Carta a la humanidad

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Hemos pen­san­do duran­te mucho tiem­po que somos indi­vi­duos socia­bles, que nos agra­da vivir en comu­ni­dad, que basa­mos nues­tras vidas con­for­me a un gru­po de per­so­nas. Pero nos olvi­da­mos de ser indi­vi­duos, indi­vi­duos pen­san­tes, uni­ce­lu­la­res. Y vivi­mos ata­dos a men­ti­ras, a sos­pe­chas de incer­ti­dum­bres sin fun­da­men­tos, ata­dos a un espe­jis­mo de nues­tra reali­dad. La vida es un espe­jo, una para­do­ja... eso somos, un espe­jo, por­que nos mira­mos en el espe­ran­do ver un refle­jo de noso­tros mis­mos, pero no somos ese suje­to refle­ja­do, espe­ra­mos oír nues­tra voz, y no es la que todos oyen, es otra. Espe­ra­mos ver nues­tro inte­rior, pero solo nos dete­ne­mos a ver el exte­rior. Pla­nea­mos, vivi­mos para hacer pla­nes, inclu­so pla­nea­mos hacer pla­nes de un plan.
Pero no es así. Somos un espe­jis­mo sumer­gi­do en men­ti­ras hechas ver­da­des. Por­que no impor­ta las veces que men­ti­mos, o deci­mos la ver­dad, solo impor­ta las veces que nos dije­ron men­ti­ras o nos dije­ron la ver­dad. Pero al final, en nues­tro tor­men­to de ago­nía en nues­tro últi­mo sus­pi­ro, recor­da­re­mos nues­tra vida y por cada ver­dad hubo diez men­ti­ras, sin temor a que­dar exa­ge­ra­do. Y, cuan­do nos damos cuen­ta de la úni­ca ver­dad uni­ver­sal, cuan­do nos per­ca­ta­mos de que nada tie­ne valor, que nada vale tan­to como pen­sa­mos, nos lle­ga la ilu­mi­na­ción, ese peque­ño des­te­llo de luz que nos lle­va al nir­va­na, cuan­do acep­ta­mos que nada impor­ta tan­to. Lle­ga­mos a des­cu­brir la razón de nues­tro exis­tir, el sen­ti­do mis­mo de la vida. Que a modo de no pare­cer tri­lla­do, no, no es la feli­ci­dad. Es la liber­tad, no de cuer­po ni de espí­ri­tu. Sino, de men­te, cuan­do enten­de­mos que somos libres de men­te todo cobra sen­ti­do, el sufrir pare­ce algo lejano, algo inal­can­za­ble. Nada nos afec­ta, inclu­so la muer­te es evi­ta­da y dete­ni­da, por­que pue­den borrar nues­tras men­tes, des­truir nues­tros cuer­pos, y que­mar nues­tra exis­ten­cia. Pero nun­ca podrán arre­ba­tar­nos la liber­tad men­tal. Y en ese momen­to, todas las men­ti­ras son ver­da­des y las ver­da­des son increí­bles. En ese momen­to de ago­nía al final de nues­tros días. Sere­mos libres.
No espe­ro ser leí­do, ni comen­ta­do, mucho menos espe­ro ser recor­da­do, no hice esta car­ta para mos­trar­les un camino, ni decir­les que hacer. No escri­bí esto para jus­ti­fi­car­me o reco­no­ci­mien­to. Hice esta car­ta para ser libre.

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(1989 Leandro N Alem). Tras finalizar sus estudios de fotografía, emprendió un recorrido a través de las letras y el arte de escribir, perfeccionando su técnica con múltiples escritores reconocidos (Diego Paszkowski, Gabriela Bejerman, entre otros) dedico su tiempo y espacio a crear el personaje de Axel Otelo y la historia de Izanagi y el Náufrago del tiempo. Actualmente reside en la localidad de San Miguel, Buenos Aires. Donde trabaja en la segunda parte de su novela. Mientras espera por la oportunidad de editar de forma global con una editorial de prestigio.