Pinar

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“Sos blan­co pero ya tu piel se acos­tum­bró a la fuer­te luz sub­tro­pi­cal y te incli­nas sin mucho esfuer­zo en el tra­ba­jo dia­rio de mimar esos plan­ti­nes, pues sabes que no les debe dar mucho sol, ni mucho vien­to ni mucha llu­via. Tam­bién vie­nen las horri­bles hor­mi­gas con sus tena­zas, capa­ces de ter­mi­nar en una sola noche con tu pacien­te tra­ba­jo de sema­nas.
Tu paga es mise­ra­ble y no sabes que cons­tan­tes pro­mo­cio­nes tele­vi­si­vas, muy cos­to­sas, invi­tan a “inver­tir en Uru­guay”. Ves toda la pla­ni­cie, las lomas has­ta el hori­zon­te, cubier­ta con estas nue­vas plan­tas.
Por fin, ya cre­cie­ron, ya no tie­nes que des­per­tar con el alba y replan­tar cada man­cha vacía o cam­biar la posi­ción de las som­bri­tas.
Sólo un vis­ta­zo, por si las hor­mi­gas...
En pocos meses tu cabe­za que­da sepul­ta­da cuan­do cami­nas entre los sur­cos bien demar­ca­dos.
Tu vida no es gran cosa, a veces una vuel­ta por el pue­blo, el patrón te trae lo nece­sa­rio; pero a tu mane­ra estás satis­fe­cho.
Pero hoy, el patrón lle­gó muy tem­prano.
— ¡Eh! Venan­cio!¿, por dón­de andas? – te gri­ta des­de la ven­ta­ni­lla de su lus­tro­sa y extra­ña camio­ne­ta ( no es como la “che­vro­le” que tenía Tío Ren­zo)
— ¡ Acá estoy, entre los pri­me­ros sur­cos! ¡Ya voy, patrón!
Corres hacia tu bene­fac­tor, pero... ¿qué extra­ño que lle­gue tan tem­prano? – pien­sas.
— Oye, mucha­cho, ven­go a avi­sar­te que como los pinos ya están altos y no corren peli­gros, sólo hacen fal­ta el “ñan­dú” y el otea­dor por si hay un incen­dio. Eso lo hacen Pedro y Nar­ci­so, tu tra­ba­jo aquí ya ter­mi­nó. Dice el con­ta­dor que maña­na tem­prano pases por la admi­nis­tra­ción por tu dine­ro, pero la casa des­ocu­pa­me hoy, ya que la vol­tea­re­mos así pone­mos allí la pri­mer pla­ya de aco­pio. ¿Enten­dis­te?
¿Si enten­dis­te? ... Sí, pero ... qué ...
Don Wal­ter arran­ca su “Ran­ger” y ace­le­ran­do reto­ma el camino y des­apa­re­ce yen­do hacia el sol que va aso­man­do.