor­na­les.
Cuan­do le toco el turno al ena­mo­ra­do, su men­te per­di­da en el ensue­ño, ni siquie­ra notó la tre­men­da poda sobre el pro­duc­to del esfuer­zo de tan­tos días ago­ta­do­res...
Tomó lo que le entre­ga­ron sin mirar y con todo lo que le que­da­ba de ener­gía, voló más que corrió has­ta su ran­cho a pre­pa­rar­se para el ansia­do momen­to...
Sobre el catre, pro­li­ja­men­te dis­pues­tos se encon­tra­ban su pan­ta­lón, su cami­sa de los domin­gos y sus alpar­ga­tas. Todo muy lim­pio, lava­dos en el arro­yo en días ante­rio­res, tarea lle­va­da a cabo con mucha expec­ta­ti­va y ale­gría dada la oca­sión.
Se higie­ni­zó con jabón per­fu­ma­do, se pei­nó con espe­cial cui­da­do y se vis­tió len­ta­men­te, sabo­rean­do por ade­lan­ta­do el ins­tan­te en que el encuen­tro se pro­du­ci­ría...
Ima­gi­na­ba las chis­pi­tas de sus ojos al ver­lo, su olor…
Su cim­brean­te silue­ta, corrien­do a salu­dar­lo con la mis­ma ansie­dad por ambos acu­mu­la­da a lo lar­go de éstos días que lo man­tu­vie­ron sepa­ra­dos...

-III-

Desa­fian­do la tor­men­ta que rápi­da­men­te se acer­ca­ba, el vien­to hura­ca­na­do que lo empu­ja­ba, las ramas que caían estre­pi­to­sa­men­te a su paso, los relám­pa­gos que sur­ca­ban el oscu­re­ci­do cie­lo, corrió pre­su­ro­so, sin pen­sar nada más que en lle­gar a su lado cuan­to antes...
Un árbol cayó rui­do­sa­men­te fren­te a él y por un ins­tan­te el sus­to lo para­li­zó, hacién­do­lo tomar con­cien­cia del peli­gro que había corri­do.
Cuan­do recu­pe­ró el alien­to, notó que aún fal­ta­ba poco más de un kiló­me­tro para lle­gar a su anhe­la­do paraí­so.
Pron­to comen­za­ron a caer las pri­me­ras gotas atra­ve­san­do el folla­je cada vez con más inten­si­dad…
Al rato, su impe­ca­ble atuen­do lucía aja­do, moja­do y emba­rra­do al igual que sus alpar­ga­tas.
Pero ella com­pren­de­ría y pron­to podría secar sus ropas al calor de la coci­na de hie­rro, mien­tras se hacían arru­ma­cos y ajus­ta­ban deta­lles para su pron­ta con­vi­ven­cia. Al prin­ci­pio una unión de hecho, pero en cuan­to pudie­ran via­ja­rían al pue­blo más cer­cano a con­traer matri­mo­nio como Dios man­da.
Que lin­da se vería ella con el ves­ti­do de novia que él habría de com­prar­le, aho­rran­do lo que pudie­ra de su esca­so sala­rio... Cla­ro, sería un sen­ci­llo ves­ti­do blan­co con algu­nos vola­dos y moños, un rami­to de flo­res sil­ves­tres tan fres­cas y per­fu­ma­das como ella y un ani­lli­to de fan­ta­sía que con el tiem­po sería reem­pla­za­do por uno de ver­dad.
Mien­tras corría de la aho­ra inten­sa llu­via, ati­nó a dete­ner­se jun­to al un sen­de­ro en don­de unos pim­po­llos comen­za­ban a abrir, anun­cian­do la épo­ca más lin­da del mon­te misio­ne­ro, que ya mos­tra­ba algu­nos lapa­chos flo­re­ci­dos y una gran varie­dad de colo­res en las copas de las dis­tin­tas espe­cies del mon­te.
Lle­van­do en sus manos el rami­to de peque­ñas flo­res que con segu­ri­dad empa­li­de­ce­rían ante la belle­za de su ama­da, apu­ró los pasos des­con­tan­do los esca­sos dos­cien­tos o tres­cien­tos metros que lo sepa­ra­ban del para­je don­de ella tenía su casi­ta en medio de un espe­so bos­que.
Ya vis­lum­bra­ba el fin del camino… ya podía ver el teja­do del ran­cho y los perros comen­za­ron a ladrar avi­san­do de su lle­ga­da. Algu­nas galli­nas corrie­ron asus­ta­das ante sus pasos y una tenue luz de la “petro­máx” se fil­tra­ba por entre el enre­ja­do de made­ra cubier­to de enre­da­de­ras. La emo­ción lo aho­ga­ba, el cora­zón le sal­ta­ba des­bo­ca­do, aco­mo­dó su empa­pa­do cabe­llo bajo el som­bre­ro, ende­re­zó y “pro­li­jó” sus ropas y se lan­zó con ale­gría al encuen­tro.
De pron­to, detrás de unos arbus­tos alcan­zó a divi­sar un vehícu­lo...
¿Qué hacía allí?..
Dis­mi­nu­yen­do el impul­so que lo traía fue acer­cán­do­se con pre­cau­ción y gran curio­si­dad.
A medi­da que se apro­xi­ma­ba éste fue hacién­do­se más y más visi­ble…
Al acer­car­se a escon­di­das, su sor­pre­sa fue abru­ma­do­ra;
¡Era la camio­ne­ta del capa­taz!...
¿Por qué esta­ba allí?
¿Qué hacía ese vehícu­lo en el patio de su ama­da?
Sin­tió que a su alre­de­dor se hizo la noche...No que­ría pen­sar mal...algo habría suce­di­do...
Len­ta­men­te, sin­tien­do que cada pier­na le pesa­ba una tone­la­da, cami­nó la esca­sa dis­tan­cia que lo sepa­ra­ba de la vivien­da sin­tién­do­se cada vez más con­fu­so.
Un rayo cayó estruen­do­sa­men­te sobre la sel­va cer­ca­na ilu­mi­nán­do­lo todo...
Aga­za­pa­do, lle­gó has­ta la ven­ta­na de tablas que se gol­pea­ba con el vien­to sin que nadie hicie­ra nada por suje­tar­la...
Muy des­pa­cio acer­có su ros­tro hacia el tenue­men­te ilu­mi­na­do inte­rior…
La “petro­máx” per­día pre­sión y el vien­to arre­cia­ba...
Al mirar hacia aden­tro, en el ido­la­tra­do lecho de su ama­da, el capa­taz, el mal­di­to, el muy des­gra­cia­do, se entre­ga­ba a una pasión des­bor­da­da con la mujer de sus sue­ños.

EPÍLOGO

Se sin­tió morir, todo lo que daba sen­ti­do a su exis­ten­cia gira­ba des­con­tro­la­do jun­to con el vien­to...
No supo cómo, cuán­do, ni de qué mane­ra lle­gó has­ta la camio­ne­ta esta­cio­na­da en su paraí­so.
Tam­po­co pudo pre­ci­sar en qué momen­to tomó las grue­sas sogas usa­das para tum­bar los enor­mes árbo­les del mon­te, ni como hizo para lle­gar has­ta el hor­cón del ran­cho en don­de con manos exper­tas ató unos fuer­tes nudos, de la mis­ma mane­ra en la que tan­tas veces rodeó los pesa­dos rolli­zos para arras­trar­los en su caí­da hacia los luga­res más segu­ros. Tam­po­co se dio cuen­ta en qué momen­to pre­ci­so echó a andar el pode­ro­so motor del roda­do...
Solo oyó cómo a la dis­tan­cia un tre­men­do “sapu­cay” pare­ció sur­gir de todos lados a la vez.
Tar­dó unos ins­tan­tes en dar­se cuen­ta que pro­ve­nía de su pro­pia gar­gan­ta, como de cos­tum­bre al dar avi­so a los otros hache­ros cuan­do un gigan­te esta­ba sien­do derri­ba­do…
Len­ta­men­te des­per­tó de su furia miran­do hacia el lugar don­de mal­di­tos atra­ve­sa­ron con una daga su cora­zón.
Gran­de fue su sor­pre­sa al ver en vez de la casa, un infor­me mon­tón de tablas, palos y res­tos del teja­do des­de don­de una oscu­ra colum­na de humo comen­za­ba a sur­gir, reem­pla­zan­do a la que tan­tas veces ima­gi­nó como su futu­ro hogar…
Sen­ta­dos sobre los res­tos, en el pun­to más alto, entre lágri­mas y gotas de llu­via pudo ver como dos peque­ñas cria­tu­ras: un niño y una niña, muy tris­te­men­te le hacían adiós con las manos…

- FIN-

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Nacida en Posadas Egresada como Arquitecta en la UNNE Desempeñé varios cargos en la administración Pública Provincial y Municipal Trabajé en distintos programas de Vivienda de Interés social con financiación nacional e internacional Ejercí como Profesora en la ENET Nº 1 y en la Escuela de Artes y Artesanías ya desaparecida Realicé escenografías en: “Muestra de Artes de las Misiones Jesuíticas” (desde la Municipalidad de Posadas conjuntamente con Brasil y Paraguay) “Festival Nacional de la Música del Litoral” “Televisión” “Incursioné en música y pintura a modo de entretenimiento” LIBROS PUBLICADOS “MISIONERÍAS” (Año 2010) “EL ÁRBOL DE MI VIDA” (Año 2012) “LAUREANO ALBORNÓS Y EL LEGADO MBYÁ” (Año 2014)